Nuestro sexto día en Tokio concentró dos de las más memorables experiencias que tuvimos en la ciudad: la subasta del atún (y el desayuno que la acompañó) y el campeonato de sumo. Vamos por partes… El mercado de Tsukiji es el mayor mercado de pescado del mundo. Allí puede asistirse a la extinción del atún rojo en la subasta diaria de las piezas que la flota nipona rapiña por todo el globo. Que una sociedad con una raíz sintoísta de unión con la naturaleza se niegue a disminuir sus capturas de atunes o ballenas no deja de resultar paradójico.

Si se quiere asistir a la subasta del atún hay que elegir: o no dormir o despertarse a las 3:00 a.m. Nosotros optamos por la segunda opción y, tras cruzar en taxi un Tokio desierto, conseguimos llegar allí a las 4:00 a.m.

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En la lonja sólo admiten dos turnos de 60 visitantes cada uno. No son posibles las reservas, y cuando se completa el cupo, se cierra el acceso. Tuvimos suerte: entramos en el segundo turno y, pocos minutos más tarde, ya se había alcanzado el máximo de asistentes permitidos. ¡No eran ni las 4:30! Como parece que las condiciones para visitar el mercado y la subasta van variando, aconsejamos consultar la web del recinto antes de planificar una visita.

El primer turno de la subasta es las 5:30 a.m y, unos 20 minutos más tarde, el segundo. La espera puede hacerse muy larga: más de cien personas en una sala sin sillas ni bancos, medio dormidas y sentadas en el suelo. No sabemos si la incomodidad tan fácil de solventar es pura maldad japonesa o es que no se han percatado de ella.

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Sala de espera para la subasta

El traslado al lugar donde se celebra la subasta merece ser calificado de actividad de riesgo, ya que hay que andarse con mucho ojo para no ser arrollado por los toros y carros motorizados que circulan por la zona de carga y descarga a toda velocidad. La actividad del mercado es frenética.

Se coloca a los visitantes en una zona de observación acordonada para evitar que (parece mentira pero se ve que pasaba), toquemos los atunes o molestemos a los vendedores y compradores con nuestras fotos.

La subasta propiamente dicha dura unos 15 minutos. Si has estado en una lonja del Mediterráneo, el ritual no te será extraño. Es un espectáculo observar las piezas, atunes de centenares de kilos, y cómo los compradores inspeccionan la carne por un corte en la aleta trasera utilizando un gancho. Cuando se está a punto de subastar un lote, todos se arremolinan alrededor del vocero subido en una caja que con una campanilla da comienzo a la subasta. Sólo se oye su voz ya que los compradores gesticulan con los dedos, y, al revés de lo que pasa en Christie’s, el precio va a la baja, no al alza.

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Terminada la subasta, en teoría, los turistas no pueden acceder al mercado hasta las 9:00 a.m. Así que lo habitual es desayunar allí mismo, en la zona exterior, fuera de las tiendas de los mayoristas. No preguntéis qué: ¡sashimi, es evidente! De los varios y diminutos lugares que hay, abarrotados de turistas y locales, escogimos al azar y podemos afirmar, sin exagerar, que fue el “desayuno” más rico que hemos tomado en nuestras vidas. Gizmo Quilombo todavía se relame al acordarse. Ni café ni cruasán con mermelada: 6 platos de pescado (menú estándar) que se deshacía en la boca, de primerísima calidad. Barato no es, unos 65 euros por persona.

Como aún era muy temprano, decidimos darnos una vuelta por el mercado. A esas horas, está cerrado al público y se supone que los turistas no pueden andar por allí, pero, ¿qué otra cosa podíamos hacer? Vimos pescados que parecían de otros mundos, y nos habría encantado deambular por allí mucho más rato… pero los seguratas nos descubrieron y nos invitaron amablemente a abandonar el recinto. No es un eufemismo, fueron amables. Deben de estar muy acostumbrados a esta situación.

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Pusimos rumbo al jardín Hama-Rikyu Teien, pero aún quedaban un par de horas para que lo abriesen, así que, para hacer tiempo, y aun a riesgo de parecer unos glotones, entenderéis que no pudimos hacer otra que refugiarnos en una cafetería de un centro comercial que vimos abierto… y tomar nuestro segundo del día. Además, había empezado a diluviar…

Después del segundo desayuno, dulce esta vez, y muy rico, y como seguía lloviendo con fuerza, volvimos al hotel a descansar un rato.

Un par o tres de horas de sueño después, regresamos al mercado para retomar el itinerario previsto. Queríamos pasearnos por las paradas con libertad pero para cuando llegamos, ya estaban recogiendo. Por lo tanto, nuestra recomendación es: CUÉLATE DESPUÉS DE LA SUBASTA DEL ATÚN.

Tras este recorrido zombi, mercado-jardín-hotel-mercado, llegamos al jardín Hama-Rikyu Teien. Junto con el de Shinjuku, fue nuestro favorito en Tokio. Típico jardín del período Edo, cuenta con fabulosas vistas de la bahía. De hecho, el agua del estanque se extrae de allí, convirtiéndolo en el único estanque de agua de mar que queda en Tokio. En medio del estanque hay una isla en la que se construyó una encantadora casa de té y que está conectada a tierra por un puente de madera de cedro de 120 metros. El diseño del jardín y sus construcciones contrastan enormemente con los rascacielos que lo rodean. Tal vez la imagen que tenemos de Japón, entre el pasado y el futuro.

