Hangzhou fue una de las siete antiguas capitales chinas. Primero, del reino Wuyue (907-978 dC), durante el cual se desarrolló el transporte marítimo y se establecieron relaciones diplomáticas con Japón, Corea y la India.

Más tarde, con la dinastía Song del Sur (1127-1279), volvió a ser capital, y vivió entonces su momento más glorioso. En apenas cien años, la población llegó a 1,2 millones, prosperó la industria, especialmente la porcelana y los textiles, y la ciudad se convirtió en uno de los bastiones culturales del sur de China.

La dinastía Yuan, a finales del siglo XIII, desplazó el centro de poder al norte; aun así, Hangzhou continuó siendo un puerto importante y el lugar escogido por diversos emperadores para su retiro. La razón: el Lago del Oeste, símbolo de los ideales estéticos del paisaje chino.

Desde el siglo IX, este lago ha servido de inspiración para poetas y artistas. En él se han construido templos, pagodas y pabellones, y se han creado jardines, islas y calzadas, siguiendo una tradición cultural que busca embellecer el paisaje natural con el fin de reflejar una fusión ideal entre el hombre y la naturaleza.

Llegamos a Hangzhou a mediodía, procedentes de Suzhou, y decidimos dejar la visita del lago para el día siguiente. Esa tarde, con un buen constipado y el tiempo nublado y frío, uno de nosotros se quedó en el hotel, mientras que el otro, con Gizmo en la mochila, salió a explorar los alrededores.

Desde el hotel en la zona de Hefang St. hasta la orilla oriental del lago había un corto paseo. Me encaminé hacia allí, no para visitar el lago sino para subir la colina Nanping, donde, había leído, se contemplaban unas vistas sensacionales.

Bajando por la orilla del lago, giré en Nanshan Road y caminé unos buenos veinte minutos, pasando por delante de la pagoda Leifang y el templo Jingci, hasta llegar al parque Taiziwian (o parque Prince Bay). El parque es un oasis entre el tráfico de Nanshan Road y, al parecer, uno de los escenarios favoritos para las fotos de bodas, además de albergar la exposición anual del tulipán, pero mi interés, y con todo el respeto para las bodas chinas y los tulipanes, era la colina.

Había recorrido casi toda Nanshan Road sin encontrar ningún camino que permitiera la subida (gracias a un mapa que conseguí al día siguiente, descubrí que también sale uno desde detrás el templo Jingci), y empezaba a desanimarme.

Finalmente, dentro del parque, di con unas escaleras que subían por la colina boscosa. En un momento dado aparecieron mapas con los diversos senderos, y seguí el que llevaba al pico más alto, un claro con un merendero abandonado que daba un poco de yuyu pero que tenía una terraza con unas vistas increíbles del lago, y también del otro lado de la colina, con la ciudad y el río Qiantang al fondo. Fue un gustazo disfrutar de ese momento y presenciar cómo la ciudad se iluminaba poco a poco.

De vuelta en Nanshan Road (estaba oscureciendo, así que bajé echando leches), por fortuna apareció un taxi, que, además, tuvo la deferencia de parar y, lo que ya me resultó conmovedor (tratándose de un taxista chino), después de enseñarle la tarjeta del hotel, ¡aceptó llevarme! ¡Confucio lo tenga en su gloria!

A la mañana siguiente, más o menos recuperados, estábamos listos para dedicar el día al Lago del Oeste, el alma de Hangzhou y, por su belleza y su larga historia, considerado la manifestación exterior del mundo espiritual de la élite cutural china; celebrado por pintores, calígrafos, músicos, poetas, filósofos, estudiosos, funcionarios, y destino vacacional de emperadores, que, con el fin de hacerlo más bello, “mejoraron” sus islas, calzadas y las laderas de sus colinas con numerosos templos, pagodas, pabellones, puentes, jardines y árboles ornamentales, y cuyas vistas bien definidas fueron imitadas en toda China, notablemente en el Palacio de Verano de Beijing, y en Japón.

