Llegamos a Trujillo antes de que amaneciera. El trayecto nocturno en bus desde Cajamarca dura menos de seis horas, así que para convencer a la recepcionista del hotel de que nos dejase acceder a la habitación tuvimos que hacer uso de nuestro recurso infalible, que consiste en sacar a Gizmo dormidito de su bolsa y decirle a la señora: “Mírelo, ¿va a ser capaz de dejar en la calle a esta adorable criatura?”. ¡Nos dio las llaves al momento!

Como somos (a veces en exceso) previsores ya habíamos contratado con Colonial Tours la excursión “Full day – completísimo”, y a las 9:30 salíamos del centro de la ciudad.

Nuestra primera parada: la Huaca del Dragón, o del Arco Iris, una gran pirámide chimú en adobe que se remonta al s. XII. Una muralla defensiva con restos de decoración y pintura protege el templo, cuyos muros están adornados con altorrelieves de figuras en forma de dragón y de estilizados arco iris. Si bien siguen el mismo modelo, cada representación es diferente, debido a la técnica de decoración con pasta y adobe.

Por medio de rampas se accede a los dos niveles, contando el segundo con catorce depósitos donde probablemente se almacenaban alimentos y ofrendas. Poco esperábamos de este lugar y encontramos un precioso monumento en buen estado de conservación.

La Huaca Esmeralda resultó ser más modesta pero igualmente interesante, una construcción piramidal en adobe, también perteneciente a los chimúes, y cuya arquitectura presenta tres terrazas adornadas con motivos zoomorfos y geométricos.

Con estos tremendos preámbulos nos dirigimos a una de las joyas de la corona de la arqueología del Perú: Chan Chan.

Ubicada en el antaño fértil valle del río Moche, fue la capital del reino chimú. La ciudad prosperó durante más de ocho siglos, pero fue abandonada después de sucumbir a los incas a finales del siglo XV.

Empezamos la visita por el Museo del sitio, que es bastante discreto, siendo diversas fotografías aéreas y maquetas del lugar lo más útil que encontramos. Los restos arqueológicos son lo que hay que ver allí.

La zona monumental es el centro de una ciudad de veinte kilómetros cuadrados (la construcción en adobe más grande de América) e incluye nueve grandes complejos (‘ciudadelas’ o ‘palacios’) delimitados por altos muros.

Claramente los chimúes no tenían problemas ni de espacio ni de mano de obra, así que cada gobernante construía su ciudadela al llegar al poder, y trasladaba allí la corte, quedando las anteriores semiabandonadas como tumba-palacio del anterior rey y su esposa principal.

Dentro de cada ciudadela hay templos, viviendas, almacenes y plazas, junto con depósitos y plataformas funerarias. Los muros de adobe están decorados con frisos con motivos abstractos, antropomórficos y zoomórficos.

Chan Chan se considera una obra maestra del diseño urbano: la estricta división en zonas, el uso diferenciado de los espacios públicos y privados y la construcción jerárquica ilustran un ideal político y social expresado con gran claridad, y ofrecen un testimonio único, y el más representativo, del desaparecido reino chimú.

Por ello fue designado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1986 y añadido ese mismo año a la lista del patrimonio en peligro. Su proximidad a una de las ciudades más pobladas del Perú, la invasión urbana y la agricultura ilegal, además de los estragos durante las lluvias de El Niño, han amenazado persistentemente las ruinas hasta  el punto que sólo una de las nueve ciudadelas originales presenta un estado de conservación aceptable y se puede visitar, el llamado Palacio Nik-An.

El resto de Chan Chan se distribuye como montañas artificiales en el paisaje desértico atravesado por la antigua carretera Pan-americana, en una lucha desesperada por la supervivencia.

Con el sabor agridulce por la magnificencia y previsible destrucción de Chan Chan nos dirigimos a la costa. Según la Lonely Planet, la localidad de Huanchaco es una opción de alojamiento si no quieres hacer base en Trujillo. No nos lo pareció para nada.

