Irán cuenta con ciudades fascinantes, complejos arqueológicos únicos, esplendorosos jardines y paisajes sobrecogedores; aún así, no hay duda a la hora de decidir cuál es la Joya del país: Isfahán.

Ciudad milenaria anclada en el centro de la meseta persa, en 1047 los selyúcidas hicieron de ella su capital, la rediseñaron alrededor de la nueva Mezquita del Viernes y, durante los siguientes ciento ochenta años, se dedicaron a embellecerla. Tras el paréntesis mogol, bajo el reinado safávida de Shah Abbas I (1587-1629), Isfahán recuperó su condición de primera ciudad. Abbas la transformó en una capital digna de un imperio en su cúspide, dejando como legado, entre otros, la incomparable plaza Meidan Emam, pero poco más de un siglo después de su muerte, la dinastía safávida quebró y la capital se transfirió primero a Tabriz y después a Teherán.

El deseo de viajar a Irán nació con el relato que una amiga iraní hizo de Isfahán, y de su plaza, de la que dijo que era tan bella que se la conocía como “la mitad del mundo”. Y, de repente, tras meses de lecturas y preparativos, después de soñarlo tantas veces, aquí estamos, bajo los pórticos que dan a la Plaza, atrás quedan las penumbras del bazar. Respiremos hondo, contemos hasta tres… y la Plaza aparecerá ante nosotros. Será la hora de la verdad.

Pero no adelantamos acontecimientos…

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Después del trayecto en bus Yazd – Shiraz, pensábamos que llegar a Isfahán sería pan comido… y lo fue, más o menos. A las cuatro de la mañana nos despertaron “venga, aquí es, abajo” y, todavía medio dormidos y un poco sorprendidos, nos encontramos en el arcén de una carretera (a todo esto, Gizmo seguía sin enterarse de nada, en su bolsa, roncando a piernecita suelta). Unos 50 metros más allá se levantaba un edificio donde nos confirmaron que efectivamente estábamos en Isfahán, así que dedujimos que habíamos parado en una de las estaciones secundarias.

Volvimos sobre nuestros pasos a la carretera y empezamos la negociación con los taxistas. Ya hemos dicho que hay que llevar escrito en persa los nombres de los sitios y las direcciones a donde queremos que nos lleven, pero eso no es garantía de éxito inmediato. Debimos sospechar cuando el taxista empezó a consultar a todos sus colegas, pero como estábamos bastante cansados, simplemente pactamos un precio y nos metimos en el coche. El taxista condujo hasta la zona donde supuestamente estaba nuestro hotel pero, incapaz de encontrar la calle exacta, estuvimos un buen rato dando vueltas (o sea, lo que se conoce como transporte por aproximación). Por fin, tras un buen rato colgado a ¡nuestro! teléfono, hablando con el hotel, llegamos al lugar… y ahora viene el momento surrealista: el taxista nos exigió más dinero por el tiempo extra que había durado el servicio. Si lo pones en perspectiva, unos pocos euros más no son un problema, pero la sensación de estafa, sí. No sería la única vez que los taxistas iranís nos salieran con esas; ellos ponen cara de póker, tú te cagas en todos sus muertos remontándote hasta Jerjes, y acabas soltando el dinero. Por suerte, la habitación estaba libre y pudimos instalarnos.

Después de descansar un rato y darnos una ducha, dimos de desayunar a Gizmo y salimos. Con la luz del día, el hotel, la zona, todo tenía mucha mejor pinta. Sabíamos que estábamos cerca de la Mezquita del Viernes, veíamos sus cúpulas, así que googlemapeando nos dirigimos a ella en primer lugar.

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Esta mezquita es la Mezquita del Viernes más antigua de Irán e ilustra la evolución de la arquitectura de mezquitas y de los estilos decorativos desde el siglo IX y a lo largo de más de mil años, con preeminencia del período selyúcida.

