Día 1

¡Nuestro último trayecto, Hiroshima-Tokio, en shinkasen! Ya hemos recomendado en otro post reservar este viaje con algunos días de antelación; con la cantidad de trenes diarios que cubren el trayecto, nosotros, por poco nos quedamos sin plaza.

Dos cosas memorables: Gizmo con cara de super velocidad y la primera visión, fugaz pero emocionante, del monte Fuji.

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Por delante, nueve noches en Tokio: cinco en Shinjuku y cuatro en Ueno; en otro post hemos explicado los pros y contras de cada elección. Íbamos sin un plan claro de lo que haríamos, si nos quedaríamos todos los días en la ciudad o aprovecharíamos para hacer alguna excursión; pensábamos decidir en función de nuestros ánimos, el tiempo que hiciera y lo que encontrásemos. Al final, nos quedamos todos los días en la ciudad.

Desde la estación de Shinjuku nos dirigimos andando a nuestro hotel. Fue la única vez que no nos perdimos. Después de años viajando y haber visitado algunas de las megalópolis del planeta, pensábamos que nos orientábamos con facilidad… pero no nos habíamos enfrentado a Tokio. El metro de Tokio, con sus cambios de líneas, pasadizos inacabables, galerías comerciales, así como las calles abarrotadas de gente y con neones apabullantes, son todo un reto…

Haciendo gala de infinita sabiduría, no se nos ocurrió mejor sitio para empezar la visita un sábado por la tarde que el cruce más famoso y transitado del mundo: Shibuya. El cruce puede verse bien desde los pasillos elevados del metro, y lo cierto es que resulta impresionante cómo esa marabunta se pone en marcha cuando los semáforo pasan a verde.

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¡ALERTA! Nos dimos cuenta de que era un peligro soltar a un Gizmo excitadísimo por la multitud en un lugar así, por lo que recurrimos a un truco que nunca nos falla: una buena sesión de fotos. Después de posar un rato se quedó más tranquilo, y ya estábamos listos para enfrentarnos a la muchedumbre. Tres, dos, ¡uno!

IMG_7379Subimos hasta Yoyogi-koen, el primero de los parques tokiotas por los que paseamos, y que constituirían uno de los mejores recuerdos de la ciudad. El parque ocupa el terreno de la antigua villa olímpica de los Juegos de 1964 y en la actualidad es un sitio tranquilo que incluye un santuario de aves silvestres. Aquel día celebraban una feria de cultura de Sri Lanka… Los Gizmos Viajeros ya conocen el antiguo Ceilán, así que Gizmo Quilombo se pudo instalar en un tenderete a explicar sus aventuras.

Adyacente al parque se halla uno de los tres principales estadios de aquellos Juegos, el Yoyogi Sport Center. Aquí hay dos enormes estructuras ultramodernas, el Estadio Cubierto Nacional, destinado a natación y pruebas de saltos, y con capacidad para 15.000 espectadores, y una pista de baloncesto con un aforo de 4.000 espectadores.

Salimos del parque y entramos en Takeshita-dori, “la” calle por excelencia de la juventud que va a la última, por la que los adolescentes tokiotas deambulan arriba y abajo, y que determina las tendencias de la moda y la cultura juvenil; es decir, un cúmulo de tiendas donde no pararás de hacer fotos a chicas y chicos que parecen sacados de una peli del espacio.

Takeshita-dori también escondía otras sorpresas… pero dejaremos que sea Gizmo Quilombo quien lo explique…

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La última moda de Takeshita dori

Cambiamos las innumerables tiendas y cafés de Takeshita-dori por… las innumerables tiendas y cafés de Omotesando, una amplia avenida arbolada, llena de sofisticadas boutiques, muchas de ellas de marcas de lujo, y que supuso el punto final de nuestro primer día en Tokio antes de volver a la zona del hotel. No había estado nada mal.

En los días que siguieron, volvimos alguna tarde a Omotesando, y disfrutamos especialmente recorriendo el laberinto de callejuelas traseras (y merendando en algunos de sus cafés). En uno de estos paseos vespertinos, tuvimos una experiencia memorable, pero eso será la cosa número dos que explique Gizmo Quilombo.