Se trata de un pueblo costero polvoriento con una fea playa desértica (por bien que parece un punto importante en el circuito surfero del país) y sólo dos alicientes. El primero, contemplar los “caballitos de totora”, embarcaciones de tradición milenaria que los pescadores de la zona siguen utilizando. El segundo, menos cultural y más mundano, comernos un ceviche buenísimo frente al océano.

Por la tarde, viajamos un poco más en el tiempo. Cruzamos al otro lado de Trujillo por la campiña del río Moche hasta llegar a las Huacas de la Luna y del Sol, los restos arqueológicos más importante de la cultura moche o mochica.

Los moche vivieron entre los siglos II a.C y IX d.C y son recordados por su impresionante dominio de la cerámica. Una piezas que reflejan todo aquello que los rodeaba, desde sus conceptos religiosos hasta las operaciones quirúrgicas que realizaban.

Las huacas, con forma de pirámide trunca y construidas completamente en adobe, fueron los centros político-religioso de la capital mochica.

Lo primero que se ve al llegar es la Huaca del Sol, una construcción enorme y semidestruida, rodeada y adosada a casas particulares (¡incluso a un restaurante!). Desde la furgoneta se podían apreciar los ladrillos cayendo al pie de la carretera…

Se cree que la Huaca del Sol cumplió un papel más administrativo que religioso. Siglos de saqueo la han reducido a un tercio de su estructura original, a pesar de lo cual sigue destacando por su monumentalidad. Apenas se ha investigado en ella, y no se puede visitar.

Aparcamos en un solitario estacionamiento (¿por qué tan pocos visitantes?) y empezamos la visita por el Museo del sitio. Inaugurado en 2010, su colección es interesantísima, destacando las cerámicas, de gran belleza, originalidad y simbología, como el Pato Guerrero (¡pieza favorita de Gizmo!), el Sacerdote Ciego (con los detalles de las escarificaciones rituales en el rostro) o el Manto Felino (pequeña prenda forrada en láminas de oro y decorada con plumas, utilizada en rituales).¡No hay que saltárselo!

Entusiasmados, nos dirigimos a la Huaca de la Luna. El edificio fue el producto de varias construcciones superpuestas a lo largo de seiscientos años. Para agradecer el fin de sequías e inundaciones, el viejo templo era cubierto con bloques de adobe y el nuevo se construía encima conformando una estructura escalonada. Hasta el momento se han identificado seis fases de construcción.

De lejos, no pasa de ser otra montaña de adobe que cuesta identificar como una construcción humana. Para nuestra sorpresa, entramos dentro de la pirámide. Aquí, el espacio se estructura en patios, plazas y recintos. En el patio ceremonial se realizaron los sacrificios humanos. Esta ceremonia empezaba con un combate entre guerreros, cuya intención no era matar al oponente sino despojarle de su casco. Los vencidos eran encerrados durante varias semanas, ingiriendo alucinógenos, hasta su sacrificio por degollamiento. Los muros que delimitan el patio presentan relieves policromados en cuyos campos romboidales aparece el rostro del dios de las Montañas, con  ojos exorbitados y  dientes felinos.

Dada la estructura del edificio, un corte transversal realizado por las excavaciones permite apreciar la decoración de los diferentes patios superpuestos, todos con el mismo motivo, pero realizados con siglos de diferencia.

Llegamos al nivel más alto y contemplamos a lo lejos la Huaca del Sol en toda su magnificencia. Entre las dos huacas se extiende una planicie que hasta hace no mucho servía de aparcamiento pero, tras hundirse un autobús, se hallaron los restos del núcleo urbano compuesto por avenidas, callejuelas, plazas y viviendas.

