Cuando imaginamos las maravillas del sudeste asiático, reconozcamos que Kuala Lumpur no es el primer lugar que viene a la mente. A una ciudad cuyo nombre significa “confluencia pantanosa” no se llega con las expectativas muy altas. Si, además, esta ciudad ha sufrido un proceso de desarrollo acelerado, temes encontrar un sitio desangelado e intercambiable con decenas de otros. Pero, pese a todo, Kuala Lumpur acaba resultando una agradable sorpresa y una parada obligada en todo viaje por Malasia.

Paradigma de mega-urbe asiática, donde templos históricos y arquitectura colonial luchan por sobrevivir entre la proliferación de rascacielos, y una sucesión infinita de centros comerciales futuristas convive con mercados al aire libre y puestos de comida callejera, aunque no puede competir con Singapur o Bankgok, más vibrantes, la impronta dejada a lo largo de su historia por malayos, chinos, indios y británicos ha dotado a Kuala Lumpur de un encanto, quizás más discreto en apariencia, pero ciertamente seductor.

Tres días permiten visitar con comodidad los atractivos turísticos. Si sólo se dispone de dos, proponemos sacrificar el plan para el primero:

DÍA MAÑANA TARDE
1 Jardines del Lago y Aviario Museo de Arte Islámico, Mezquita Nacional y alrededores, Brickfields
2 Chinatown Barrio colonial y plaza de la Merdeka, Bukit Nanas y Torre Menara
3 Cuevas de Batu Torres Petronas

 DÍA 1

Tanto si se llega la noche anterior como, en nuestro caso, la misma mañana, creemos que el primer día es mejor tomárselo con calma; por eso, nos dirigimos a los Jardines del Lago, ubicados en el corazón de la ciudad y uno de sus pulmones verdes. De las numerosas atracciones que contiene, escogimos el Aviario y el Museo de Arte Islámico.

Desde la estación de “Kuala Lumpur” iniciamos el ascenso hacia el Aviario, situado en uno de los extremos del parque; tal vez esta ubicación fue la causa por la que el camino nos resultase demasiado “urbano” y nada parecido a la montaña frondosa que esperábamos.

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Vista de la red que cubre el Aviario, la mezquita Nacional y la administración de la estación

Este Aviario es el más grande del mundo. Hay que calcular un par de horas para la visita, más si se asiste a alguno de los shows. Existe una ruta que te lleva por todo el parque y coincidir con alguno de los momentos de alimentación y, por ejemplo, poder ver a las águilas atrapar su comida al vuelo, también vale la pena.

Los más de 3.000 pájaros de 200 especies diferentes se agrupan en cuatro zonas, tres de las cuales son zonas de vuelo libre que simulan sus hábitats naturales. Estando en un jardín tan extenso es fácil olvidar que todo el recinto está cubierto por una gigantesca red. Aunque preferimos ver a los animales en libertad, este entorno, no obstante, ha facilitado la reproducción natural de especies amenazadas como el emú, la cigüeña de pico amarillo, la cotorra solar, el pavo real de la India, el gallo bankiva o el bulbul cabeciamarillo, así que aplaudimos estas iniciativas cuando no sólo tienen una vertiente lúdica.

Después de comer, nuestra siguiente parada fue el Museo de Arte Islámico, considerado uno de los mejores de Malasia, y que merece otro par de horas de visita.

Las galerías se organizan por tipo de objeto (porcelana, tejidos, armas…), si bien las tres comunidades predominantes en Malasia disponen de sección propia. El museo alberga más de 9.000 piezas, desde aguamaniles indios, porcelanas chinas o fusiles malayos hasta coronas con incrustaciones de piedras preciosas de Marruecos, banderas ceremoniales otomanas y armaduras de Mindanao. Os podéis imaginar que todo lo que brillaba era contemplado con embeleso por los Gizmos.

Nuestra sección favorita fue la de arquitectura, que exhibe modelos a escala de algunas de las más espléndidas mezquitas y mausoleos. Tenemos la suerte de haber visitado algunas de ellas (Andalucía, India, Irán, Turquía), a otras sabemos que iremos más pronto que tarde (Uzbequistán), pero las hay que no veremos nunca (Mezquita de La Meca) y demasiadas quedan pendientes en espera que la situación en los países en que se hallan mejore (Egipto, Siria, Djnenné).