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El conjunto tiene una extensión superior a los 20.000 metros cuadrados y fue el primer edificio islámico que adaptó a la arquitectura religiosa el diseño propio de los palacios sasánidas de planta de cuatro iwanes (espacio cerrado por tres lados y abierto en su parte anterior, con cúpula o libre). El patio sirvió como prototipo para mezquitas posteriores en Asia Central y compensa la falta de magnificencia del exterior. Porque, mientras que la Mezquita Real construida por Shah Abbas se halla precedida por un gigantesco portal, la Mezquita del Viernes está casi escondida en un laberinto de calles estrechas, sus entradas son discretas y sólo la cúpula de la sala de oración revela la presencia de una gran mezquita.

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¡Y qué cúpula! Descansado sobre una estructura aparentemente ligera, su construcción supuso un salto adelante que introdujo nuevas habilidades de ingeniería. Pero, tranquilos, los europeos seguiremos mirándonos el ombligo y despreciando, con satisfecha ignorancia, al resto del mundo.

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La mezquita se sigue utilizando para la oración y es un componente del entramado histórico del bazar, al que está indisolublemente unida. Un recorrido inolvidable es el que comienza en la Mezquita del Viernes, atraviesa el bazar y desemboca en la plaza Meidan Emam.

El bazar de Isfahán fue el más espectacular de los que visitamos, un fascinante laberinto de callejuelas con madrazas, caravasares, mezquitas, hammams, casas de té, fuentes… Sus calles abovedadas están coronadas por pequeñas cúpulas cuyas aberturas en forma de estrellas y hexágonos derraman la luz sobre el comercio de abajo. ¡A ver si algún norteamericano se cree que los centros comerciales los inventaron ellos!

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Las partes más antiguas del bazar son aquellas alrededor de la mezquita, con más de mil años, y donde cada callejón se dedica a un oficio específico, mientras que la mayor parte del conjunto actual data del reinado de Shah Abbas, cuya decisión de ampliar el bazar existente refleja su atención al desarrollo económico de Isfahan y en general de todo el país. Con el tiempo, el bazar fue creciendo y ha acabado alcanzando los dos kilómetros de largo. La sección inmediatamente al norte de la plaza Meidan Emam ha sido y sigue siendo la más prestigiosa. No hace falta decir que Gizmo estaba entretenidísimo, acariciando todas las telas, quedándose embelesado con los brillos de las joyas e intentando no estornudar cuando metía la nariz en las montañas de especias.

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El bazar es una de las fronteras de Meidan Emam, así que sí bien hay más de una docena de accesos al bazar, la entrada principal es a través del Portal Qeysarieh, en el extremo norte de la plaza. Salir del bazar expectante por ver una de las maravillas del mundo no debe impedir girarse y disfrutar de la decoración del portal y sus escenas de batalla.

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Y por fin, allí estábamos. La plaza Meidan Emam fue construida por Shah Abbas I a principios del siglo XVII. Como centro de la nueva capital de los safávidas, albergaría algunos de los edificios más esplendorosos del imperio. Con una extensión de 512 metros de largo y 163 de ancho, se la considera una de las más grandes del mundo, después de la de Tiananmen, pero si aquella no es más que una fría extensión de cemento, esta es acogedora y llena de vida. Claramente, los Gizmos prefieren corretear por Meidan Emam a hacerlo en Tiananmen. Esta Plaza fue un fenómeno urbano único en un país de ciudades bien parceladas y sin apenas fluidez espacial, con la excepción de los patios interiores de los caravasares. Más allá de su su relevancia arquitectónica, es también un importante testimonio de la vida social y cultural en la Persia de los safávidas: su vasta explanada se utilizó para paseos, reuniones de las tropas, partidos de polo, celebraciones y ejecuciones públicas.

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La Plaza está flanqueada por cuatro edificios monumentales en cada lado unidos por una serie de arcadas de dos plantas: al norte, el pórtico de Qeyssariyeh, al sur, la Mezquita Real, al este, la Mezquita Sheikh Lotfollah y, al oeste, el Palacio de Ali Qapu.

