El segundo día en Tanzania fue cuando más nos alejamos de los recorridos habituales por el norte del país. Nuestro destino era el lago Natrón, en la frontera con Kenia.

Desde el alojamiento tuvimos que deshacer parte del camino del día anterior, lo que aprovechamos para detenernos en un mirador sobre el lago Manyara. Seguro que el parque del lago está genial, pero nos reafirmamos en nuestra decisión de escoger Tarangire. Consejo: si visitásemos Manyara nos alojaríamos en el Lake Manyara Wildlife Lodge (el alojamiento que se ve en la foto abajo).

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Una vez se toma el desvío al lago Natrón, la carretera discurre paralela a la falla del Rift, un paisaje que fue determinante a la hora de escoger el recorrido.

Nos encantan las mega-urbes, los pequeños pueblos con encanto o las zonas naturales con preciosos paisajes y animales en libertad, pero el valle del Rift es algo diferente. Es ver el planeta en movimiento, es saber que transitas por un lugar cambiante que dentro de miles de años será un océano pero que mucho antes había sido la cuna de la humanidad. De todo lo que hemos visto, tan sólo el Himalaya es comparable.

La falla es un lugar de gran actividad sísmica, con diversos volcanes a los que además se puede ascender, y de entre los cuales hay uno del que es imposible apartar la vista. Aislado en medio de la llanura, aparece el volcán activo Ol Donyo Lengai, sagrado para los masai, de encanto robusto y boca inclinada. Con todas estas emociones, el trayecto de varias horas no se nos hace pesado.

Llegamos a Lake Natron Tented Camp a mediodía, y nos ofrecen varias actividades: la ascensión al volcán por la mañana (parece que esta actividad no está exenta de riesgo, así que os recomendamos informaros bien), una visita cultural a un poblado masai, una excursión a unas cataratas (con baño incluido) y una caminata por el lago. Optamos sin dudar por la última. Saldremos cuando el sol deje de derretir las piedras, así que comemos sin prisas e intentamos descansar algo en la cabaña, aunque el calor se lo impide algunos (Gizmo y uno de los papas duermen a pierna suelta a pesar de estar a más de 35º…).

Estamos en pleno territorio masai, donde rige un convenio entre las tribus, el gobierno y las empresas turísticas. Recogemos a nuestro guía local y conducimos hasta el lago. Volveremos al alojamiento a pie desde allí. La caminata incluye no sólo el lago, sino también el bosque circundante y algunas aldeas masai.

El lago Natrón es un lugar especial. Situado a 600 metros bajo el nivel del mar, no está alimentado por ninguna corriente de agua. Podría considerarse un lago salado fruto de las aguas pluviales (de ahí su extensión variable según la estación) pero su situación en la falla y la cercanía de los volcanes lo convierten en algo más que salado: un lago cáustico con una increíble concentración de sales que lo hace casi incompatible con la vida animal. Unas microalgas adaptadas al medio extremo del lago son el alimento de grandes bandadas de flamencos que tiñen de rosa las orillas.

Por lo que habíamos leído, esperábamos encontrar un paisaje desolado, pero lo cierto es que la vegetación llega casi hasta las orillas del lago y el verde escala las laderas de los volcanes que se difuminan a los lejos en todos pastel a esa hora de la tarde. El lugar tiene una hermosa extrañeza digna de la mejor película de exploración espacial.

Enlodados y con Gizmo ojiplático, las cebras nos guían hacia las hierbas altas y desde allí al bosque, donde encontramos varias chozas y poblados. Algunos niños salen a nuestro encuentro y nos saludan. Unas cuantas galletas nos granjean muchas sonrisas.

Después de unas buenas tres horas, llegamos al alojamiento conscientes de haber visitado un tesoro, una fantástica aventura fuera de las rutas más transitadas.

Cuando planeamos el viaje, Tarangire y Natrón, para nosotros, eran aperitivos a Serengeti y Ngorongoro. Si los aperitivos habían resultado tan fabulosos, ¿cómo serían los platos fuertes?

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GIZMO TE CUENTA

Los papas estaban empeñados en hacérmelo pasar mal. Después del susto con los elefantes de Tarangire, nuestro próximo destino era una montaña de fuego que hacía chup-chup y un lago mortal que convertía en piedra a los que se acercaban a él. Para  convencerme de esto me enseñaron unas fotos escalofriantes que hicieron que ¡las orejitas se me pusieron de punta del susto!

Soy un Gizmo muy valiente, así que no dije nada y, como de lejos no parecía que la montaña fuese a explotar en breve, me apunté a la excursión por el lago. Sí, me quedé de piedra, pero no por culpa del lago sino porque allí había unos pollos rosas tan panchos… ¿No me habían dicho que te volvías de piedra?

Pedí explicaciones a nuestro guía masai, y resultó que en el lago, por culpa de las cenizas de la montaña chup-chup, sólo pueden sobrevivir un tipo de pez y unas algas de las que se alimentan los pollos rosas (a los que todos llamaban flamencos, aunque no se parecen a la señora del whatsapp).

El lago tampoco te convierte en piedra cuando te acercas, fue una broma de los papas. Se  van a enterar…

Me hicieron un montón de fotos chulas, y me quedé mucho más tranquilo… pero no  creáis que dormí de un tirón: toda la noche seguí pendiente de si la montaña hacía chup chup…

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