Gizmo dejó su personal “Juego de Tronos” de Yazd para aterrizar en otra de sus ficciones favoritas: “300”. Vosotros los veis pequeños y mulliditos, pero ellos se consideran altos y musculosos cual espartanos; están muy en forma, concretamente, en forma redonda.

Abandonamos Yazd con destino a Shiraz en un autocar nocturno, clase VIP. Comprar el billete con antelación resultó una odisea que nos obligó a desplazarnos a la estación en las afueras y hacernos entender a empleados con pocas ganas de ayudar.

Éramos los únicos extranjeros, tanto en la estación como en el autocar, pero más allá de alguna mirada de asombro, no tuvimos ningún problema. Asientos cómodos y abatibles nos permitieron dormir gran parte del trayecto. Llegamos a Shiraz sobre las cinco de la mañana, noche oscura, pero la estación era un hervidero. Los taxis se asignan en un quiosco junto a los andenes, a precio fijo, y agradecimos ahorrarnos el regateo a esa hora.

(Escena): 6:00 a.m., dos turistas con sus mochilas en una desierta calle iraní mal iluminada por altas y débiles farolas. Su hotel tiene la persiana bajada. Ambos miran la verja. Sus rostros reflejan asombro, desconcierto y algo de nerviosismo. De fondo, se escuchan los rítmicos y melodiosos ronquidos de un Gizmo Viajero…

Podría ser el inicio de un “Hostel” iraní, pero es que el recepcionista del Eram, nuestro hotel en Shiraz, estaba durmiendo. Despertamos al pobre chaval que, en vez de imprecarnos en arameo, nos dejó echar una cabezada en los sofás del hall en espera que amaneciese e, incluso, nos invitó a desayunar en el buffet del hotel.

Unos cuantos veinteañeros más aparecieron por la recepción, y nos dimos cuenta que el personal de aquel hotel iba a ser diferente del que encontramos en Yazd. Sabían por qué estábamos allí y lo que queríamos.

“Es muy temprano, el bazar todavía está cerrado. Vuestra habitación no estará lista hasta las 2:00 p.m. ¿Qué os parece si os llevo a Persépolis y estamos de regreso para que podáis comer y descansar un poco?”.

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¿Quién puede resistirse a un nombre tan evocador? Desde luego, no un Gizmo Viajero. Antes de que el recepcionista, que era el mismo que nos había abierto la puerta, terminase su ofrecimiento, Gizmo ya estaba instalado en el asiento del conductor.

El trayecto a Persépolis dura dos horas. En la entrada, acordamos con nuestro conductor/recepcionista una espera de tres horas para visitar el lugar. Si tenéis que pactar un tiempo de espera, os recomendamos que dediquéis al lugar cuatro horas. Otro consejo: ¡madrugad! O visitad las ruinas en enero. Dicen que algunos de los bajorrelieves en realidad son turistas que se acercaron al muro en busca de sombra y se quedaron fundidos en la roca.

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Al fin y al cabo, se trata de Persépolis, capital ceremonial del imperio aqueménida, fundada por Darío en el 518 AC y completada por su nieto Artajerjes más de un siglo después.

Las capitales administrativas eran otras y la actividad de Persépolis estaba relacionada con la celebración del Nouruz (Año Nuevo persa en el equinoccio de primavera) y como símbolo del poder de los emperadores. Así entenderemos la presencia del león devorando al toro (símbolo del Nouruz) y los bajorrelieves de las comitivas de todos los pueblos del imperio persa portando las pagos y regalos. La decoración retrataba lo que se encontraba en los palacios.

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La seguridad y el esplendor de Persépolis, no obstante, duraron sólo dos siglos. Sus majestuosas salas de audiencia y palacios sucumbieron a las llamas cuando Alejandro Magno la conquistó y saqueó en el año 330 AC. Según Plutarco, para trasladar sus tesoros se necesitaron ¡más de 20.000 mulas y 5.000 camellos!

