Malaca (o Melaka) fue nuestra siguiente parada en la ruta por la costa malaya en dirección a Singapur. La ciudad, que fue la capital del sultanato que lleva su nombre y que también dio su nombre al estrecho que une el mar de Andamán con el mar de la China meridional, ha tenido una importancia vital en la región, y por ella pasaron, sucesivamente, portugueses, holandeses y británicos, dejando todos su huella.

La primera impresión no fue buena: encontramos el centro histórico abarrotado de gente y tráfico. Decidimos tomárnoslo con calma y sólo salimos por la tarde a dar una vuelta por el famoso mercado de Jonker St.. Ya hemos comentado que nos pareció una turistada cutre que desmerece el entorno en el que se encuentra.

Evitad la visita a la ciudad durante el fin de semana y podréis disfrutarla en mejores condiciones.

A primera hora del día siguiente, lunes, nos pusimos en marcha temprano. La ciudad estaba vacía y parecía otra, mucho más acogedora e interesante. Su compacto centro histórico es ideal para caminar sin cansarse demasiado.

Situadas de manera paralela y perpendiculares al río encontramos tres calles que actúan como ejes de esta zona de la ciudad. Las guías las nombran tanto por su nombre malayo actual como por el inglés.

Jalan Tun Tan Cheng Lock, o Heeren St., la calle de nuesto hotel, es, junto con la paralela, Jalan Hang Jebat, o Jonker St., el nucleo de la zona residencial y comercial a este lado del río. Fue construida por los holandeses para alojar a los oficiales del gobierno y a la clase alta, y su carácter residencial todavía se aprecia en las calles estrechas y la situación de las viviendas. Después de que los holandeses abandonaran el país, estas casas fueron ocupadas por los Peranakan, que les dieron su aspecto actual con fachadas altamente decoradas.

Jonker St. fue también habitada por los grupos de mayor poder adquisitivo de la sociedad y muchas shophouses se alinean a ambos lados de esta calle donde los fines de semana se organiza el concurrido mercado.

Al norte de Jonker St se encuentra Jalan Tokong, o Harmony St, con lugares de culto para múltiples religiones. Otro de esos lugares que dan cuenta de la diversidad cultural tan impresionante en el país.

Desde el extremo noroeste de Jonker St, tomamos Harmony St en dirección al río para encontramos con el templo chino de Cheng Hoon Teng que, construido en 1673, es el más antiguo del país. Dedicado a la diosa de la Misericordia, acoge a budistas, taoístas y  confucionistas, con el culto a los antepasados como elemento vertebrador. Su elaborada decoración es deudora de la arquitectura del sudeste chino, evidente en el uso del color, el simbolismo y la finura de los detalles y materiales, así como en las escenas recreadas en los muros exteriores.

Podemos acostumbrarnos a la preciosista y colorida decoración pero a primera hora de la mañana, con unos cuantos feligreses rezando y quemando incienso antes de empezar la jornada, el lugar siempre tendrá algo que nos emocionará. Justo en frente del templo se encuentra otra edificación en una gran explanada, parece ser un teatro de ópera china al aire libre.

Para tener vistas de los tejados del Cheng Hoon Teng y de la mezquita Kampung Kling, se puede subir al primer piso del convento de monjas budistas de la misma calle. Un edificio bastante feo pero que, por las vistas desde su terraza, vale la pena.

Un poco más adelante, señoreando una esquina, se halla la mezquita Kampung Kling. Lo primero que llamó la atención de los Gizmos fue el precioso minarete de estilo sumatrino con tejado superpuesto: evitar que se encaramasen fue todo reto. El resto del edificio destaca por su eclecticismo: uso de azulejos esmaltados portugueses, columnas corintias con arcos en la sala de oración, lámpara de araña de estilo victoriano o un púlpito de madera con tallas hindúes. En la misma calle, el templo hindú de Sri Poyatha Venayagar, al que no entramos, cierra la tríada religiosa de Harmony St.

Antes de llegar hasta el río vale la pena seguir en dirección norte hasta la mezquita Hulu Kampong: no sólo es la más antigua de Malaca sino también de Malasia. Construida en 1728 por encargo holandés, su diseño es un cruce de estilos chino, hindú y malayo, siendo su rasgo más característico el minarete, que recuerda a una pagoda. Esta arquitectura religiosa islámica fue todo un descubrimiento para nosotros.

Las dos orillas del río son transitables y están llenas de bares y restaurantes, lugares atractivos cuando anochece. Justo en la orilla este se levanta la iglesia neogótica de San Francisco Javier.

Pero, antes de explorar esta parte, vale la pena seguir por un momento en la orilla oeste y desviarnos hacia el Museo Cultural Zheng He situado en una casa Peranakan. Artísticamente no vale mucho la pena, pero la historia de este militar y sus viajes es fascinante. Sorprendentemente, los Gizmos conocían muchos detalles sobre Zheng He, pero siempre que les preguntábamos, cambiaban de tema… ¡son un poco misteriosos!

Si dejamos el museo y cruzamos el río, llegaremos a la “Town Sq” al pie de la colina de St. Paul. Esta zona ha sido la sede del poder desde el sultanato malayo y se acumulan los edificios y monumentos históricos.

El área de la plaza holandesa, por su ubicación estratégica entre la montaña y el río, ha sido el centro de la ciudad desde su fundación más antigua. Hoy en día es el principal punto turístico y donde se reúnen los trishaws más estrafalarios que os podáis imaginar, dedicados a Doraemon, Hello Kitty o los Minions.

La explosión kitsch corta bastante el rollo frente a la Iglesia de Cristo, construida en 1753 para celebrar el centenario de la ocupación holandesa de Malaca, y que reúne las características de la arquitectura holandesa de la época: planta rectangular, grandes muros, zócalos de granito rojo, tejas holandesas y una decoración interior inexistente. Para recordarnos que estamos en plena selva, cada una de las vigas de madera del techo fue cortada de un solo árbol.