Con ganas de exprimir al máximo nuestro primer día, a pesar de que el cansancio  empezaba a hacer mella, nos acercamos a la enorme mezquita Nacional; no coincidimos con los horarios de apertura al público y tuvimos que conformarnos con apreciar desde fuera su techo en hormigón con forma de estrella de dieciséis puntas y el minarete de 73 metros de altura, además de las piscinas y fuentes que rodean el edificio.

Justo al lado de la mezquita, la estación de tren histórica, de principios de siglo XX en estilo neomogol, es uno de los edificios más hermosos de Kuala Lumpur, con sus elegantes pabellones elevados rematados con cúpulas. Enfrente de ésta, otra pequeña maravilla de inspiración mogola: la sede de la administración.

Desde la estación de tren, un feo recorrido de diez minutos por arcén de carretera y bajo puentes nos llevó a Brickfields, un barrio predominantemente indio, sin un patrimonio espectacular pero que permite un agradable paseo por templos hindúes, shophouses que todavía no han sucumbido a los mega edificios que las acechan y puestos de flores, hasta una plaza central muy ornamentada.

Si el cansancio y los horarios de visita no lo impiden, creemos que desde Brickfields vale la pena acercarse al templo Thean Hou.

Después de una cena temprana, pusimos punto y final a nuestro primer día dándonos un chapuzón y disfrutando de las magníficas vistas de la piscina del hotel.

 

 DÍA 2

El segundo día, más descansados, lo dedicamos al centro histórico de la ciudad. Recorrimos Chinatown, el barrio colonial, la plaza Merdeka y Bukit Nanas, siempre a pie.

Una advertencia: los templos y edificios de Kuala Lumpur son muy interesantes y se puede disfrutar de ellos enormemente, pero si alguien espera encontrar algo comparable a las centenarias construcciones de otros países de Asia, ya puede quitárselo de la cabeza. Se trata de una ciudad fundada hace apenas 150 años, por lo que algunos de sus lugares emblemáticos tienen la misma antigüedad que el Eixample de Barcelona, por ejemplo.

Chinatown fue el núcleo comercial original de la ciudad y sigue siendo una de sus mayores atracciones gracias a los templos, mercados y tiendas tradicionales.

Justo al lado de la parada de monorraíl de “Maharajalela”, se encuentran el colorido templo Kuan Yin, subido a una pequeña loma y dedicado a la diosa de la compasión, y el templo del Clan Chan See Shue Yuen, del que, por estar en obras, sólo pudimos disfrutar de su precioso y elaborado exterior, con el techo de madera tallada, y frontones y frisos de terracota con escenas mitológicas y de la historia china.

El templo supuso, además, la primera toma de contacto con los “clanes”, asociaciones de personas que comparten el apellido y que ayudan a los inmigrantes recién llegados a encontrar trabajo, y cuya importancia se hizo tan evidente en Georgetown y Melaka. Los británicos, durante la ocupación, les dieron el nombre de “sociedades secretas” ya que parte de su actividad asociativa y comercial podía ser cuanto menos turbia.

Después de haber presentado respetos a la diosa de la compasión, nos tocó hacer lo propio con el dios de la guerra, a quien se dedica el tempo Kuan Ti. En su interior, a través de espirales de incienso flotando en el aire, se descubren los coloridos dragones enrollados  en los pilares principales, mientras que la estatua de Kuan Ti ocupa el altar.

En la misma calle, en pleno Chinatown, encontramos el templo hindú Sri Mahamariamman. Construido por una familia de inmigrantes tamiles, en 1972 se añadió la impresionante torre de 23 metros de alto adornada con más de doscientos ídolos hindúes. Todos los templos hindúes del país cuentan con estas torres llamadas gopuram: algunas son una preciosa conjunción de representaciones y otras lo más parecido a una falla kitsch.

Al salir del templo, se puede atravesar el mercado de abastos cubierto, y echar una ojeada a las entrañas de pescado y trozos de carne en unas condiciones higiénicas dudosas, hasta desembocar en Jalan Petaling, eje vertebrador del barrio y sede de uno de esos mercadillos nocturnos que tanto gustan a los redactores de la Lonely Planet.

Caminamos cinco minutos entre bonitas shophouses hasta Central Market, un edificio art-deco que marca la frontera entre Chinatown y el barrio colonial. El que fue sede del principal mercado de la ciudad ha sido restaurado y reconvertido en un centro de tiendas de souvenirs y artesanía. Parece un buen lugar para hacer  compras, aunque descubrimos que la mayoría de antigüedades y artesanías provienen de Indonesia, así que dejamos las máscaras, los tocados y las marionetas para cuando visitemos Bali.