Desde su destrucción y hasta el año 1620, cuando el sitio fue identificado por primera vez, Persépolis permaneció enterrada bajo sus propias ruinas.

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Muchas personas viajaron al lugar y describieron las ruinas de los palacios aqueménidas. Pero el primer proyecto de recuperación no se llevó a cabo hasta 1931, cuando Ernst Herzfeld, profesor de Arqueología Oriental en Berlín, recibió el encargo de la Universidad de Chicago de explorar, excavar y, en la medida de lo posible, restaurar los restos. Entre 1931 y 1934, descubrió la escalera del este de la Apadana y las pequeñas escaleras de la sala del Consejo, así como el harem de Jerjes. Las excavaciones continuaron hasta 1939, cuando la guerra puso fin al trabajo arqueológico en Irán.

Lo que queda hoy es uno de los conjuntos arqueológicos más impresionantes del mundo, tanto por la cantidad como por la calidad de sus ruinas.

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Persepolis está construida sobre una inmensa terraza, natural y artificial a la vez, un corte en una ladera irregular y rocosa de la montaña. Esta terraza, con sus monumentales escaleras de acceso, sus paredes cubiertas por frisos esculpidos en varios niveles, sus gigantescos toros alados y sus grandes salas, es sencillamente una creación arquitectónica grandiosa.

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En ella, como si de un pedestal se tratara, Darío, su hijo Jerjes y su nieto Artajerjes erigieron un conjunto palaciego de proporciones colosales inspirado en los modelos mesopotámicos. Como ya hemos comentados, para Darío, Persépolis no era sólo la sede del gobierno sino también, y sobre todo, un centro espectacular para las recepciones y fiestas de los reyes aqueménidas.

Una ciudad que se construyó para albergar festejos y saraos… A ver, ¿seguro que Darío no estaba aconsejado por un montón de Gizmos?

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La entrada al complejo es por la escalera de la esquina noroeste, que conduce a la Puerta de Jerjes, un monumento que sigue siendo impresionante. Jerjes, que la construyó, la llamó “la Puerta de todas las naciones”, pues todas las delegaciones tenían que pasar por ella en su camino hacia el Salón del Trono. Dos figuras de toros custodian la entrada occidental, mientras que dos hombres-toros de rasgos asirios se colocaron en la puerta oriental. Encima, una inscripción que acredita que Jerjes construyó y completó la puerta.

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Gizmo se quedó muy sorprendido al descubrir que Jerjes no era el gigante salvaje y amanerado de “300” sino un emperador que contribuyó de manera decisiva a la creación de un sitio que es hoy en día uno de los más valiosos de nuestro patrimonio. De todas formas, él sigue siendo un mortífero guerrero espartano sin depilar.

La Apadana es, con mucho, el edificio más magnífico de Persépolis. Comenzada por Darío y terminada por Jerjes, se utilizó principalmente para las grandes recepciones. Trece de sus setenta y dos columnas originarias siguen en pie en la enorme plataforma a la que se accede por dos escaleras monumentales. Estas escaleras, y las paredes, cuentan con relieves muy bien ejecutados que muestran escenas de la fiesta de Año Nuevo y procesiones de representantes de veintitrés naciones sometidas al imperio aqueménida, con notables, persas y medos, seguidos de soldados y guardias, caballos y carros. Los delegados está representados con la vestimenta de sus países y portan regalos como muestra de su lealtad y tributo al rey, entre los que se incluyen vasijas de plata y oro, armas, tejidos, joyas o animales.  Aunque la disposición de escenas parece repetitiva, hay diferencias en los diseños de las prendas, así como los peinados y barbas, que dan a cada delegación su carácter distintivo y hacen su origen inconfundible.

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Pasamos mucho tiempo en la Apadana porque Gizmo insistía en que tenía que haber esculpida una delegación de Gizmos, y estuvimos buscándola. No tuvimos suerte, pero no queremos decir que no la haya… Dicen que esa comitiva en realidad llevaba las alforjas vacías y salía de allí acarreando cualquier cosa brillante que se cruzase en su camino.