Una pequeña reflexión antes de seguir: una defensa del shopping. A veces los viajeros tendemos a adoptar una actitud despreciativa por visitas de este tipo, y decimos buscar “la autenticidad” o el Japón “verdadero”, lo que en muchas ocasiones suele coincidir con el pensamiento que “mientras más cutre, más guay es un sitio”. Lamentamos informaros que en muchas ocasiones Tokio no es más que un gran shopping mall, y que eso forma parte de la idiosincrasia nipona actual, nos guste o no. Lo que es más impactante es la mezcla en un solo país del consumismo urbano más frenético y la ruralidad más pausada. Y por si fuera poco algunas de las tiendas de Omoteando son pequeñas joyas de la arquitectura o el interiorismo contemporáneo.

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En este lugar de Takeshita Dori tuvimos un encuentro muy especial…

Día 2

IMG_7411La mañana del segundo día nos centramos en el barrio de Asakusa, el más tradicional de Tokio, el único que aún conserva rasgos de la antigua Edo.

Empezamos en el TOKYO SKYTREE, que, con 634 metros, es, desde su inauguración en 2012, la torre de radiodifusión más alta del mundo. Abre de 8:00 a 22:00 horas y la entrada cuesta 2.060 yenes.

Aquí pudimos comprobar de nuevo que Japón no es ese paraíso de la tecnología y la organización que nos venden. Llegamos a las 9:30 y nos dieron turno para las 12. Como perder más dos horas esperando implicaba renunciar a nuestros planes para el resto del día, decidimos que volveríamos en otro momento, e intentamos reservar entrada. Misión imposible. La única manera de acceder a la torre pasa por el sistema de turnos y colas. Nos tuvimos que llevar a Gizmo a rastras, gritando y pataleando que quería subir a la atalaya.

Cruzamos el río Sumida y entramos en el barrio de Asakusa. Todo este camino hasta el templo Kannon no resulta excesivamente interesante y nos pareció que no vale la pena hacerlo a pie.

Kannon es la Diosa de la Misericordia (esa especie de advocación de un Bodhisattva) a quien está dedicada la sala principal del complejo. Se dice que el templo fue fundado en el siglo VII por tres pescadores que un día encontraron en sus redes una diminuta imagen de Kannon.

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IMG_7419Se llega a la imponente sala principal, Senso-ji Hondo, a través de un paseo pavimentado de 140 metros de largo y 9 metros de ancho, que se extiende desde la puerta Kaminari-mon, con su enorme linterna roja (imagen icónica del Tokio tradicional) y las imágenes de madera de los dioses del trueno y el viento, hasta la puerta Hozomon. A los lados del paseo se levantan pequeñas tiendas y puestos que venden de todo, desde kimonos y pelucas a dulces tradicionales.

El conjunto ofrece una visión muy pintoresca aunque, habiendo estado ya en Kioto, lo cierto es que no nos impresionó tanto. Quizás si Tokio es la primera parada del viaje y éste es el primer templo del país que se visita, la impresión puede ser otra. Además, que fuese domingo y la zona estuviera abarrotado hasta el punto de que apenas podíamos avanzar, tampoco ayudó a que nos encariñásemos con el lugar.

Comimos en Asakusa (después de hacer una cola del quince; eso sí, con japoneses y como japoneses… bien sentaditos en el suelo) y salimos disparados hacia el Tokyo Bunka Kaikan, en Ueno, una de las salas de concierto más importantes de Japón. Teníamos entradas para la compañía de ballet de La Scala de Milan con el “Romeo y Julieta” de Prokofiev, pero como no somos muy de tutus y sabíamos cómo terminaba nos piramos a la media parte. Lo más curioso fue contemplar en el vestíbulo las pintas de los aficionados tokiotas, casi casi a la altura de la caspa española en el Teatro Real o el vestido tirolés de los austríacos en el Festival de Salzburgo.

De los tutus y las mallas pasamos a otros disfraces: nos fuimos directos a Akihabara, donde los domingos cierran la calle principal al tráfico y los cosplayers (gente disfrazada de personajes de anime) campan a sus anchas. ¡Gizmo no se lo quería perder!

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Akihabara un domingo por la tarde

Akihabara es el “distrito electrónico” de Tokio, y alberga miles de tiendas que venden cualquier gadget que se pueda imaginar, desde ordenadores a robótica, tanto nuevos como de segunda mano; además de entretenimiento audiovisual, como anime, manga o videojuegos.