Si entrar dentro de la pirámide y visitar el patio ceremonial y ver los relieves policromados, o subir al nivel alto de la huaca, ya nos había parecido memorable, nada nos había preparado para la guinda. Cruzando la huaca y comprobando los estragos de las excavaciones ilegales, descendimos al nivel del suelo por la parte posterior y nos topamos con la impresionante fachada decorada con relieves policromados en la plaza de la entrada original. En sus 95 metros de base y 24 metros de altura, conserva  siete escalones pintados con vivos colores. En el primer escalón los artistas  representaron a guerreros portando sus armas y tirando mediante una soga de prisioneros desnudos. Los otros escalones muestran a danzarines tomados de la mano que visten túnicas rojas; arañas gigantes que portan el cuchillo ceremonial; guerreros con peces en las manos; felinos con cuerpo de reptil que llevan en las garras cabezas humanas, y, finalmente, una larga serpiente…

En un costado de la fachada, junto al desfile de guerreros vencedores y vencidos puede verse una enorme representación de la cosmovisión moche.

Después de la caída mochica, las huacas fueron ocupadas por asentamientos chimúes, hasta que en el siglo XV la región quedó bajo el control del Inca. Con la conquista española, el sitio fue abandonado y durante los siguientes cuatro siglos, expuesto a los elementos y el saqueo, lo que acabó deteriorando las estructuras de adobe e hizo que se perdieran las plataformas superiores y los elementos superficiales.

Hasta los años 90, este impresionante testimonio de la civilización no era más que una montaña de polvo y arena. A día de hoy son empresas y fundaciones privadas las que pagan  su conservación y su excavación. Esperamos que su importancia y su valor se conozcan y se protejan adecuadamente.

La Huaca de la Luna es espectacular, y una de las grandes sorpresas del viaje. Este sitio, cuyos murales, por ejemplo, son de una riqueza iconográfica y estética sin referentes por su diseño y complejidad, y que constituye un testimonio excepcional de la cultura moche, merecería ser Patrimonio de la Humanidad, y uno no sabe si es por desidia del Estado peruano o eurocentrismo de la UNESCO, pero clama al cielo que un país como el Perú cuente sólo con 12 sitios Patrimonio de la Humanidad, los mismos que países como Bélgica o Suiza. Sin ánimo de desmerecer a estos últimos, no es la misma liga…

GIZMO TE CUENTA

Después de tantos días descubriendo ciudades y templos perdidos, pirámides y ciudadelas, tanto en Chiclayo como en Chachapoyas, no pensaba quitarme mi sombrero de Gizmo-Jones (a pesar de que mi amigo Indi es el típico arqueólogo un pelín ladrón)… ¡y menos mal que no lo hice!

Cerca de Trujillo nos adentramos en un palacio increíble lleno de rincones y pasadizos, estancias y pozas… un lugar ideal para que un montón de Gizmos correteen mientras descubren misterios. Y encima con un nombre super divertido: Chan Chan.

Estaba a punto de llegar a la cámara del tesoro cuando los papas me dijeron que nos esperaban los caballitos de totora… Que no os engañen, ¡no es lo que su nombre indica! No es la mujer de Totoro subida a un caballo sino una barca de hierba. Sin comentarios…

Menos mal que una montaña de ceviche y un par de cuzqueñas bien fresquitas me ayudaron a sobrellevar el disgusto.

Para los Gizmos la siesta es sagrada, pero nos la podemos saltar si nos llevan a ver una colección de botijos mochicas super chulos. Intenté conseguir un préstamo para el Museo Gizmo, pero me dijeron que el Pato Guerrero no podía salir del país…

Pensaba que ya nos volvíamos al hotel, pero ¡me metieron en una pirámide! Sí, dentro, un lugar lleno de caras dentudas que sacaban la lengua. Me lo pasé bomba investigando el montón de niveles de la pirámide y examinando los dibujos de las paredes. ¡Seguro que en algún rincón hay las pinturas de los Gizmochicas!

La verdad es que el viaje estaba siendo muy divertido… además, por las noches, los papas me dejaban tomarme un pisco a sorbitos. ¿Qué más se puede pedir?