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Al lado de la Apadana, el segundo edificio más grande es el Salón del Trono (también llamado Salón de las Cien Columnas, ¿adivináis por qué?), iniciado por Jerjes y completado por Artajerjes I. Lo que queda es un impresionante conjunto de columnas rotas. Dos toros colosales forman las bases de las columnas principales. Si los relieves de las entradas norte y sur del palacio sirven como afirmación de la monarquía, los de las partes este y oeste presentan, como en otros palacios, escenas heroicas del rey combatiendo al mal.

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En tiempos de Jerjes, el Salón se utilizaba principalmente para recepciones de los representantes de las naciones sometidas. Más adelante, el Salón del Trono también sirvió como almacén y, sobre todo, para exhibir de manera adecuada los bienes del tesoro real.

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En la colina detrás del Tesoro se hallan las tumbas excavadas en la roca de Artajerjes II y Artajerjes III. Vale la pena subir hasta aquí para hacerse una idea de la enorme escala de Persépolis y, mientras se disfruta de una vista espectacular del conjunto, reflexionar sobre el esplendor y decadencia de los imperios (excepto el Gizmos power: ése ha sido, es y será eterno), el milagro que este sitio haya llegado hasta nuestros días a pesar de las guerras y el tiempo o, como Gizmo, deleitarse con las fotos tan chulas que se ha hecho con los relieves y las columnas de fondo.

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DSCN1694En general, el recorrido es bastante claro a través de las ruinas y la ascensión al pie de las tumbas. También podéis optar por visitar el pequeño museo del complejo, pero creemos que las piezas exhibidas no tenían demasiado interés, y nos habíamos dado cuenta que íbamos muy justos de tiempo.

La visita a Persépolis puede completarse con la de Pasargada, Naqsh-e Rostam y Naqsh-e Rajab. En nuestro caso, nos pareció que la importancia de Pasargada, teniendo en cuenta su estado de conservación, era más histórica que arqueológica o cultural, así que decidimos saltárnosla. Ya nos contaréis si nos hemos perdido el mejor lugar del mundo o qué.

Aunque Naqsh-e Rostam había sido durante mucho tiempo un área sagrada, Darío el Grande fue el primero en elegirla como lugar de enterramiento. Sus sucesores no sólo copiaron su idea sino también el diseño de la propia tumba.

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Se trata de una pared rocosa que contiene cuatro tumbas reales, cruciformes y con bajorrelieves. Una de éstas, según las inscripciones, es la de Darío I. Las otras tres tumbas se atribuyen a sus sucesores inmediatos, Jerjes, Artajerjes I y Darío II, pero no incluyen ninguna inscripción que permita identificarlas con certeza.

La tumba de Darío I es la más grandiosa. Su entrada, presidida por la figura de un rey ante un altar de fuego, cuenta con cuatro columnas decoradas. Hay también siete grandes bajorrelieves en la roca, bajo las tumbas.

El conjunto es impresionante. La soledad del lugar y la grandiosidad de las obras evocan la magnificencia de la civilización que las construyó.

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Por su parte, Naqsh-e Rajab contiene bajorrelieves inscritos en la roca que datan de principios del imperio sasánida. Una de las tallas es la inscripción de la investidura de Ardeshir I, el fundador de la dinastía. La segunda inscripción se refiere a su sucesor, Shapur I. Un tercer bajorrelieve celebra la victoria militar del rey contra el emperador romano Valeriano. El último bajorrelieve presenta una inscripción atribuida a Kartir, sumo sacerdote bajo Shapur I.

Tal vez no sea un lugar demasiado destacable. Una parada de 15 minutos (previo pago de entrada) dan de sobra.

Obnubilados por la gloria de los persas y con un Gizmo contento con sus fotos y todo lo que había visto y aprendido, regresamos a Shiraz dispuestos a comernos la ciudad… después del correspondiente kebab.

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