Pero nosotros, más allá de las luces, las montañas de gadgets y la adicción a las compras, íbamos con una misión especial. Cosa número 3 que dejamos que cuente Gizmo Quilombo…

Tras templos, ballet y emociones fortísimas, era tiempo de irse a la camita.

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Día 3

Tras la desilusión de Gizmo por no poder subir al TOKYO SKYTREE, el tercer día nos acercamos al distrito de Roppongi. El centro comercial nos pareció algo desangelado y empezábamos a estar cansados de tantas tiendas. Pero nuestro objetivo principal aquella mañana era el Tokyo City View, un observatorio con vistas de 360 grados ubicado en la planta 52 de la torre Mori. Y, por si no fuera suficiente, también se puede subir al Sky Deck, en el techo de la torre, a 270 metros de altura, cuyas espectaculares vistas, las únicas descubiertas a las que se puede acceder, abarcan, entre otros, la torre Tokio y la bahía.

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En Roppongi también se halla el Centro Nacional de Arte, el espacio de exhibición más grande de Japón, y que en aquellas fechas presentaba la colección de pintura pop de John y Kimiko Powers, un matrimonio de Colorado que fueron mecenas y amigos de los principales artistas pop americanos. Como curiosidad, era la primera vez que se exhibía en Japón la obra de Warhol “200 Campbell’s Soup Cans”.

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Día 4

IMG_7932El entorno del Palacio Imperial, antaño el Castillo de Edo, es una de los destino favoritos de los tokiotas para pasear, así como de los aficionados al maratón. Del castillo apenas queda rastro pero las enormes murallas de piedra siguen salpicadas por antiguas puertas y torres de vigilancia, y los profundos fosos que lo resguardaban son salvados por elegantes puentes de doble arco. Y esto es todo porque el palacio abre al público únicamente el 2 de enero y el 23 de diciembre. No sólo extranjeros, también turistas japoneses, se fotografían con lo que será el momento de su vida que más cerca estén de la familia imperial, pero realmente no vale demasiado la pena.

Más interesante (y visitable) es el Jardín oriental del Palacio (Higashi Gyoen), situado junto a la residencia imperial, un jardín clásico donde anteriormente se situaba la gran torre del homenaje del castillo. Cuenta con cerca de 250.000 árboles, incluyendo árboles representativos de toda la prefectura, un pequeño museo, varios monumentos históricos y un jardín de estilo japonés. En general, creemos que vale la pena acercarse a esta zona si se van a pasar varios días en Tokio; si vas escaso de tiempo, esta parte de la visita te la puedes saltar sin preocuparte.

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IMG_7530De parque a parque, llegamos a Kitanomaru, un extenso jardín sembrado de césped, con árboles que crecen en torno a un estanque en su lado oeste, y que alberga el pabellón Nihon Budokan, construido en estilo japonés antiguo para los Juegos del 64; el Museo de Ciencias y el Museo Nacional de Arte Moderno, éste último en el edificio de ladrillo rojo que fue originalmente la sede de la Guardia Imperial.

La salida del parque queda cerca del santuario Yasukuni-jinga, el más polémico del país, al estar dedicado a los más de dos millones de japoneses muertos en actos de guerra desde 1853, entre ellos varios considerados criminales de guerra. La más interesante del lugar, en nuestra opinión, es el paseo ligeramente empinado que conduce al santuario y la vista de la gigantesca torii. Como siempre en estos casos, el entorno vale tanto o más que el edificio propiamente dicho.

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Día 5

IMG_7546Antes de cambiar de hotel y de zona, nos dimos una vuelta por Shinjuku. Conocíamos el ambiente nocturno del barrio, y habíamos comprobado su fama de barrio ruidoso y canalla (eso es un eufemismo para las putas). Otro momento para la reflexión: es sorprendente el tipo de vida nocturna y la diferente apreciación cultural. En Europa podría chocarnos esta mezcla de zona de restauración concurrida, bares de copas, inocentes karaokes y bares que se ofertan al grito de “girls, girls, my friend”, pero por lo que vimos, no sólo en Tokio, esta mezcla es perfectamente normal.

