La parte central de nuestro viaje por el norte del Perú se desarrolló alrededor de Chachapoyas, capital del departamento de Amazonas. Desde allí realizamos el trekking conocido como “Gran Vilaya” durante 5 días y 4 noches, tal vez la mayor “aventura” de los Gizmos Viajeros hasta el momento. Una aventura que nos llevó a las alturas de la ceja de selva para, a través de bosques nubosos, descubrir lugares sorprendentes.

CONSEJO: la catarata Gocta, los sarcófagos de Carajía o Kuélap se pueden visitar en excursiones desde Chachapoyas, pero la experiencia del camino es inigualable. Así que ¡cargad la mochila y empezad a caminar!

Llegamos a Chachapoyas en el bus nocturno desde Chiclayo. En la estación nos esperaba un conductor de Turismo Explorer, agencia con la que habíamos contratado el tour  “Gran Vilaya”. Nos acompañó a nuestro (mediocre) hotel en la Plaza de Armas y después de desayunar en el Café Fusiones (muy recomendable) conocimos a nuestro guía, Roger. ¡Ya estábamos listos para el primer día de trekking de los cinco que nos aguardaban!

ATENCIÓN: Dado que ese día dormíamos en Chachapoyas lo único que necesitamos fue llevar bebida, la cámara de fotos, protección solar, gorra, gafas de sol y una chaqueta impermeable para acercarnos a la cascada. Nuestro guía se encargó de la comida a base de barritas energéticas, bocadillos y fruta.

Además de espléndidas ruinas de culturas prehispánicas y de bellas ciudades coloniales, el Perú también cuenta con maravillas naturales que justifican por si mismas el viaje, como, por ejemplo, la catarata Gocta, que, con una altura total de 771 metros, 540 de los cuales de caída libre, es una de las más altas del mundo. Ese fue el objetivo de nuestro primer día.

 

Si se quieren visitar las dos caídas de la catarata Gocta, lo mejor es empezar en la comunidad de San Pablo, ya que de una caída a la otra, el camino será de bajada. Si se empieza en Cocachimba, habrá que subir, y si la bajada ya es agotadora, no queremos pensar lo que debe de ser la subida…

Desde San Pablo a la primera caída hay nueve kilómetros, de los que luego hay que deshacer dos para tomar el desvío a la segunda caída. Desde este desvío nos espera una pronunciada bajada de tres kilómetros a la segunda caída, y cinco kilómetros más hasta Cocachimba. En total, diecinueve kilómetros a pie. ¡Y habiendo pasado la noche en un autocar!

Llegamos en coche a San Pablo, donde está uno de los centros de visitantes para pagar la entrada y registrarse. Parece ser que la visita también puede realizarse por libre, pero creemos que si quieren cubrirse las dos caídas es mejor adentrarse por esos caminos con un guía.

Al inicio, el paisaje es abierto y la senda transcurre entre campos cultivados y algún ingenio de caña de azúcar. Pudimos maravillarnos con la vista de las montañas y de la garganta del río Utcubamba, y asombrarnos con las sinuosas carreteras que serpentean por las montañas.

Al cabo de unos cinco kilómetros entramos en el bosque nuboso, con los árboles de cedro y caoba, palmeras, helechos gigantes y lianas dominando el paisaje. Roger nos explica que aquí habitan especies endémicas como el mono choro de cola amarilla, el gallito de las rocas o el picaflor cola de espátula, pero no hubo suerte. Las nuevas carreteras y el turismo los han ahuyentado.

No nos topamos con ningún turista, sólo con miembros de la comunidad que se habían reunido para repartirse las tareas de mantenimiento del camino, que está en muy buenas condiciones, y para el que no se requiere una especial forma física, y mucho menos si eres un Gizmo y vas subido en la mochila canturreando.

Disfrutamos de la perfecta verticalidad de los 230 metros de la primera caída en soledad, antes de deshacer el camino hasta el desvío a la segunda caída.

Este desvío pasa por un mirador natural desde donde pudimos admirar la espectacular vista de toda la catarata. Al ser la estación seca, la catarata no bajaba con el volumen descontrolado que consigue con las lluvias; aun así, su altura y su fluir constante hacen que siempre valga la pena. Después de almorzar en este mirador único, emprendimos la bajada a la segunda caída, tres kilómetros de pronunciadísimo descenso que nuestras rodillas aún lamentan, pero que nos recompensaron al final con la visión alucinante de una caída de agua casi vertical de cerca de 540 metros en un anfiteatro enorme que forma una poza que tienta a darse un chapuzón.

Deslumbrados ante este espectáculo de la naturaleza, cuesta entender que las cataratas no fuesen “descubiertas” para el mundo exterior hasta 2006, cuando un explorador alemán, seguro de hallarse ante una de las grandes cataratas del mundo, convenció al gobierno peruano para que midiera su altura.

Desde la base de la segunda caída aún hay que caminar cinco kilómetros, resistiéndonos para no volver la vista atrás continuamente (este tramo regala muchas vistas de la catarata), hasta la comunidad de Cocachimba, donde nos esperaba el conductor que nos devolvió (bastante cansados) a Chachapoyas.

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Chachapoyas (fundada como San Juan de la Frontera de los Chachapoyas) es una de las ciudades más antiguas del Perú y bien merece un paseo por loas alrededores de su Plaza de Armas. Si en Trujillo encontramos un ambiente caribeño y en Cajamarca un esplendor barroco, el centro de Chachapoyas podríamos definirlo como “rural”.

Sus casonas, mucho más rudimentarias que estas otras ciudades, transmiten perfectamente la sensación de “frontera” del nombre original. Un lugar que nació como uno de los extremos del Imperio.

Decidimos celebrar que habíamos superado la primera prueba (¡cualquier excusa es buena!), y nos despedimos de las “comodidades de la civilización” por unos días con una suculenta cena amazónica en El Batán del Tayta.

GIZMO TE CUENTA

El Perú está lleno de lugares con nombres divertidos (Chan Chan, Machu Pichu, Titicaca…) y uno de nuestros favoritos es Chachapoyas. Allí me explicaron que el nombre proviene de “sachapuyas” que es como se llamaban los habitantes de aquellas tierras hace mucho tiempo. Significa algo así como “gente de las alturas” o “guerreros de las nubes”… Con la afición que tenemos los Gizmos a subirnos a los sitios altos y lo peleones que somos, me parecieron nombres preciosos.

Los papas me dijeron que íbamos de excursión por la montaña y que tenía que prepararme bien, pero el primer día me llevaron a una catarata y no fue nada complicado.

Gocta no es un nombre divertido, pero es que así la llamaron los alemanes que la midieron por primera vez. Para los lugareños siempre fue “La Chorrera”, que por lo menos no suena tan serio y es mucho más descriptivo.

Pensaba que me tocaba una ducha y ya me había puesto mi gorro para evitar que me entrase agua en las orejitas, pero cuando me dirigía a la poza en la base de la segunda caída para remojarme, los papas empezaron a alarmarse: que si el agua caía con mucha fuerza, que si iba a coger frío… ¡unos aguafiestas, como siempre!

El enfado se me pasó cuando el camarero del restaurante El Batán del Tayta los convenció para que se bebieran (y comieran) el cóctel de hormigas culonas del Amazonas. ¡Aun se debe de estar riendo de los turistas ingenuos dispuestos a lo que sea con tal de tener experiencias “auténticas”! Por cierto, yo me comí alguna y sabía dulce… deben ser los caramelos de los Gizmos del Amazonas…