El segundo día en Isfahán, cúspide de nuestro viaje por Irán, pusimos rumbo directo a la plaza Meidan Emam. El objetivo: visitar con calma la Mezquita Real, la Mezquita Sheikh Lotfollah y el Palacio de Ali Qapu. Es importante comprobar los horarios de los tres lugares porque puede que cierren para las oraciones de los fieles o por la pausa del almuerzo. Estas visitas nos ocuparon toda la mañana y, para comer, volvimos a optar por los alrededores de la Plaza.

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Empezamos por la Mezquita Real. Cruzando la Plaza desde el bazar, justo en el lado opuesto, nos vamos acercando a su impresionante fachada. Los cimientos son de mármol blanco y el propio portal, de 30 metros de altura, está decorado con mosaicos de motivos geométricos, florales y caligrafía. El propósito original del pórtico es fundamentalmente estético, y tiene más que ver con su ubicación y la necesidad de proporcionar un contrapunto al Portal Qeysarieh que con objetivos espirituales.

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Aunque el portal mira a la Plaza, la Mezquita está orientada hacia la Meca y, por lo tanto, un corto pasillo en ángulo conecta la Plaza y el patio interior, con la piscina para las abluciones rituales y rodeado de cuatro imponentes iwanes, que conducen cada uno a un santuario. Los santuarios este y oeste están cubiertos con motivos florales sobre un fondo azul. El iwan sur conduce al santuario principal, en donde vale la pena admirar la riqueza del techo abovedado, y desde el que se disfrutan unas vistas maravillosas de los dos minaretes de color turquesa por encima de la puerta de entrada. A este y oeste del santuario están los patios de dos madrazas. Ambos proporcionan una buena vista de la profusión de azulejos turquesa de la cúpula principal.

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La grandiosidad de la Mezquita Real o de la Mezquita del Viernes encuentran su complemento en la Mezquita Sheikh Lotfollah. Shah Abbas I la dedicó a su suegro, el jeque Lotfollah, un erudito libanés que fue invitado a Isfahán para supervisar la construcción de la Mezquita Real y la madraza. Como se concibió como mezquita privada de Shah Abbas, no tiene ni patio ni minarete desde donde llamar a la oración. Tras cruzar el portal exquisitamente decorado, un pasillo embaldosado nos conduce al interior del edificio, facilitando, por medio de sutiles cambios de luz, la transición desde el bullicio de la gran plaza exterior a la sala de oración. En el interior de la sala destacan los mosaicos que adornan las paredes, el techo con motivos amarillos y el mihrab. La cúpula usa delicadas baldosas que parecen cambiar de color a lo largo del día, de cremoso a rosado.

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A pesar de su tamaño, el edificio transmite una sensación de privacidad que, junto con la belleza de su decoración, sus formas y sus colores, lo convirtieron en la Mezquita más hermosa que visitamos en nuestro viaje. Claramente, es el edificio en que se inspirarán los Gizmos cuando decidan construir una cúpula sobre su Atalaya o les dé por alicatar el comedor.

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Dejando atrás el sueño de la Mezquita Sheikh Lotfollah, al otro lado de la Plaza se encuentra el Palacio de Ali Qapu, actualmente un solo edificio, pero que en su día fue la entrada monumental al conjunto del palacio y de los jardines reales que se extendían detrás de la Plaza, y de los que en la actualidad sólo se conservan los jardines de Chehel Sotum y de Hasht Behesht. Si Isfahán ya es maravillosa con lo que tiene, ¿cómo sería con el complejo real íntegro?

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El Palacio cuenta con seis plantas y una altura de 40 metros, y está coronado por una terraza cubierta sostenida por 18 finas columnas de madera, y que brinda unas vistas maravillosas. En las estancias que se recorren durante la subida no hay nada destacable, sólo unos poco retazos de decoración supervivientes de diferentes invasiones. Vale la pena llegar hasta lo más alto del edificio y conocer la sala de música, que con sus techos y paredes horadados debe de tener una acústica bien peculiar. Una personita (y no miraremos a nadie) no paraba de repetir que en realidad todos esos agujeros eran donde se sentaban los Gizmos de la corte para escuchar los conciertos.