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El Puente Rainbow visto desde el jardín Hama-Rikyu Teien

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Casa de té en el jardín Hama-Rikyu Teien

Desde el jardín, en diez minutos caminando nos plantamos en Ginza, la zona de compras más distinguida de la ciudad, donde todas las primeras marcas tienen tienda en elegantes y brillantes edificios. Nosotros nos limitamos a disfrutar de los escaparates, salvo en el caso de Sony, donde sí entramos a curiosear. El Teatro Kabuki-za queda muy cerca, aunque por desgracia no pudimos asistir a ningún espectáculo.

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Calle Ginza

IMG_7709Corta fue la visita en Ginza, ya que tuvimos que salir disparados hacia algo que no esperábamos que nos emocionase tanto: el torneo de en el Ryogoku Kokugikan.

Los torneos se celebran seis veces al año en los meses impares y no siempre en Tokio. Si queréis informaros sobre el mundo del sumo, encontraréis muchísima información en la web de Japonismo.

El torneo dura diferentes días y las entradas permiten asistir a los combates que se celebran a lo largo de todo el día para las diferentes categorías de luchadores.  Sabíamos que la “primera división” empezaría por la tarde y no pudimos haber clavado mejor la hora de llegada porque fue sentarnos y empezar estos combates.

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La experiencia fue uno de nuestros grandes momentos viajeros. Si la visita a Tokio coincide con la celebración del torneo, lo recomendamos encarecidamente.

El estadio del Ryogoky Kokugikan es digno de ver por sí mismo. Está exclusivamente dedicado al sumo. Una serie de galerías se distribuyen alrededor de la zona de combate. Las entradas más caras son aquellas más cercanas al “ring”, donde te sientas en el suelo y con el peligro que te aplaste un luchador. ¡NO ES BROMA!, cuando vas a comprar ese tipo de localidades se te advierte del peligro.

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IMG_7768Lo mejor fue el ambiente. Muchos occidentales entre un público formado mayoritariamente por nipones de edad provecta de los que esperarías recato y contención, pero para nada. Las venerables ancianitas sentadas a nuestro lado se transformaron en las groupies más chillonas cuando apareció su ídolo, y se desgañitaban mientras agitaban una especie de quinielas que rellenaban con devoción. Las viudas colocaban las fotos de sus maridos muertos en el apoyabrazos del asiento para que viesen los combate, como cuando se llevan las cenizas del abuelo al Camp Nou a ver un Barça-Madrid. ¡Todo fue inolvidable! La ceremonia de purificación del “ring” por los luchadores, la tensión de los momentos previos a que el juez diese inicio a cada combate, la emoción cuando se embestían el uno contra el otro… un montón de sensaciones in crescendo. La intensidad inexplicable del combate final, que duró casi un minuto, desató un delirio en el que el público lanzó cientos de cojines al ring desde todo el estadio. Una imagen imborrable la de cientos de cojines flotando en el aire…

Salimos maravillados y encantados y, aunque estuvimos a punto, y a Gizmo le habría parecido genial, no nos atrevimos a cenar en alguno de los restaurantes del barrio del estadio, a donde van a comer los luchadores, y que ofrecen menús “adaptados” a turistas, aunque igual de calóricos. La próxima vez, quizás.

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Reunión de los jueces para decidir un combate dudoso

GIZMO TE CUENTA

IMG_7591¡Menudo susto! Los Papas me despertaron en mitad de la noche y me metieron en la mochila; y todo por ir al mercado, ¡cuando sabemos que el super no abre hasta las 9!

Aproveché la espera para echarme un sueñecito y cuando desperté estábamos en una especie de hangar rodeado de japoneses que gritaban tocando una campanilla y un montón de peces enormes congelados. A los Gizmos nos gusta el sushi, pero ver a todos aquellos pecezotes me puso un poco triste…

Lleno de contradicciones, me comí un desayuno estupendo, y exploramos el resto del mercado. Había cada bicho raro que no os lo creeríais, me parecían un poco alienígenas.

IMG_7729Como empezó a llover muy fuerte, después de comernos unas tortitas (¡dos desayunos en el mismo día, qué bien!) nos fuimos a descansar. Un sueño reparador y un poco de compras no me prepararon para lo que venía a continuación.

Unos tipos gordísimos vestidos con pañales se empujaban unos a otros. No me lo podía creer. Estábamos en ¡HUMOR AMARILLO! Uno de mis grandes sueños hecho realidad. A las dos señoras que teníamos al lado también les hacía mucha ilusión y todos juntos nos pusimos a gritar y vitorear.

Qué gran experiencia. Los Papas me explicaron que era un deporta japonés llamado sumo, pero a mi no me engañan…

Después de tantas emociones en un solo día, me fui a la cama super contento y deseando explicárselo todo a mis hermanos.

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