Cuando llegamos a Yazd, entre el trayecto larguísimo, la mala experiencia en el caravasar y que no habíamos comido, nuestro humor no era el mejor. No podemos evitarlo, los Gizmos y sus papas, con la barriguita vacía, estamos intratables. Pero aún teníamos que superar otra prueba… ¡encontrar alojamiento! Después de un par de intentos frustrados, y con nuestro conductor cada vez más nervioso, terminamos en el hotel Fahadan, en pleno casco antiguo.

Dedicamos lo que quedaba de la tarde a asearnos, comer algo en el hotel, descansar un rato y dar una vuelta por los alrededores, intentando familiarizarnos con el laberíntico casco antiguo de una de las ciudades más fascinantes que hemos visitado nunca.

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La historia de Yazd se remonta 3.000 años. La ciudad fue un centro zoroastriano durante la dinastía sasánida, y algunos de los lugares más sagrados de esta religión aún se conservan en Yazd y sus alrededores. Tras la conquista árabe de Persia, muchos zoroastrianos emigraron aquí, aunque gradualmente el islam acabó imponiéndose.

Debido a su ubicación apartada, la ciudad se mantuvo al margen de muchas batallas y escapó a la destrucción y saqueos de Genghis Khan y Tamerlán, y, durante los siglos XIV y XV, floreció gracias a la industria de la seda. Con la caída de la dinastía safávida, comenzó su decadencia, que duró hasta la construcción de la línea de ferrocarril, ya en tiempos del último shah.

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Yazd no es un lugar con grandes monumentos. Creemos que lo mejor es pasear y dejarse sorprender por el encanto de la ciudad antigua, una de las más grandes construidas casi enteramente de adobe. Altos muros color arena forman un dédalo de sombras y rincones capaz de transportarte en el tiempo.

De los lugares por descubrir, creemos que no puede faltar la visita a la llamada “Prisión de Alejandro” (que parece que ni fue prisión ni alojó a Alejandro), en la misma plaza del hotel Fahadan, con una sala de té subterránea (cerrada cuando estuvimos por allí). Cerca, la mansión Qajar de Khan-e Lari ofrece la oportunidad de descubrir los patios interiores y las enormes alcobas que se esconden tras los altos muros de adobe. Elegantes puertas talladas y trabajadas vidrieras se alternan con tradicionales “badgirs” (torres del viento) y qanats (canalizaciones de agua).

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Desde allí, se puede llegar al bazar y cruzarlo hasta el complejo Amir Chakhmaq, el centro neurálgico de la ciudad, en donde se celebra La Ashura, una festividad chiíta que recuerda el asesinato del imán Husayn, al que consideran sucesor legítimo de Mahoma, del que era nieto. La plaza está presidida por un impresionante Hosseinieh, cuya fachada de tres pisos hace que sea uno de los más grandes en Irán.

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IMG_8780Un apunte respecto del bazar. Si bien el bazar “importante” es el que queda al norte de Qeyam St., a nosotros nos pareció más interesante el que queda al sur. Ninguna de las guías aludía a esta sección del bazar y dimos con ella de casualidad, cuando buscábamos el hotel Malek-oTojjar para tomar té una tarde (sí, los Gizmos necesitan merendar siempre). Luego volvimos por la zona para cenar en un antiguo hamman reconvertido en restaurante, y en donde vivimos una de esas situaciones de carta extensa: tres platos (“tráigame uno de cada, ¡estamos que lo tiramos!”).

En los alrededores de la plaza, se encuentra el Museo del Agua, con un montón de información interesante (y en inglés) sobre los qanat, los canales excavados en la roca a lo largo de kilómetros desde las montañas hasta las ciudades (resumen de Gizmo: tuberías del desierto o rafting cubierto), el típico lugar por el que no dabas un duro pero que, sin ninguna pretensión, te sorprende gratamente.

En una de las calles que da a la plaza localizamos el Zurkhane (casa de fuerza), un gimnasio tradicional iraní, donde se pueden presenciar los entrenamientos de los gimnastas a ciertas horas. Para bien o para mal, no conseguimos cuadrar la visita.

Si tomáis la calle Imam Khomeini, que sale de la plaza, llegaréis a la mezquita del Viernes, cuyo portal de azulejos flanqueado por dos magníficos minaretes es uno de los más altos en Irán. Los mosaicos de la cúpula y del mihrab también son muy hermosos.

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Cerca de la mezquita, se halla el santuario Bogheh-ye Sayyed Roknaddin (si lo dices con soltura sonará harmonioso), del siglo XV, en lo que parece bastante mal estado, y cerrado las veces que pasamos por allí. Su cúpula, además de constituir otra maravilla de la ciudad, se puede apreciar desde la terraza de la tienda de alfombras de la plaza contigua, a la que amablemente nos dejaron acceder a pesar de avisar que no teníamos intención de comprar. Lo saben y lo anuncian: “Suba a nuestra terraza”.