¡Gizmo estaba fascinado con los colores vivos de los monumentos de la Plaza! No paraba de pedir que le hiciésemos fotos.

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Dada la hora, decidimos dejar la visita de los edificios para el día siguiente. Comimos un kebab con arroz y volvimos a hotel para guarecernos de un sol inclemente (y echar una siesta). A media tarde, tomamos un taxi al Puente Si-o-Seh, que cruzamos para continuar por el parque a orillas del río (que, por cierto, está seco, así que nadie espere imágenes románticas de los famosos puentes de Isfahán reflejándose en las aguas del Zayandeh) e internarnos en dirección a Jolfa.

Jolfa es el nombre del barrio armenio y data de cuando Shah Abbas trasladó aquí a una colonia de cristianos con la intención de aprovechar sus habilidades como agricultores, artesanos y comerciantes. Hoy en día la comunidad cristiana de Isfahán es de 5.000 personas (en sus tiempos más prósperos llegó a haber 40.000). ¿A qué nadie imaginaba encontrarse una comunidad cristiana en mitad de Irán?

En la guía se mencionan algunas iglesias-monasterios, pero nosotros las encontramos cerradas, así que nos dirigimos al principal punto de interés turístico del barrio, la catedral de Vank, un edificio sorprendente. Los armenios debían cumplir la norma islámica de acuerdo con la cual no se permitía a los “infieles” hacer alarde de sus creencias, por lo que el exterior es más bien discreto. En cambio, no hay un centímetro del interior que no esté ricamente decorado y las paredes están cubiertas con pinturas al óleo de vivos colores en la tradición italiana de esa época que representan imágenes de la Biblia.

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Jolfa, del que habíamos leído que era una especie de barrio “bohemio” de Isfahán, es un buen lugar para pasar una tarde relajada en los cafés alrededor de su plaza principal, después de haber visitado la catedra… ¡sería perfecto si con ese calor te pudieses tomar una cerveza! Nos sentamos a merendar y a sablear el wifi de un pequeño café, la típica pausa que le encanta a Gizmo y, después, cenamos en uno de los modernos restaurantes del barrio. Agotados, tomamos un taxi de vuelta al hotel.

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GIZMO TE CUENTA

Después de un buen sueñecito, llegamos a Isfahán. El hotel era muy bonito, con todas las paredes pintadas con colores brillantes y dorados, pero lo mejor de la ciudad estaba fuera. Por calles laberínticas llegamos a una gran mezquita.

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La mezquita era impresionante, pero a mí lo que más me llamaba la atención era el bazar inmenso en el que está incrustada. ¡A los Gizmos nos encanta comerciar! Y allí había de todo… Cada vez que los papas se paraban para hacer fotos, intentaba realizar alguna transacción, pero como son unos aguafiestas y no saben de negocios, no me dejaban. Iba un poco enfadado y, de pronto, apareció una gran plaza.

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¡Que sitio tan chulo! Césped y una piscina con chorros de agua en medio rodeados por pórticos repletos de tiendas con alfombras donde tirarme a dormir la siesta. Y, encima, edificios recubiertos de azulejos con colores y formas divertidos. Sin lugar a dudas, esa plaza es un sitio al que los Gizmos podemos ir a descansar.

Sufrí un poco, decidiendo si quería continuar la exploración o no, porque mi barriguita empezaba a reclamar atención. Menos mal que los papas piensan como yo. Comida y siesta, lo que un Gizmo Viajero necesita para llenarse de energía.

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Cruzamos un puente en un río sin agua, y llegamos a un barrio de calles estrechas y empedradas muy diferentes de los laberintos que habíamos encontrado en las ciudades del desierto. Una iglesia cubierta de dibujos me recordó a las que habíamos visto en Rusia y mientras cavilaba, los papas decidieron que ya había sido un día suficientemente intenso. Hora de merendar tranquilamente y cenar por allí cerca. Aproveché el momento para gorronearle a los papas el iphone y poner a mis hermanos al tanto de todas mis aventuras…

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