La plaza del mercado viejo está formada por hileras de bonitas shophouses y edificios art-deco que rodean la torre del reloj de 1937. Cerca de allí, en el lugar de fundación de la capital, la confluencia pantanosa de los ríos Klang y Gombak, se levanta la mezquita del Viernes. Fue la primera en ladrillo en Kuala Lumpur y su autor, A.B Hubback, es el mismo de la estación de tren. Por desgracia, estaba en obras, pero desde fuera pudimos contemplar una maravilla de pabellones, cúpulas y palmeras.

En la plaza Merdeka, en 1957 se declaró la independencia de Malasia. Aquí se aúnan el interés artístico-arquitectónico y el histórico. En el centro hay una inmensa extensión de césped, usada por los británicos como ¡sí, campo de críquet! presidida por una gigantesca bandera. En el perímetro se suceden los edificios históricos, que hacen de esta plaza la más majestuosa de Kuala Lumpur, a pesar de que el acceso no resultó fácil (la fama de ciudad antipática de recorrer a pie se hizo aquí más patente que nunca). Dominando la plaza, el edificio Sultan Abdul Samad, que fue el símbolo más conocido de Malasia antes de las Petronas. Diseñado en estilo neomogol, cuenta con cúpulas de cobre y una torre de reloj de 40 metros, y hoy pertenece a un ministerio.

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Animados por las buenas sensaciones que nos habían dejado Chinatown y el barrio colonial, y como todavía no habíamos sucumbido a la humedad asfixiante, seguimos caminando hasta la Torre Menara.

Con los 421 metros de altura que alcanza su antena, es una de las torres de telecomunicaciones más altas del mundo, y su observatorio al aire libre brinda las vistas más espectaculares de Kuala Lumpur en 360 grados; eso sí, los casi 25 euros que cobran por persona nos pareció un pelín demasiado.

Levantada en lo alto de una pequeña colina, a sus pies se extiende Bukit Nanas (KL Forest Eco Park), la reserva forestal más antigua del país, que se puede explorar gratis y que incluye con un divertido circuito de canopy. ¡Es una sensación curiosa la de cruzar una avenida con ocho carriles de circulación y un monorraíl elevado para, al otro lado, adentrarte en un vestigio de selva!

Acabamos el día en Jalan Alor, la calle gastronómica característica de la ciudad. Accesible desde dos estaciones del ferrocarril (Bukit Bintang e Imbi), consiste en una sucesión ininterrumpida de restaurantes con terraza y puestos callejeros abarrotados tanto por locales como turistas. Optamos por sentarnos en una de las terrazas con más clientela. Hay que decir que la comida no estuvo mal pero que el precio es un poco excesivo comparado con otros lugares de la ciudad y que la cerveza es exageradamente cara.

 DÍA 3

El tercer y último día fue para dos de los tops indiscutibles de Malasia: las cuevas de Batu y las Torres Petronas.

Las cuevas están bien comunicadas con el tren KTM Komuter desde KL Sentral en un trayecto de poco menos de 30 minutos, por lo que creemos que no hace falta gastarse el dinero en un tour.

Esta impresionante formación de piedra caliza está formada por un conjunto de cuevas. Nosotros nos centramos en las dos principales: Temple Cave y Dark Cave.

Temple Cave se convirtió en un santuario hinduista en 1891, por el mismo fundador del templo Sri Mahamariamman del día anterior. Ambos lugares están conectados por una procesión durante la fiesta del Thaipusam. A la caverna se accede por una empinada escalera en la colina de 272 peldaños invadidos por los típicos monos acosadores. Si los sorteamos y no nos deshidratamos en la ascensión, llegamos a la impresionante cueva abovedada que sirve como templo dedicado al dios Muragan, el de la colosal estatua dorada que hace guardia al pie de la escalera. Dentro existen sencillos santuarios donde dejar ofrendas y rezar en un entorno único gracias a la iluminación natural de las aberturas.

A medio camino del tramo de escaleras aparece el desvío a Dark Cave. Un lugar totalmente diferente a Temple Cave, en el que prevalece la vertiente científica y divulgativa; de ahí que sólo una parte se abra al público y de que las visitas sean guiadas. El Tour Educativo dura una hora y nos permitió descubrir magníficas formaciones rocosas pobladas por colonias de murciélagos y diferentes insectos, algunos endémicos y verdaderos fósiles vivientes. Además, la guía, una malasia cachonda, aderezó sus explicaciones con anécdotas divertidas, lo que siempre se agradece (no sabemos si los padres del niño pequeño al que le soltó que se lo iban a comer los murciélagos pensarán lo mismo).