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Dedicamos la tarde a lo que queda de los jardines reales. El Palacio Chehel Sotun fue construido como pabellón de ocio y de recepciones, y es una de los sitios más extraordinarios de Isfahán. Al entrar en los jardines del palacio encontramos una larga fuente ornamental y, al fondo, una elegante terraza porticada de inspiración aqueménida sostenida por 20 estilizadas columnas de madera. Estas columnas y su reflejo en la fuente suman las 40 columnas del significado de Chehel Sotum. Decorado perfecto para una sesión de fotos gízmicas que nos llevó un buen rato.

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Una vez en el interior del pabellón olvidamos la prohibición de la representación figurativa en el arte islámico (si es que después de tantos días de ver retratos nos quedaba alguna duda). Las paredes superiores están ocupadas por frescos históricos a gran escala, que retratan, a la manera de los relieves de Persépolis y Bishapur, la vida en la corte y también las grandes batallas de la época safávida. Estas obras extraordinarias sobrevivieron a la invasión afgana del siglo XVIII (los afganos, siempre en su línea, encalaron las paredes).

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En definitiva, un excelente ejemplo de jardín persa, símbolo del Edén, que, con todo merecimiento, forma parte de los jardines considerados Patrimonio de la Humanidad.

El Palacio Hasht Behesht, el otro testigo de lo que fue un enorme conjunto de edificios y jardines, fue en su día el edificio secular más lujoso de Isfahán, tal vez utilizado como escenario para fiestas, pero actualmente sólo se conserva la carcasa exterior y no en muy bien estado. Su jardín es un parque público y uno de los sitios más tranquilos de la ciudad.

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Queríamos presenciar el atardecer en la Plaza Meidan Emam pero no podíamos dejar pasar la merienda, así que nos plantificamos en el Hotel Abbassi, considerado el más prestigioso de Irán y con el que llevábamos meses intentando contactar en vano. Por puras ganas de tocar las narices pedimos información en recepción sobre reservas y nos enviaron a un cuartucho remoto en donde una chica sin mucha vocación de servicio se limitó a decirnos que no había habitaciones libres para esos días… ni para la semana siguiente… ni para el mes siguiente… ni para los tres meses siguientes. Llegados a este punto, nos dimos cuenta de que efectivamente el Abbassi no es un hotel “friendly” con los turistas independientes y desistimos de continuar. Aun así, nos tomamos un helado en su terraza donde el servicio, en la tónica del hotel, fue pésimo y el precio, excesivo.

Deshicimos nuestro camino y volvimos a la Plaza Meidan Emam para presenciar el atardecer. Anduvimos por la Plaza en todos los momentos del día pero el más mágico, el que con la luz hace brillar aún más este sitio incomparable, fue sin duda el atardecer. Pasamos un buen rato haciendo fotos, observando a las familias iraníes de picnic, a los niños jugando en las fuentes… incluso Gizmo tuvo un momento de reposo y se lo miraba todo con ojitos brillantes mientras se le escapaba algún pequeño suspiro.

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Hubiéramos podido pasar horas allí pero el quebab de la mañana ya quedaba muy lejos y, entusiasmados como estábamos, decidimos poner el colofón al día en el considerado mejor restaurante de Isfahán, el Shahrzad. Mala idea: se trata de un sitio frecuentado por los grupos turísticos, con un servicio lento y desganado y una comida mediocre. Parece el restaurante al que vas si te alojas en el Abbassi. Sin dejar que la experiencia culinaria nos amargase, volvimos más que contentos al hotel.

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La mañana de nuestro tercer y último día en Isfahán, con una pareja de amigos españoles que se alojaban en nuestro mismo hotel, contratamos un taxi para visitar tres lugares más alejados del centro y de los que hablaba la guía.

La primera parada fue en el hammam Ali Gholi Agha. El lugar está bien conservado y nos hubiera parecido un sitio interesante si no fuera porque ya habíamos visitado los hammams museizados de Kerman y Shiraz y, a esas alturas del viaje, nos pareció un poco más de lo mismo, figuras de cera incluidas.

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Quizás hubiera valido más la pena, a continuación, dedicarse a callejear por el barrio histórico donde se ubica el hammam, pero nuestro conductor nos llevó al minarete oscilante llamado Manar Jomban, una tontería de pago.

Por último, nos dirigimos al Templo del Fuego, unas ruinas (es decir, cuatro piedras que con mucha imaginación puedes suponer que fueron una estructura) zoroastrianas en lo alto de una colina en las afueras de la ciudad. La subida lleva unos veinte minutos y si vale la pena (no mucho) es por las vistas de la ciudad a lo lejos; pero hay que echarle mucho cariño, porque solo se ven tejados y antenas.