El Shinjuku diurno nos deparó algunas sorpresas. La primera de ellas, el parque Gyoen, una antigua propiedad de la familia imperial que fue declarado jardín nacional y se abrió al público después de la Segunda Guerra Mundial. Con casi 60 hectáreas de superficie, combina tres estilos distintos: formal francés (simétrico, con parcelas centrales de rosas y sicómoros a ambos lados), paisajístico inglés (grandes extensions de césped con olmos y tulipas) y japonés tradicional (con un arroyo a lo largo del cual encuentras pabellones y casas de té), y es ahora uno de los parques más grandes y populares para pasear y admirar los cerezos en abril o los arces en otoño. Ya lo hemos comentado, pero insistimos: si te cansas de la multitud, del ruido y de las luces… ¡BUSCA UN PARQUE!

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Entrada al santuario

Una de los sitios más sorprendentes de Shinjuku es el Golden Gai, que no es una zona gay sino una aglomeración de pequeños edificios de uno o dos pisos repletos de bares minúsculos en medio de una maraña de callejones, en cuyo centro se encuentra enclavado el modesto santuario de Hanazono, que veíamos desde nuestra habitación, y donde en noviembre se celebra un popular rastrillo de venta de bambú de la suerte. No creemos que sea uno de esos lugares que no hay que perderse, pero la verdad es que todos estos contrastes confieren a la ciudad una personalidad única.

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GIZMO TE CUENTA…

¡Por fin llegamos a la capital en el tren super rápido! De camino, vimos una montaña muy bonita, pero los Papas me dijeron que no podríamos subir. A veces, son taaaaaaan sosos.

Nada más llegar nos encontramos un montón de gente que salía a recibirme. Habían organizado una flashmob muy divertida y se dedicaban a cruzar una y otra vez la misma calle todos al mogollón.

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Estaba intentando escabullirme de la mochila de Papa Carlos y unirme a la coreografía cuando llegamos a la calle Takeshita y allí mis sentidos gízmicos (que son como el sentido arácnico de Spiderman pero en Gizmo) me alertaron. Buscamos y buscamos y al final encontramos ¡UN NUEVO GIZMO! Blandito y peludín, allí estaba Gizmo Takeshita (o Take-Gizmo). Para ser el primer día, la ciudad prometía mucho.

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¡Menuda desilusión a la mañana siguiente! No pudimos subir a una atalaya altísima (pero no sufráis que acabamos consiguiéndolo otro día) así que nos fuimos a ver templos, y fue un poco más de lo mismo. Después de comer, en mi momento siesta-viajera, nos sentamos a ver a un montón de señoras con tutus y chicos con mallas bailando y dando piruetas. Qué divertido. Gizmo-Lab nos había hablado de esta manera de bailar al regresar de San Petersburgo, así que después de toda nuestra experiencia en común hemos preparado un número super-chulo que llamamos “La charca de los Gizmos”, donde salimos todos con tutu blanco y damos saltitos.

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Pero nuestras actuaciones artísticas las dejamos para otro momento. Los Papas salieron huyendo y llegamos a un barrio divertidísimo: Akihabara. Intentaba comprarme una armadura del Zodiaco del Caballero Gizmo o adoptar un pequeño-bebe Godzilla cuando volví a sentir ese cosquilleo tan especial en las orejitas…. Y allí estaba ¡Gizmo-Akihabara (o Aki-Gizmo)! Es bastante seriote y un poco paradito, pero es el mejor siguiendo el ritmo con su movimiento de cabeza. Dos días en Tokio y dos hermanos rescatados: ¡menudo triunfo!

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Gizmo Quilombo con Hiro-Gizmo, Take-Gizmo y Aki-Gizmo

Como ya éramos un montón de Gizmos, el resto de días es un poco confuso. Vi sitios muy chulos, como cuando me subieron a una super-atalaya desde donde se podía abarcar casi toda la ciudad, o alguno de los parques por los que paseamos… Me encanta cuando la hierba me hace cosquillas en la tripita. También intentamos entrar en un palacio, pero estaba cerrado, qué gente más antipática, y acabamos un día en un museo, viendo cuadros de muchos colores que parecían pintados por Gizmos y que los Papas me dijeron que se llamaba Arte Pop y que era muy importante.

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Los días en Tokio estaban siendo geniales, pero todavía nos quedaban muchas experiencias por vivir… Combates de gordos, peces gigantes y hasta un robot.

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