Una aclaración para que planifiquéis vuestra visita: el perímetro total del lago es de unos 15 kilómetros y no todas las orillas tienen el mismo interés. Durante el camino vimos pasar unos trenecitos, pero no los utilizamos. También vimos gente en bicicleta, pero no nos pareció una buena idea porque no te permite entrar en algunos lugares y algunos de los paseos están muy llenos de gente.

Realizamos nuestro recorrido en la dirección de las agujas del reloj empezando en la mitad sur de la orilla oriental. La primera gran atracción que encontramos fue la Pagoda Leifeng. La original, del año 977, se derrumbó hace un siglo y la que ahora puede visitarse es una reconstrucción del 2002, en la que incluso se han instalado escaleras mecánicas y un ascensor en su interior. Para los que no quieran o no puedan alejarse de la orilla, desde lo alto de la pagoda se disfrutan buenas panorámicas del lago y la ciudad…. ¡A Gizmo le encantó subirse de buena mañana a una atalaya!

En su lado oeste el lago está dividido por un dique artificial que se extiende de norte a sur, llamado Su Causeway. De casi tres kilometros de largo, es un bulevar milenario con varios puentes arqueados, que vale mucho la pena recorrer, y desde donde se accede a dos bonitos jardines.

El primero, el parque Huagang, se construyó como jardín privado de un eunuco de palacio de la dinastía Song del Sur. Alberga dos estanques de peces. El pequeño es el histórico y el sitio original de una de las diez mejores vistas clásicas del lago. El grande es conocido como el estanque de las carpas rojas, pues alberga unos cuantos miles de ejemplares. Por un puente zigzag y un puente de arco se alcanza una isla en medio del estanque.

El segundo es el jardín Quyuan, considerado el lugar ideal para disfrutar de las flores de loto, de las que hay más de 200 especies en cinco estanques conectados por pequeños puentes, en lo que constituye otra de las diez vistas clásicas. La brisa en este jardín se hizo famosa durante la dinastía Song del Sur, cuando la orilla del lago se cubrió con abudante flor de loto. En aquellos tiempos, en el jardín había un lagar y se cuenta que el aroma de las flores mezclado con el del vino y el de la fresca brisa del lago tenían un efecto embriagador…

Alcanzada la orilla norte del norte, y después de una rápida comida, cruzamos a la isla Gushan, la más grande del lago, y en donde queríamos visitar la sede del Club de Grabadores de Sellos, una tradición de la ciudad reconocida por la UNESCO, pero la encontramos cerrada. Desde la isla, accedimos al otro gran dique artificial, la encantadora Bai Causeway, flanqueada por sauces y melocotoneros, y que nos permitió llegar a la esquina noreste del lago.

Aquí nos separamos. Carlos intentó regresar al hotel en taxi, y como no lo consiguió acabó arrastrando su constipado por toda la orilla. Yo me propuse llegar al embarcadero de donde creía que zarpaban los cruceros por el Gran Canal. La guía con la que viajábamos no incluía ninguna información del Gran Canal a su paso por Hangzhou (ya les vales a los de la Lonely…), y todo lo que tenía era un mapa en chino que habíamos conseguido en el hotel y en el que, con la ayuda de internet, había intentado localizar cómo llegar al Gran Canal.

Se dice que hay dos maravillas en China, una es la Gran Muralla y la otra el Gran Canal. Este último es el más antiguo y largo del mundo, un vasto sistema de vías fluviales en las llanuras orientales de China, que se extiende desde Beijing, en el norte, hasta Hangzhou, en el sur, donde termina.

Construido a partir del siglo V, en el siglo XIII constaba de más de 2.000 kilómetros de vías navegables artificiales, y enlazaba los dos ríos más largos de China, el Amarillo y el Yangtze, siendo el proyecto de ingeniería civil más importante del mundo anterior a la Revolución Industrial.