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En definitiva, tres sitios que iban de lo prescindible a lo inútil. Después de una mañana tan poco memorable, regresamos a la ciudad para comer en Jolfa (¿quién nos iba a decir que el khachapuri que nos comimos acabaría siendo el nombre de un miembro de la familia?) Nuestros amigos querían visitar el barrio por la tarde, y nosotros decidimos hacer puenting, así que, evitando la insolación, tomamos un taxi hasta el Puente Khaju, desde donde retrocedimos siguiendo la orillas del río y visitamos tres de los puentes históricos: Khaju, Chubi y Si-o-Seh.

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A pesar de que, como hemos comentado, el río Zayandeh estaba seco, se trata de un plan muy recomendable para pasar una tarde. Las teterías de los puentes de las que hablaba nuestra guía estaban todas cerradas; al parecer eran un foco de disidencia política. Eso no impedía a la juventud (y no tan jóvenes) pasar el rato bajo los puentes haraganeando y tomando té gracias a algún emprendedor con un hornillo.

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El primero de los puentes de nuestro recorrido fue el puente Khaju, cuyo nombre significa corte o cortesano, y se refiere al uso exclusivo que de él hacían Shah Abbas II y su corte.

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Caminando en dirección al centro, nos encontramos el Puente Chubi, con casi 150 metros de largo y 21 arcos, construido también por Shah Abbas II para uso exclusivo de su corte en celebraciones como fuegos artificiales, carreras de botes, desfiles y, en particular, el Nowruz.

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Por último, un lugar para la plebe, construido por un general de Shah Abbas I: el Puente Pol-e Si-o-Seh, de casi 300 metros de largo, con funciones tanto de puente como de presa.

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De nuevo en el centro, había llegado uno de los momentos más esperados por los Gizmos Viajeros en cualquier viaje: las compras. Y estando en Irán es fácil deducir cual era nuestro objetivo: una alfombra persa. Dado el aspecto poco amistoso para el novato que ofrecían las tiendas de la sección de alfombras del bazar, renunciamos a  comprarla allí, asumimos nuestra condición de turistas y nos encaminamos a los comercios bajo los soportales de la Plaza Meidan.

Lo primero que aprendimos es que hay dos tipos de alfombras: las “ciudad”, que son las típicas alfombras persas con un medallón central y ornamentación en el perímetro, que siguen un diseño previo y que provienen de los talleres de los centros urbanos, y las “nómadas”, en teoría tejidas por las tribus de las montañas o el desierto con diseños más libres. Otros aspectos importantes son la cantidad de nudos por área, los tejidos (lana, seda, mezclas) y el tipo de colorantes (naturales o sintéticos).

Aunque íbamos con la idea de comprar una alfombra de tipo “ciudad”, los modelos que nos gustaban quedaban fuera de nuestro presupuesto (máximo 500€) y ni Gizmo, que es un negociador muy duro, pudo hacer nada para que el bazaarí  bajase de los 2.000€. Tal vez en otro viaje.

Decidimos no perder más el tiempo e ir directamente a por una alfombra “nómada” y dimos con una que nos gustaba. Una representación geométrica de una fuente y un montón de símbolos de los que no nos acordamos del significado de la mitad. Gizmo se dedicó a testar todo lo que nos enseñaban, jugando a arrastrarse, correteando y haciendo la croqueta para pasmo de los pobres vendedores.

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Esta vez de nada nos sirvió el truco “Barcelona – Barça – Messi”, el dueño resultó que había estado en Barcelona y, cuando nos enseñó unas fotos en su móvil de las torres venecianas de plaza España un día lluvioso, entendimos que no se había quedado con un gran recuerdo de la ciudad. Aun así, tras unas cuantas cifras arriba y abajo terminamos con una nueva adquisición para el Museo Gizmo de Viajes. Acabamos cenando cerca de allí, en el restaurante del hotel Setarah (la mejor comida en Isfahán).

