Hiroshima

Nuestra siguiente parada fue Hiroshima, la ciudad donde cayó la primera bomba atómica, el 6 de agosto de 1945, causando la muerte inmediata de 140.000 personas.

Desde entonces, Hiroshima se ha convertido en la “ciudad de la Paz” y, gracias sobre todo al coraje de sus habitantes, se ha recuperado de manera asombrosa.

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La visita imprescindible aquí es la del Parque Memorial de la Paz, en el centro de la ciudad, diseñado por el arquitecto Kenzo Tange y completado en 1954. La intención es que, al imaginar la devastación atómica y contrastar esas imágenes con la belleza y serenidad del parque, los visitantes valoren la paz como algo precioso y necesario.

Copia de IMG_7251Multitud de sitios y monumentos recuerdan a los que perdieron la vida en la tragedia y simbolizan los anhelos de paz mundial y de supresión definitiva de las armas nucleares. En nuestra opinión, los más relevantes son la Cúpula de la Bomba Atómica, el Cenotafio del Memorial a las víctimas de la bomba y el Museo de la Paz.

La Cúpula de la Bomba es el único edificio que quedó en pie en el epicentro de la explosión, si bien sólo su estructura metálica, y que se ha conservado en ese estado. Se trata de un edificio de 1915 que originariamente albergó el salón de promoción industrial de la prefectura.

El techo en forma de silla de montar del Cenotafio pretende proteger a las víctimas de la lluvia, y su sala central incluye los nombres de todas ellas.

El Museo de la Paz exhibe fotografías, paneles y vídeos de Hiroshima antes y después del ataque, así como pertenencias y referencias a las víctimas; por ejemplo, una fiambrera abrasada o los restos del triciclo, dando una idea de lo fulminante que fue la destrucción. Las escenas posteriores al ataque reproducidas con maniquís andrajosos a medio derretir pueden parecer una versión barata de “The Walking Dead”, pero el museo es el lugar donde te enfrentas a la verdad de los hechos, mientras que el resto del parque puede resultar más abstracto en cuanto a la magnitud de lo sucedido.

La Llama de la Paz no se ha apagado nunca desde 1964 y el diseño de su pedestal sugiere dos manos que se agarran de las muñecas, y que se inclinan para que las palmas apunten hacia el cielo.

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Desde el bulevar de la Paz se pueden observar alineados la Cúpula de la Bomba, el Cenotafio, el Museo y la Llama de la Paz, en una visión sobrecogedora, como también lo es pasear de noche a orillas del río y contemplar los restos de la Cúpula reflejados en el agua.

Aunque nosotros nos centramos en el parque, Hiroshima nos pareció una  ciudad agradable con abundantes zonas verdes, atravesada por varios ríos que bajan desde las montañas circundantes y con una hermosa ubicación frente al mar interior de Seto, a la que seguramente se le puedan dedicar un par de días relajados.

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Mar interior de Seto

En nuestro segundo día en Hiroshima,  recorrimos en bicicleta las islas del mar interior de Seto. Fue una manera divertida de conocer la región y, junto con el trekking por el Kumano Kodo, lo más “diferente” que hicimos respecto de lo que suele un primer viaje a Japón.

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Copia de IMG_7302Las ciudades de Onomichi, en la isla de Honshu, la principal del archipiélago, y de Imabari, en la isla de Shikoku, están unidas por una carretera de unos 70 kilómetros, que atraviesa otras seis islas del mar interior, todas ellas conectadas entre sí por puentes modernos y únicos, como el Tatara (el puente atirantado con el vano más grande del mundo) o el Kurushima (el primer puente colgante triple del mundo). La carretera dispone de carril-bici y el recorrido principal, llano salvo en los accesos a los puentes, permite disfrutar de la belleza del paisaje del océano y la naturaleza de las islas.