Utilizado primero para transportar grano y productos de lujo a la capital, más tarde los comerciantes lo usaron para el transporte de cereales y materias primas, y para el suministro de arroz, y de esta manera se acabó convirtiendo en el elemento vertebrador del sistema de comunicación del Imperio y en una poderosa fuerza para unificar la cultura e integrar la política y la administración, y, con ello, garantizar la prosperidad y la estabilidad.

El Lago del Oeste y el Gran Canal son, en mi opinión, las dos visitas imprescindibles en Hangzhou, y son además complementarios. Mientras que el Lago del Oeste es la obra de la élite china, que vivía a orillas del lago, lo navegaba, escribía acerca de él y lo pintó; el Gran Canal cuenta cómo vivían y trabajaban las clases populares y los comerciantes.

Desde el Lago del Oeste, y ante la imposibilidad surrealista de encontrar un taxi, me las apañé para llegar a pie al embarcadero Wulinmen y encontrar el muelle del que zarpaban los barcos que recorren el Gran Canal. No había ningún turista occidental, pero sí turistas chinos. El barco remonta el canal unos ocho kilómetros hasta el magnífico Puente Gongchen. Es el más alto (16 metros) y el más largo (92 metros) entre los antiguos puentes de arco de piedra de Hangzhou, y el mayor hito en la sección sur del canal.

La orilla del canal se ha transformado en un paseo a lo largo de cuyo recorrido se puede disfrutar del paisaje, y de calles y distritos históricos restaurados, como Qiaoxi, que alberga talleres, almacenes y muelles, o Dadau, en el sitio en el que acostumbraba a instalarse el mercado de pescado y arroz, además de parques, museos, templos y otras reliquias culturales como el granero Fuyi. Llegué caminando hasta la calle Shengli, abarrotada de apetitosos puestos de comida, desde donde tomé un taxi (esta vez sin problemas) de vuelta al hotel.

Hangzhou es una ciudad con bastante más encanto que la típica ciudad china que ha sucumbido a los estragos del “progreso” descontrolado. De haber dispuesto de más tiempo, sin duda habríamos completado el paseo del Gran Canal, y también habríamos dedicado medio día o un día entero a disfrutar del entorno natural de las colinas que rodean el Lago del Oeste, salpicadas de pagodas, templos y terrazas.

Nuestro hotel se encontraba en la zona de Hefang Street, la calle histórica más célebre de Hangzhou, y que bien merece una visita, repleta de comercios tradicionales, y en cuyos alrededores se encuentran algunas interesantes atracciones como la Torre del Tambor, la colina Wushan o el Templo del Dios de la Ciudad.

GIZMO TE CUENTA: LEYENDA DEL LAGO DEL OESTE

El Lago del Oeste de Hangzhou es escenario de muchas leyendas y esconde muchos secretos. Una de nuestras leyendas favoritas dice así:

“Érase una vez un dragón y un ave fénix que vivían junto a un río en el cielo. Hicieron todo lo posible para pulir una roca y al final consiguieron transformarla en una perla reluciente.

La diosa Wangmu, sabedora de la existencia de tan hermosa perla, envió a Kung-fu Gizmo a hacerse con ella.

Al darse cuenta de que la perla había desaparecido, el dragón y el fénix partieron en su búsqueda. Alcanzaron a Kung-fu Gizmo y le exigireron que les devolviera la perla, pero él se negó (la diosa Wangmu le había ofrecido como recompensa chocolate de por vida), y una pelea estalló en el cielo.

En el fragor de la lucha, la perla cayó a la tierra y se transformó en el hermoso Lago del Oeste de Hangzhou. El dragón y el fénix se convirtieron en las montañas que aún hoy protegen el lago.

Cuando vio la que se había liado, Kung-fu Gizmo, disimuladamente, hizo mutis por el foro.”