Buscando un destino que completara nuestro viaje a Shanghai, Suzhou y Hangzhou, llegamos a Nanjing (o Nankín), ciudad que fue capital de diferentes reinos, y también del país unificado. Nan-jing significa literalmente “Capital del Sur”.

Muchos han sido los importantes hechos históricos relacionados con la ciudad, pero para nuestra visita los más relevantes fueron los inicios de la dinastía Ming (final del s. XIV) y la época del Kuomintang (principio del s. XX).

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El primer día, dada la hora de la llegada, apenas tuvimos tiempo de llenar la barriguita protestona de Gizmo. Situado en la última planta de uno de los centros comerciales (DeJi) de la calle Zhongshan, el Dàpái Dang resultó ser una buena opción para entrar en contacto con las especialidades de la cocina local, por ejemplo, el pato frío.

El domingo nos dejamos llevar por la brillante idea de visitar el Parque del lago Xúanwu y las Murallas Ming. Construidas durante unos 30 años entre 1366 y 1393, con sus 35 km de trazado original, han sido las murallas urbanas más largas del mundo. Actualmente aún se conservan dos tercios, accesibles en diferentes puntos de la ciudad. La visita no sólo vale la pena por las murallas, con una altura media de 12 metros y un ancho en la zona superior de hasta 7 metros, sino también por las puertas y bastiones que siguen en pie a lo largo del recorrido.

Nada más salir de la estación de metro de Xuanwumen, nos dimos cuenta de que aquello no iba a ser una experiencia íntima. Miles de locales paseaban, pedaleaban o se sentaban a disfrutar de las islas interconectadas y del gran lago que es Xúanwu. Puede resultar un poco agobiante al principio pero la verdad es que en ningún otro país del mundo hemos visto parques con tanta vida como los de China.

Conseguimos escaparnos del gentío y llevar a Gizmo a ver los cerezos en flor y el jardín de los bonsáis para después dirigimos al templo budista de Jiming, pegado a la muralla, y cuyo origen se remonta al s. VI. Según la Lonely Planet, es uno de los más activos de la ciudad y, por la multitud que lo atestaba, damos fe de ello; sin embargo, eso de que hay unas vistas espectaculares desde la pagoda no pudimos comprobarlo porque en realidad no se puede subir.

Desde el templo se accede directamente a la muralla y se puede recorrer un buen trecho hasta el Parque Jiuhuashan. Si bien desde el parque las murallas ya son imponentes, recorrerlas por la parte superior te da la medida de su grandiosidad.

Un taxi, a pesar de ciertos problemas de comunicación, nos llevó al Museo de Nanjing. Tras una de las muchas comidas de señalar-y-a-ver-qué-traen del viaje visitamos las diferentes salas del museo. La colección es interesante pero no imprescindible; a favor está la gratuidad del lugar, pero recordad que es necesario llevar el pasaporte.

Desde el museo, y caminando, llegamos a las ruinas del palacio Ming situadas en el parque Wucháomen. No hay nada que ver más que un par de bases de columnas, algún gravado de dragón y los jubilados bailongos que encuentras en cualquier parque chino (¡son tan entrañables!). Lo mejor, los tres arcos de la puerta Meridional situada al final del parque, donde los jazzistas amateurs practican.

Nos dirigimos (20 minutos a pie) al Palacio Presidencial, donde en 1912 Sun Yat-sen fue declarado primer presidente provisional de la República de China. Se puede visitar la oficina de Sun Yat-sen y de su sucesor, Chiang Kai-shek. El recinto, con un jardín Ming adosado, no tiene demasiado interés, lo que sumado a los pocos carteles de la exposición  en inglés, hace que la visita sólo valga la pena si se tiene un gran interés en la historia “reciente” del país.

Gizmo llevaba tiempo sin hacerse fotos y empezó a protestar, así que la única solución posible fue visitar el Nanjing 1912, un par de calles justo al lado del Palacio Presidencial que conservan edificios de principios del s. XX ahora reconvertidos en bares y restaurantes. No fue la primera vez que veíamos que el único modo aparente de conservar el patrimonio histórico es transformándolo en un negocio de restauración o una tienda de recuerdos baratos. Café y un pedazo de pastel nos dieron las fuerzas para seguir caminando hasta el hotel.

La mañana del segundo día en Nanjing la dedicamos a la zona de mayor interés histórico (y turístico): Zijin Shan o la Montaña Púrpura. Tres son los lugares principales enclavados en esta montaña al este de la ciudad: la tumba de Ming Xiaoling, el mausoleo de Sun Yat-sen y el Templo Linggu. Un taxi fue la forma más rápida y fácil de llegar a nuestra primera parada, la tumba del Emperador Ming.

El complejo arqueológico de la tumba, construido entre 1381 y 1405, empieza con el “camino espiritual” partido en dos secciones, una flanqueada por dobles parejas de animales reales y mitológicos, y otra por estatuas de altos funcionarios y generales. Atravesando las murallas exteriores y la triple puerta interior vemos diferentes estructuras y estelas que conducen al gran patio pavimentado sobre el que se yergue la Torre del Alma, una gran construcción de piedra que custodia el túmulo inexcavado donde supuestamente descansa el primer emperador Ming, el único enterrado fuera de Beijing. Se puede subir a la torre, que contiene una interesante exposición sobre las diferentes tumbas imperiales y que ofrece unas magníficas vistas del conjunto. También es posible caminar sobre el túmulo.