Conclusión: hay que estar un poco informado sobre los tipos de alfombras y sus calidades, saber lo que se quiere y cuanto se piensa pagar pero, sobre todo, no tener prisa (durante la compra se beben unos cuantos tés) y tomarse el regateo con humor (Asia es así)

Arrastrando los pies, entristecidos por pasar nuestra última noche en Isfahán, regresamos al hotel. Como hemos explicado, el Ibn Sina (o Avicena) era un hotel recién inaugurado al que, cuando nos alojamos, estaban dando los últimos retoques. Quizás por eso que nos acabó deparando una agradable sorpresa. En mitad del pasillo uno de los camareros nos cortó el paso y empezó a hacer señas y a darnos un montón de explicaciones en farsi. Gizmo sonreía y decía que sí con la cabezita sin enterarse de nada, hasta que el muchacho, desesperado, nos agarró de un brazo y nos arrastró, literalmente, escaleras arriba: ¡acababan de abrir la terraza! Con un té, y disfrutando de las vistas de esta ciudad única, nos despedimos de Isfahán.

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GIZMO VALORA

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Meidan Emam

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Mezquita del Viernes

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Chehel Sotum

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GremlinsLos minaretes oscilantes

GremlinsLa oferta culinaria de Isfahán

 

GIZMO TE CUENTA: ALAGIZMO

Había una vez un gizmo llamado Alagizmo, que vivía con sus papas en la Atalaya.

Aunque Alagizmo se sentía muy querido, echaba en falta la compañía de otros gizmos con los que jugar.

Alagizmo y sus papas viajaban mucho. Un día, fueron a Isfahán.

Los papas de Alagizmo querían comprar una alfombra persa y estuvieron merodeando por las tiendas del bazar. Entraron en una de las tiendas, regentada por un viejo comerciante, que empezó a desplegar para ellos todo tipo de alfombras.

Vieron una que les gustaba. Después de un rato negociando, el comerciante dijo:

–          Esta alfombra es de gran calidad. Su precio real es de 1000 monedas pero os la puedo rebajar a 700. Sé que no es una gran rebaja pero, a cambio, quiero obsequiar a Alagizmo con este regalo.

Y señaló una vieja lámpara de aceite.

Los papas aceptaron el acuerdo y el comerciante envolvió cuidadosamente los bienes.

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De nuevo en casa, los papas volvieron a sus trabajos y Alagizmo se quedó solo. Aun así, no se aburría y siempre se le ocurría alguna manera de entretenerse. Decidió desembalar la vieja lámpara de aceite que el comerciante le había regalado. Al hacerlo, la frotó. De repente, la casa se llenó de una intensa luz rosada y un genio sonriente apareció. Dijo:

–          Soy el genio de la lámpara. Puedo concederte tres deseos. ¿Qué deseas?

Alagizmo no lo dudó:

–          Deseo tener muchos hermanos, ¡deseo que seamos un ejército de gizmos!

En un abrir y cerrar de ojos, la Atalaya se llenó de gizmos, hasta que ya no hubo espacio para ninguno más.

–          ¿Qué más deseas? – preguntó el genio.

Alagizmo tampoco dudó cuál sería su segundo deseo:

–          ¡Deseo mucho chocolate para comer cada día!

Una cantidad enorme de chocolate apareció ante los ojos de Alagizmo, que se relamía al pensar en el festín que se iba a dar.

Entonces llegaron los papas…

Cuando descubrieron a todos los nuevos gizmos, se pusieron muy contentos, pero no pasó lo mismo con el chocolate. Dijeron:

–          Alagizmo, ya sabes que tienes que vigilar lo que comes, y que no puedes abusar del chocolate. Nosotros te daremos un poquito una vez por semana.

Y escondieron el chocolate en el armario más alto de la cocina, a donde Alagizmo jamás podría llegar.

¡¿Un poquito de chocolate una vez por semana?! De pensarlo, Alagizmo sintió tanta pena que sus ojitos se llenaron de lágrimas. Bajó la mirada y vio la alfombra nueva desplegada en el suelo del salón.

Tuvo una idea…

–          Genio, mi tercer deseo es que esa alfombra pueda volar y alcanzar con ella el chocolate que los papas han escondido en lo alto.

Al momento, la alfombra empezó a elevarse y llegó a la Atalaya. Alagizmo y los otros gizmos se subieron a ella.

–          ¡Al abordaje! – exclamó.

Y dirigió la alfombra a la cocina. Tomaron todo el chocolate que les habían confiscado.

Entonces los papas aparecieron e intentaron recuperar el chocolate pero Alagizmo fue más rápido, los esquivó, y todos los gizmos salieron volando por el balcón, zampándose el chocolate, montados en la alfombra mágica de Isfahán.

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