De vuelta en el centro, dedicamos nuestra última tarde al símbolo indiscutible de la ciudad: las Torres Petronas. Siguiendo el consejo generalizado, habíamos comprado las entradas previamente por internet, así que solo tuvimos que presentarnos a la hora y prepararnos para subir.

Diseñadas por el argentino César Pelli y hechas de hormigón, acero y vidrio, con una altura de 452 metros, las Petronas fueron, en su momento, el edificio más alto del mundo, y aún hoy siguen siendo las estructuras gemelas más altas. Más allá de competiciones, el carisma de las Petronas radica en la belleza de su arquitectura. Un par de cohetes de película espacial a punto de despegar. Un prodigio de la arquitectura y la ingeniería, símbolo de modernidad y poderío de Malasia en el momento de su construcción.

En la visita hay dos paradas: en el emblemático puente de 58 metros de largo que une ambas torres entre las plantas 41 y 42, y en un observatorio en la planta 86 de una de las torres. Tanto recorrer el puente como ir asomándote a cada una de las ventanas del observatorio vale mucho la pena, y si coincide con el atardecer y la paulatina iluminación nocturna de la ciudad como nos sucedió a nosotros, mucho mejor.

Antes o después de la visita, hay que dedicar un tiempo al extenso KLCC Park, con excelentes vistas para hacerles fotos a los Gizmos.

Ilusionados como niños con las Petronas y con una buena cena de típica comida malaya, nos despedimos de una ciudad que nos acabó sorprendiendo.

 GIZMO TE CUENTA

¡Noticia bomba! Éste ha sido el primer viaje al que han ido ¡dos Gizmos! Los elegidos fuimos Gizmo Baahubali y Gizmo Pop, y os podéis imaginar que nos lo hemos pasado genial. Vamos a empezar una campaña para ser tres en el próximo viaje y ganar así todas las votaciones. Nuestro plan secreto seguro que no falla…

La primera parada fue Kuala Lumpur, y queremos aclarar algunos malentendidos. A ver, Leticia, Kuala Lumpur no es un insulto, ni tampoco donde viven los koalas, y de esto último damos fe porque pasamos mucho tiempo buscándolos hasta que los papas nos corrigieron. Superada la desilusión, en la ciudad se pueden visitar un montón de sitios.

En el Aviario pudimos perseguir pollos de colores pero como los papas son unos sosos y un poco miedicas no nos dejaron hacernos fotos cubiertos de loros.

No todo es aventura: en el Museo de Arte Islámico nos informamos de todas las mezquitas chulas donde nos falta hacernos fotos. ¡Queremos ir a todos lados! Ya tenemos viajes para los próximos veinte años (eso, en la vida de un Gizmo, no es mucho, pero los papas van a tener que ponerse manos a la obra sin falta).

Paseando por la ciudad vimos un montón de edificios pero los templos hindús llenos de colores y figuras y los dragones de los templos chinos son lo que más nos gustan. En Chinatown nos explicaron eso de los clanes chinos, cuyos miembros se ayudan unos a otros, aunque a veces se pasen de chanchulleros. Los papas nos preguntaban si nos sonaba de algo, pero como buenos miembros de la Gizmorra que somos, lo negamos rotundamente y pusimos nuestra carita más adorable e inocente. Si vuelven a preguntar, tendremos que dejarles una cabeza de caballo como advertencia…

Una pequeña desilusión fue un sitio llamado la Batu Cave. Nada de lo que nos esperábamo: ¡Batman no vive allí! Menos mal que nos pusieron un casquito y nos fuimos de aventura subterránea. Aprendimos un montón viendo murciélagos y arañas super raras, para algo tenemos visión nocturna.

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Hemos dejado lo mejor de la ciudad para el final: ¡las atalayas! Y es que nos encanta subirnos a sitios altos. Al llegar a la Torres Petronas comprendimos por qué éramos dos. ¡Atalayas gemela! Y, además, ¡las más altas del mundo! Pensábamos que nos subirían cada uno a una y podríamos encontrarnos en el puente que las une, pero la legendaria sosería de los papas hizo aparición. Ahora tenemos planes para construir 18 atalayas gemelas en casa y conectarlas con puentes porque, la verdad, empezamos a estar un poco amontonados.

¡En el próximo post nos adentramos en la selva!

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