El conjunto Ming está rodeado de jardines que vale la recorrer especialmente si los cerezos o los ciruelos están en flor, y si quieres disfrutar de las vistas de la ciudad.

Seguimos con nuestra visita por la Montaña Púrpura con una buena y una mala noticia. La buena es que moverse entre los diferentes puntos de interés es muy fácil gracias a unos pequeños trenes motorizados que los enlazan; la mala noticia es que los lunes el Mausoleo de Sun Yat-sen está cerrado, así que nos quedamos sin subir los 392 escalones hasta la cripta del que consideran el Padre de la Patria.

Moraleja: nunca os fiéis de las guías en cuestión de horarios e intentad siempre consultar la web oficial del lugar.

Para consolarnos de nuestra evidente frustración, un señor de Nanjing, un señor de Nanjing nos dijo, palabras textuales: “Venís de muy lejos para ver algo que solo le interesa a los chinos. La tumba del Emperador Ming es lo realmente importante aquí”.

El área del Templo Linggu comprende una serie de edificios y jardines donde los más destacados son el Wuliang Dian, una construcción del s. XIV de ladrillos y piedras en contraposición a las construcciones de madera habituales de la época, y la Pagoda Linggu, una estructura de 60 metros (a la que se puede subir) finalizada en 1933 como recuerdo a los fallecidos durante la revolución del Kuomintang.

A la salida del templo, regresamos en taxi al hotel para un almuerzo tardío.

La tarde empezó de manera irregular con un intento de buscar “Pingshi Jie”, que, según la web de turismo de la ciudad, es una ventana a la vida de Nanjing antes de la rápida transformación urbana. Llegamos tarde, y la transformación urbana, como en tantos lugares de China, ya había arrasado con el entramado urbano histórico. Está claro que todos queremos unas condiciones de vida mejores, pero nos preguntamos si la política de China con su patrimonio es la adecuada.

Seguimos el curso del río Qinhuai y al atardecer llegamos a la puerta del sur (Zhonghua Gate), un edificio inmenso sobre las murallas donde se puede apreciar la construcción militar en una serie de patios y escaleras. Esta parte de la muralla también puede caminarse, e incluso vimos coches eléctricos que te conducen de un punto al otro.

Desde la puerta hay un corto paseo hasta la zona del Templo de Confucio (Fuzi Miao), un área cerrado al tráfico y que parece ser uno de los puntos turísticos y de entretenimiento más populares de la ciudad. Los visitantes (nacionales) y los locales deambulan entre los edificios, más o menos originales, convertidos en tiendas o restaurantes, todo inundado por farolillos y bombillas. Esta parte de los canales se puede visitar en un  crucero de media hora. Un poco cartón-piedra pero las casas, los canales y los puentes tiene su atractivo con toda esa iluminación.

Durante nuestras visitas por Nanjing no vimos ningún occidental pero el punto culminante fue el recorrido en barco, cuando una docena de señoras chinas nos “acosaron” para hacerse fotos y grabar videos. ¿Seguirán hablando de nosotros en su pueblo?

La última cena en la ciudad fue cerca de la zona peatonal, a la orilla del río, en una zona de “tapas” abierta como un patio. Barato y bien rico.

Como ya comentamos en el post general del viaje, Nanjing es una parada interesante pero prescindible. Si tenemos que hacer una recomendación es esta: dedicadle un único e intenso día y visitad la Montaña Púrpura por la mañana, acercaos al Parque del lago Xúanwu y la muralla a primera hora de la tarde y terminad el día en la zona del Templo de Confucio con un crucero y la cena.

GIZMO TE CUENTA

Empezamos la visita de la ciudad en un parque con un montón de gente con flores en la cabeza, ¡el viaje prometía! Nos subimos a unas murallas enormes con catapultas y ballestas gigantes, así que me puse mi uniforme de Guardia de la Noche, y estaba a punto de lanzar una roca sobre todos aquellos Caminantes Blancos cuando los papas me volvieron a meter en la mochila. Son unos corta-rollos totales.

La mañana siguiente fue un poco decepcionante. Los papas me habían prometido que iríamos a ver la tumba del Emperador Ming, así que, vestido de Flash Gordon, salí para hacerme mis mejores fotos, cuando descubrí que no era ése el emperador del que hablaban. Menuda desilusión. Bueno, el sitio no estaba mal, rodeado de jardines y flores, y una torre atalaya bien alta.

Seguimos explorando la montaña pero no fue hasta la noche, después de volver a ver un buen tramo de muralla, que la excursión se puso interesante. Llegamos a una zona llena de bullicio iluminada por miles de bombillas, con canales, puentes, barquitos y un montón de bares y restaurantes. ¡No estuvo mal Nanjing!