Como ya hemos explicado, llegamos a Trujillo en mitad de la noche pero conseguimos colarnos en el hotel y descansar un rato. Desde la ventana de la habitación, la vista de la Plaza de Armas y de la Catedral, anaranjadas por la luz de las farolas, ofrecía un recuerdo imborrable.

Pocas horas más tarde, la luz se colaba por las contraventanas. Al abrirlas, nos sentimos transportados al caribe colonial: un cielo luminoso y límpido cubría una amplia plaza enmarcada por casonas de colores con ventanas como enormes ojos de pestañas metálicas; en una esquina, la Catedral, bajita y ancha, pintada de ocre y amarillo, señoreaba la escena como matrona engalanada de domingo.

Gizmo, ojiplático, se debatía entre su pasión por hacerse fotos por doquier o llenar su barriguita. Jugos y sabrosos bocadillos de carne frente a la Iglesia de Santo Domingo nos prepararon para todo un día de aventura: las culturas mochica y chimú nos aguardaban.

De vuelta en Trujillo, tras una de las visitas más memorables que hemos realizado, redondeamos el día con una magnífica cena en El Celler de Cler.

El segundo día lo dedicamos a la ciudad. Somos madrugadores y recorrer el centro histórico nos llevó poco más de una mañana, en parte porque la mayoría de iglesias las encontramos cerradas.

El casco antiguo de Trujllo, aquel que corresponde a la ciudad española, queda delimitado por la avenida España, anillo vial de la ciudad que permite el tránsito de gran cantidad de vehículos y que sigue el trazado de la antigua muralla, tristemente derribada para facilitar la expansión de la ciudad. Saliendo a la avenida España por Jirón Independencia, aún pueden observarse restos de muralla, un intento de recuperación y ajardinamiento de un antiguo bastión que se ha quedado a medias.

La trama urbana inicial de la ciudad presenta una forma elíptica delimitada por la avenida España; intramuros las calles son amplias y rectilíneas, dispuestas en forma de damero centrado en la Plaza de Armas, lugar de fundación y corazón de la ciudad. Alrededor de la plaza se encuentran la Catedral, el Palacio de Gobierno, el arzobispado y bonitas casonas virreinales y republicanas que lucen los balcones y ventanales enrejados típicos de la arquitectura de Trujillo.

A Trujillo se la conoce como la “ciudad de la eterna primavera” por su clima benigno, y lo cierto es que la combinación de cielos soleados y despejados, y edificios tanto religiosos como civiles pintados de vivos colores hace que la ciudad irradie una luz especial y la dota de una calidez acogedora que en ningún otro sitio como en la hermosísima Plaza de Armas se hace tan patente.

En una esquina de la plaza, se encuentra la actual Catedral, construida de 1647 a 1666. Su estructura apaisada y maciza la adapta mejor a los terremotos que hicieron sucumbir a las anteriores catedrales levantadas en el mismo lugar. Su elegante fachada está pintada de un llamativo amarillo canario y cuenta con campanarios en domo. El interior es bastante sobrio y contiene pinturas de las escuelas cuzqueña y quiteña, y retablos barrocos.

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El otro edificio que visitamos en la plaza fue la Casa de Urquiaga, una bella mansión colonial, perfectamente conservada con su mobiliario de época. La vista es gratuita pero como pertenece al Banco Central de la Reserva del Perú (en activo en el edificio adosado) aseguraos de que lleváis una identificación.

Subiendo por la peatonal Jirón Francisco Pizarro, se llega a la Iglesia La Merced, con una mezcla de estilos arquitectónicos en su fachada, y de la que destaca su órgano rococó.

La Casa de la Emancipación es un santuario cívico de la ciudad, ya que aquí el Marqués de Torre Tagle proclamó la independencia del Perú en el año 1820 (Trujillo fue la primera ciudad peruana en hacerlo). El lugar sirvió como sede del primer congreso constituyente y casa de gobierno, y actualmente alberga actividades culturales. Se puede entrar y deambular por las salas sin problemas.

El Palacio Itúrregui, en la misma calle, está consideraDA una de las mansiones más lujosas de América Latina, y hoy en día es sede del Club Central, y también alberga un restaurante. No pudimos más que entrar al patio y ver los atrios gracias a los simpáticos agentes de la puerta.

A una cuadra, la iglesia del Carmen destaca por su armoniosa arquitectura, lo único que pudimos apreciar, pues se hallaba cerrada y enrejada. Según las guías, en su interior, además de diversos altares y el púlpito de madera, sobresalen las pinturas de la escuela quiteña y, especialmente, una “última cena” de Otto Van Veen, maestro de Rubens.

Con la iglesia de Santa Clara tuvimos la misma suerte, debiéndonos de conformar con disfrutar de su fachada de principios del siglo XIX, y quedando para otra ocasión los retablos, púlpitos y relieves policromados que la decoran.

Seguramente ninguna de estas iglesias alberga obras maestras o una decoración interior excepcional, y aunque la ciudad se disfruta igualmente, hubiéramos deseado tener más suerte. Pero es que ni en la oficina de turismo supieron aclararnos los horarios…

La iglesia San Francisco estaba abierta… ¡porque se celebraba una boda! Así que tuvimos que darnos por satisfechos con ver de lejos su altar mayor adornado con retablos.

La portada barroca coronada por un frontón de estilo rococó y dos leones hace de la Casa Ganoza Chopitea una de las más representativas de Trujillo. Funciona como restaurante y, de hecho, comimos en el patio, solos, disfrutando del entorno y del menú. Un sitio muy recomendable.

Nuestros últimos intentos (infructuosos) de acceder a algún templo fueron las iglesias de Santo Domingo y de San Agustín; el camino sirvió para conocer (desde fuera) la Casa Orbegoso, con su balcón y patio con cañones.

Tras lo cual, visto el éxito, y puesto que habíamos recorrido el centro histórico de arriba abajo, en la oficina de LATAM en la Plaza de Armas conseguimos adelantar a la tarde nuestro vuelo a Lima.

Pequeño apunte: loable la iniciativa de la Oficina de Turismo del Perú de realizar encuestas en la sala de espera del aeropuerto. Nuestra recomendación: horarios claros y estables de los lugares de interés y control del tráfico en el casco antiguo (parece que hay 30.000 taxis y todos los que vimos iban vacíos).

GIZMO TE CUENTA

Una de las mejores cosas de viajar es tomar ideas de decoración para nuestra Atalaya. ¡Las casas de colores de Trujillo y esos ventanales enormes hasta el suelo y con rejas nos parecen super inspiradores!

En la ciudad todo era diferente de las pirámides y palacios que visitamos el día de antes, pero lo pasé genial callejeando entre edificios coloniales e iglesias barrocas. ¡Y la comida estaba muy rica!

Cuando dejamos Trujillo, sabía que ya entrábamos en el final del viaje y eso me entristecía, pero aún quedaban cosas muy importantes: una ciudad con nombre de fruta, una última comilona peruana e… ¡irme de compras!

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