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Y con esto viene lo importante, y es que Yazd tiene uno de los skylines más increíbles que hemos visto nunca, y os animamos a que no perdáis ocasión de subir a cualquier terraza, tejado, farola o chepa que os permita disfrutarlo: ¡el horizonte de cúpulas, minaretes y badgirs despuntando en la ciudad de adobe es algo que no se olvida! Las terrazas de la tienda de alfombras y del hotel Mehr proporcionan grandes panorámicas, pero nuestras favoritas son, sin duda, las vistas desde los tejados del edificio enfrente del Hosseinieh de la ciudad antigua. El paseo por Yazd recomendado en la Lonely Planet pone sobre aviso, ¡y con razón!. Eso sí, hay que tener un poco de morro y colarse por la puerta teóricamente cerrada.

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Fuera del área que puede recorrerse fácilmente a pie, hay otros lugares para visitar y a los que nosotros llegamos en taxi.

El primero de ellos, los jardines Bagh-e Dolat Abad son otros de los jardines persas Patrimonio de la Humanidad. Un sorprendente oasis de vegetación en un entorno árido. Diseñado con un punto central, el pabellón de descanso, del que no hay que perderse el interior decorado con intrincadas celosías y coloridos vitrales, y con el badgir más alto de Irán, de 33 metros, ¡y del que dimos fe que funciona! Instrucciones: colocas a un Gizmo bajo el badgir y, si se le mueven las orejitas, la torre está ok.

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Los otros dos lugares son la herencia zoroastriana en Yazd: el Templo del Fuego y las Torres del Silencio. El Templo contiene la llama que se dice ha estado ardiendo desde el 470 AC, que se trasladó a Yazd en 1474, y que es visible a través de un cristal. El edificio no tienen ningún interés particular.

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Las Torres del Silencio son un lugar realmente especial. Lo primero, la logística: hay que llegar en taxi y os aconsejamos que negociéis la espera, y que ésta sea de al menos 90 minutos.  También será bueno que os aprendáis el nombre del lugar en persa: Dakhme.

Según las costumbres zoroastrianas, los elementos no deben contaminarse con un cadáver, así que los muertos no puede enterrarse, quemarse o lanzarse al agua. El cometido de las Torres del Silencio fue (¡hasta los años 60!) contener los cuerpos de los fallecidos mientras eran devorados por los buitres y otros animales. En el Tibet descubrimos la misma práctica pero en ese caso como acto último de renuncia del propio cuerpo y compasión hacia los animales y la naturaleza.

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A última hora de la tarde, al inicio del crepúsculo, la quietud en el yermo donde se levantan las dos torres sobre sendos promontorios gemelos era desconcertante. Subimos por el camino pedregoso hasta una de las torres, en realidad una enorme pared circular entorno a una pequeña hondonada. Estar allí y pensar para que servían, resultaba inquietante.

Una sola queja: lamentamos la negligencia de las autoridades iraníes, que, por lo general, nos parecieron muy respetuosas con su patrimonio, en el cuidado y preservación de este sitio, negligencia que incluye la instalación de postes y cables de telecomunicación que lo atraviesan. ¿Quizás porque no es patrimonio musulmán?

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NUESTRA RECOMENDACIÓN

Dedicad a Yazd día y medio. Si llegáis por la tarde dirigíos directamente a las torres del silencio. El día siguiente pasadlo por entero en Yazd: deambulad sin prisas por su casco antiguo y acercaos también a los jardines Bagh-e Dolat Abad. Para alojarse, a pesar de la indolencia del personal, alguno de los hoteles de la cadena Mehr (el que más nos gustó fue el Malek-oTojjar, seguido del Fahadan, que tiene una gran ubicación). Para cenar, el restaurante del Silk Road Hotel y sus albóndigas de camello, aunque manteneos alejados de la “cerveza” iraní.

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GIZMO TE CUENTA

DSCN1551Yazd fue como estar en un decorado de “Juego de tronos”… ¡y a los Gizmos nos encanta “Juego de Tronos”! Incluso hemos intentado que los papas nos compren un Trono de Hierro a nuestra medida, y estamos dispuestos a fundir las cucharillas del café y construirlo nosotros mismos si seguimos sin conseguirlo.

Después de atravesar el desierto acompañando al khalasar de Daenerys, habíamos llegado a una de las ciudades de la Bahía de los Esclavistas: Yadz o Qohor o Meeree o Astapor (me hago un poco de lío). Nos dejamos a Khal Drogo por el camino, pero como luego le vi haciendo de Conan, no me dio tanta pena.

En el bazar intenté que me compraran una espada de acero valyrio o que me llevasen a ver a los Inmaculados al Zurkhane. Los Gizmos somos rápidos y fuertes, y gracias a nuestros viajes dominamos, entre otras, las técnicas del kung fu y la capoeira, y también el sigilo ninja, así que seguro que les dábamos una buena paliza.

Más tarde, subí a una terraza y busqué algún animalito con el que jugar… ¡pero no había ni rastro de dragones! Eso sí,las vistas de la ciudad eran tan chulas que creo que voy a escribir a los señores de HBO para que vengan a rodar aquí…

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