Aterrizamos en el pequeño aeropuerto de Kilimanjaro a primera hora de la mañana, provenientes de Ciudad del Cabo, vía Johannesburgo y Nairobi. ¡Un viaje con muchas escalas para empezar el año! Los trámites del visado fueron rápidos y, al salir con las maletas, nuestro guía, Freddy, ya nos esperaba. Como eran las 9 y no queríamos perder tiempo, emprendimos el camino hacia el Parque Nacional Tarangire.

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Se tardan unas dos horas y media en llegar, el trayecto es fácil pero no reviste demasiado interés. Realizamos una pequeña parada técnica en Arusha para proveernos de la comida del día y sacar dinero en un cajero. Durante el resto del viaje, los pagos (bebidas, propinas…) fueron todos en efectivo, ya sea moneda local o dólares. Recordad que no hay posibilidad de utilizar las tarjetas de crédito.

Almorzamos a las puertas del parque, y ya estábamos listos para nuestra primera aventura tanzana.

El Parque Tarangire recibe el nombre del río que lo atraviesa, y es célebre porque cuenta con una de las poblaciones de elefantes más altas de Tanzania, y también por ser el lugar con mayor concentración de baobabs del mundo, si bien en Madagascar hay más variedad. Nuestro guía nos explicó que es en la temporada seca cuando se aprecian mejor las formas sorprendentes que adoptan sus ramas; aun así, cubiertos de hojas, custodiando la carretera y punteando el horizonte, estos majestuosos árboles se convirtieron en uno de los paisajes más especiales de Tanzania.

Pero fueron los otros famosos habitantes del parque los que nos depararon una experiencia “inolvidable”…

Nos habíamos cruzado con unas cuantas decenas de elefantes que deambulaban en pequeños grupos comiendo y protegiéndose del sol, cuando nos topamos con una escena que justifica un viaje: una ingente manada refrescándose en el río durante la calurosa primera hora de la tarde…

Detuvimos el coche en la orilla contraria y empezamos a disparar nuestras cámaras como posesos. Poco a poco, aparecieron más elefantes y más turistas. Es lo que tienen los safaris, que durante horas te crees que estás solo recorriendo las llanuras africanas y, cuando divisas un animal, en menos de tres minutos tienes otros diez coches a tu lado. ¿De dónde han salido? Pero eso no era motivo para dejar de disfrutar del espectáculo de los paquidermos en plena pool-party; contamos más de 50 (los cálculos de Gizmo eran un poco más altos). Ver a los ejemplares más grandes refrescándose era impresionante, pero los más jóvenes, revolcándose y sumergiéndose en el agua, jugando como locos, era muy divertido.

La matriarca decidió que se había acabado la hora del baño y que debían continuar su camino, así que empezaron a cruzar el río directos hacia nosotros, o más bien hacia la barrera de jeeps que fotografiábamos sin cesar. El resto de coches empezó a dispersarse, pero el nuestro no tuvo tiempo de moverse, por encontrarse encajonado entre otros vehículos y un enorme hoyo.

Algunos de los elefantes más grandes se detuvieron a nuestro lado; era evidente que estaban molestos. Empezaron a trompetear y a agitar la cabeza. Dejaron de ser graciosos y entrañables animales a convertirse en potenciales apisonadoras de varias toneladas de peso. Si os acordáis de la madre de Dumbo enfurecida, os podréis hacer una idea de lo que vimos a pocos metros de nuestro coche. Tenso y sudoroso, Freddy nos ordenó no movernos ni hablar. Sentados, inmóviles y en el más absoluto silencio, desde el resto de coches nos miraban alarmados, aunque con las cámaras preparadas por si los elefantes la liaban con nosotros y había que inmortalizar la ocasión… Al final, los elefantes juzgaron que no éramos una amenaza y siguieron su camino.

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Ese momento nos hizo tomar conciencia de que un safari no es ir al zoo: en plena naturaleza, rodeados de animales salvajes, puedes pasar de una escena idílica como unos elefantes dándose un baño en el río a otra potencialmente peligrosa sin apenas darte cuenta.

Todavía impresionados, nos dirigimos a la salida y, aunque nos cruzamos con unas cuantas decenas más de elefantes, decidimos que no era el momento de acercarse mucho más, y que ya era hora de descansar en nuestro primer día en Tanzania.

GIZMO TE CUENTA

Con la típica resaca gízmica de Año Nuevo, hicimos las maletas después de tres semanas de viaje por Sudáfrica, nos subimos al avión y, cuando desperté, no estábamos en casa sino que ¡habíamos llegado a Tanzania! Cómo se nota que estábamos de celebración: ¡dos países en un mismo viaje!

En el aeropuerto, conocimos a Freddy y empezamos nuestro recorrido. Tuvimos que parar a recoger unas sospechosas cajitas antes de llegar a nuestro destino, el Parque Nacional Tarangire. Allí descubrí que el techo de nuestro coche se levantaba y que podía sacar la cabecita para ver el paisaje y sentir el viento en las orejitas, no como en Sudáfrica, donde los papas no me dejaban bajar la ventanilla por si se colaba algún gatito.

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El parque estaba lleno de unos árboles enormes y muy graciosos que parecían zanahorias y que se llaman baobabs. Freddy me contó que los dioses africanos, viendo que los baobabs eran unos árboles tan vanidosos, decidieron darles la vuelta, dejando sus hermosas ramas, flores y hojas bajo tierra, y sus raíces hacia arriba, y por esos hoy en día tienen ese aspecto. 

También me explicó que hay ejemplares de baobabs tan inmensos que su interior sirve de estación de autobuses o de bar en los que pueden entrar 40 personas… ¡Seguro que el dueño de esos negocios es un Gizmo!

En Tarangire no vi ningún león trepador de árboles pero sí vimos muchísimos elefantes. En el río, bañándose, vimos casi 200 (aunque los papas, que son un poco miopes, dicen que no pasaban de 50). Había un montón de elefantes pequeñitos echándose agua unos a otros y tirándose de cabeza al río, lo que me recordó un montón a la Atalaya cuando nos toca el día de aseo y montamos un buen follón.

Cuando se acabó el baño, los elefantes cruzaron el río hacia dónde estábamos. Me di cuenta de que se ponían nerviosos porque tantos coches les cerraban el paso y no sabían cómo  avanzar. Como también los papas empezaban a temblar y allí se estaba formando un atasco que hacía peligrar la hora de mi merienda, decidí intervenir. Salí del coche y me puse a ordenar el tráfico de elefantes. A ver, señora elefanta, por aquí, circule. Usted, señor elefante, no se quede ahí parado, circule, circule también… y así… En un momento estaba todo despejado y pudimos salir, llegando a tiempo para tomar un refresco y unas galletas. ¡Nadie hace que un Gizmo se salte una comida!

Ah, y las cajas misteriosas contenían ¡la comidita del día! Esto del safari me iba a gustar…

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