En la estación de Onomichi existe un punto de información turística en el que proveerse de un mapa excelente de la ruta. Todas las islas cuentan con terminales en las que alquilar y devolver las bicicletas (la de Onomichi está muy cerca de la estación). El alquiler de una bicicleta estándar cuesta 500 yenes por día, además de un depósito de 1.000 yenes, que sólo se reembolsa si se retorna la bicicleta a la misma terminal en la que se ha alquilado.

Copia de IMG_7293En los puentes se cobra un peaje de entre 10 y 200 yenes, y aquí de nuevo tuvimos ocasión de comprobar el civismo japonés, ¡ya que no hay nadie que controle el pago! Así que si no queréis sentiros como delincuentes es mejor que llevéis cambio encima.

Partiendo de Onomichi, recorrimos las islas de Mukaishima, Innoshima e Ikuchijima, unos 35 kilómetros. No llegamos más lejos porque no de todas las islas parten ferrys de vuelta a Onomichi, y hubiéramos tenido que deshacer demasiado trecho. El paisaje costero de las dos primeras es sobre todo industrial, con presencia de astilleros, mientras que en la tercera los pueblos y las playas ganan protagonismo, en especial, la Setoda Sunset Beach, con 800 metros de arena y espléndidas vistas.

Copia de IMG_7325Si bien suponemos que es posible completar la ruta en un día (intenso), creemos que vale la pena dedicarle dos días, y así poder desviarse del recorrido principal y visitar las islas con calma, que cuentan con sitios de interés como las plataformas de observación en Omi-shima y el Monte Kiro-san en O-shima, además de jardines y santuarios rurales.

Con un poco más de tiempo también habríamos dado un paseo por Onomichi, una ciudad que conocíamos porque en ella vive el matrimonio de ancianos de “Cuentos de Tokyo”, una de las películas que vimos antes del viaje para “ambientarnos”, y que ofrece una “ruta de los templos” construidos gracias a las donaciones de los mercaderes en los tiempos de la ciudad como gran puerto, que seguro que es interesante.

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GIZMO TE CUENTA

El día no empezó nada bien: me volvieron a meter en un barco sabiendo que los Gizmos nos ponemos nerviosos rodeados de tanta agua. La visita de Hiroshima no consiguió animarme, más bien al contrario. A los Gizmos Viajeros nos encantan los petardos, pero uno tan grande y que hizo daño a tanta gente es algo que no debe repetirse nunca. Como no estaba de humor, por la noche no quise salir a cenar con los papas (¡imaginaos!). Menuda sorpresa cuando regresaron ¡y no estaban solos! sino que venían con un nuevo Gizmo que habían encontrado de camino al restaurante. Es un Gizmo muy chiquito y en honor a su ciudad de origen lo hemos llamado Hiro-Gizmo.

¡Su aparición en ese momento del viaje fue la prueba de que los Gizmos tenemos la misión de traer felicidad y buen rollo al mundo! A partir de entonces, me animé y entendí que, vale, quizás no podemos cambiar el pasado (todavía), pero al menos podemos aprender de nuestros errores para no repetirlos.

Por cierto, Hiro-Gizmo insiste en que no tiene poderes mutantes pero, por si acaso, cuando jugamos en casa siempre le dejamos ganar…

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El día siguiente hicimos una excursión en bicicleta por mogollón de islas y puentes, y fue divertidísimo. Al empezar el recorrido nos distribuimos las tareas: los papas pedaleaban y yo iba en la cesta de delante dirigiendo la marcha asomado desde la mochila de papa Carlos, y con mis orejitas al viento. Todo el mundo me saludaba y yo les decía adiós. Estaba tan a gusto que no avisé del bache que cogimos a toda velocidad… Salí disparado como un Gizmo volador y ¡menudo piño me metí! Los papas se asustaron mucho pero no saben que los Gizmos solemos pegarnos esos batacazos continuamente y no pasa nada. Eso sí, yo me quejaba y me hacía el lastimado: ¡dio resultado! Para tranquilizarme, dejaron que me comiera todas las barritas de chocolate que llevábamos; con la tripita llena me entró tanto sueño que ni recuerdo como regresamos al hotel.

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