Pero el edificio que domina la plaza es el imponente Stadthuys, del siglo XVII, que albergó el ayuntamiento y la residencia del gobernador holandés. Vale la pena visitarlo tanto para  conocer su arquitectura como por el museo que hay en su interior. A base de maniquís y dioramas nos podremos empapar de la historia y costumbres de la ciudad.

Es hora de escalar un poco y subir la colina que los portugueses llamaron ‘Oiteiro’. En la parte superior encontramos las ruinas de la Iglesia de San Pablo, fundada por los portugueses en 1521. Aquí se alojó San Francisco Javier en sus viajes a Malaca y aquí estuvo enterrado nueve meses antes de ser trasladado a Goa. Con la construcción de la Iglesia de Cristo, la de San Pablo cayó en desuso y hoy poco podemos visitar. Un poco más abajo no hay que perderse la Porta de Santiago, los únicos restos de la fortaleza portuguesa.

Al otro lado de la colina, el Palacio del Sultanato de Malaca es en realidad una réplica del que debió existir antes de la llegada de los portugueses en el 1511. En la actualidad destinado a museo de historia, su diseño se basó en los anales del sultán Mansur y da una idea de la prosperidad alcanzada por el reino malayo. A los Gizmos les sirvió para ver un montón de disfraces y tomar buena nota.

A veinte minutos del centro histórico, Bukit China es el mayor cementerio chino fuera de la China continental. Algunas tumbas se remontan a finales de la dinastía Ming (mediados del siglo XVII) aunque por desgracia muchas fueron exhumadas. El sitio se amplió durante la ocupación holandesa cuando el jefe de la comunidad china del momento compró la colina a los holandeses y la donó al templo Cheng Hoon Teng para su uso como cementerio. En la actualidad, contiene más de 12.500 tumbas y está casi lleno. Pasear por aquí por la tarde y cruzarse con los malasios de origen chino que utilizan el parque para hacer ejercicio es una experiencia que conecta el pasado con el presente.

Y así, paseando por el parque en el que despuntaban las tumbas de aquellos chinos que siglos atrás habían dejado su tierra natal y empezado una nueva vida en otro país, al que habían transformado y enriquecido con su cultura y sus tradiciones, de la misma manera que habían hecho las otras comunidades que habían pasado o se habían instalado allí, nos despedimos de Malaca.

GIZMO TE CUENTA

¡Pobrecitos papas! A veces se creen que nos llevan a sitios super desconocidos y no tienen ni idea que nosotros ya hemos estado allí. Por ejemplo, Malaca, a donde nos dio una gran alegría volver.

La primera vez que explorábamos la zona fuimos testigos de cómo un cervatillo herido le daba una patada al perro que quería cazarlo (¡bien por Bambi!). El dueño del perro, que resultó ser el sultán Iskandar, que había sido expulsado de Singapur, interpretó el hecho como un buen augurio y fundó en ese lugar un nuevo reino. Como nos encanta la novedad y organizar un estado siempre se nos ha dado bastante bien, nos quedamos una temporada por allí.

Después de un tiempo, y buscando nuevas aventuras, llegamos a Nankín (otro de esos lugares al que los papas se creen que nos han llevado por primera vez). El emperador Yongle quería aumentar el comercio marítimo y reforzar lazos diplomáticos, y como sabía que a nosotros se nos da genial el trapicheo y todo el mundo nos encuentra adorables, envió una expedición de más de trescientos barcos al frente de la cual estaba Zheng He… y también los Gizmos.

Con la flota del Tesoro de Zheng He hicimos siete viajes, y en muchos de ellos recalamos en Malaca, que se había convertido en un gran puerto internacional. Fuimos atacados por los piratas del Estrecho, nos enfrentamos a tifones en el mar de China y llegamos a Arabia y África. Comprenderéis que después de estas aventuras, cuando los papas presumen de aventureros porque en sus viajes a veces van de un sitio a otro en autocares locales nocturnos o porque se comen un pinchito de insectos fritos,  nos los  miremos con una mezcla de ternura y compasión.

Cuando los viajes de Zheng He se suspendieron nos quedamos en la India, dejando que nos adorasen. Allí nos enteramos que un tal misionero Francisco Javier estaba preparando un viaje a China y nos sumamos a la comitiva porque hacia mucho tiempo que no comíamos pato laqueado.

Francisco Javier llegó a Malaca, que había pasado a ser un enclave portugués. Los portugueses la habían transformado en una fortaleza inexpugnable, aunque no pudieron evitar que, con el tiempo, se la arrebataran los holandeses y, a estos, los británicos. ¡Así aprendieron que inexpugnable solo es nuestra Atalaya!

A nosotros no nos gustan los asedios, preferimos el comercio y los intercambios, por eso la siguiente vez que volvimos a Malaca fue con la Compañía de las Indias Orientales. Nos instalamos un tiempo en una casa en Hereen Street. La decoración nos parecía muy sosa así que empezamos con unos cuantos cambios de nada: fachada de colores, escaleras de madera dorada, altares adornados con dragones, muebles con incrustaciones de madreperla, pinturas de seda bordada….

El caso es que nuestra decoración arrasó y todas las casas del barrio copiaron el estilo, y empezaron a llamarlo Peranakan, que significa “decoración-super-molona-de-los-Gizmos” en malayo.

Seguimos nuestras aventuras y así hemos regresado esta vez a Malaca. Nos ha gustado mucho comprobar que siguen conservando un estilo tan gízmico. A ver si los papas se enteran de una vez y nos dejan poner en práctica nuestras ideas de interiorismo en casa…