Durante el segundo día en la región nos despedimos de nuestras maletas, cargamos las mochilas y nos preparamos para cuatro días en ruta. Nuestro objetivo: visitar diferentes necrópolis chachapoyas.

Los chachapoyas mantenían un profundo respeto por sus difuntos. Prueba de ello son tanto las complejas técnicas que desarrollaron para la preservación (momificación) de los cadáveres como, sobre todo, las imponentes construcciones funerarias que nos han legado.

Estas construcciones, ya sean mausoleos colectivos o sarcófagos individuales, se caracterizan por su espectacular ubicación en barrancos resguardados de las lluvias o en cuevas naturales o excavadas.

Nuestra excursión nos llevó al mausoleo conocido como Pueblo de los Muertos y a los sarcófagos de Carajía (o Karajía), aunque la zona está plagada de ellos, la mayoría de difícil o imposible acceso: Laguna de los Cóndores, Revash, Ochín o Solmal.

Desde Chachapoyas nos dirigimos por carretera y pista de montaña hasta Lamud  para recoger las llaves del lugar (WTF!!). Seguimos en coche por un puro camino de vacas (abriendo un par de cercados) hasta llegar a la zona de aparcamiento del solitario Pueblo de los Muertos.

Roger, nuestro guía, nos comenta que, según el registro que ha visto en Lamud, somos los primeros turistas que visitan el sitio en ¡tres meses! Cuando preguntamos la razón, nos topamos con el mismo círculo vicioso que en otros increíblemente poco conocidos tesoros del Perú: no hay dinero para invertir, no se da a conocer, como no vienen turistas (porque no se conoce) no se invierte… y así hasta la irremediable pérdida de un tesoro de la humanidad.

Ya a pie emprendimos el pronunciado descenso de dos kilómetros a los mausoleos a través de un matorral. El camino, que en una demostración de sincretismo religioso también es recorrido durante la romería de mayo en honor de la Virgen, regala formidables vistas de los cañones de los ríos Utcubamba y Sonche, y también de la catarata Gocta, de la que creíamos habernos despedido el día anterior.

Pueblo de los Muertos (nombre con que el explorador/explotador Gene Savoy rebautizó el sitio antes conocido como Tingorbamba, nombre del barranco en que se ubica) cuenta con una serie de mausoleos y con varios sarcófagos apiñados. Una veintena de estructuras se levantan en una larga fila horizontal en lo alto del barranco. Asentadas en una estrecha repisa, son una visión fantasmal, y  lo cierto es que el acceso entraña cierto peligro.

Los grupos de cubículos, construidos en piedra, están unidos lateralmente y presentan planta en forma de U, haciendo el peñasco de pared posterior. Las otras paredes, que alcanzan los tres metros de alto, conservan algunos elementos decorativos simbólicos en bajorrelieve.

Los mausoleos, que tenían un carácter familiar o comunitario, se consideraban las moradas de ultratumba de los difuntos, de ahí que las momias se colocaran como si estuvieran en su casa, alrededor de un batán que, al igual que el resto de ofrendas funerarias, estaba destinado a seguir siendo utilizado por los difuntos.

Algunos de los sarcófagos antropomórficos, con un diseño naif, están bien cerca del camino, tanto que podrían llegar a tocarse, y si bien ya no quedan momias, se pueden encontrar huesos humanos a sus pies y en ciertas oquedades de la paredes rocosas.

El estado de conservación de los restos arqueológicos en Pueblo de los Muertos es muy precario. La parte saliente de la roca que podría guarecerlos no sobresale lo suficiente del barranco, y las lluvias han hecho, y siguen haciendo, estragos, lo mismo que los saqueadores, al estar el sitio completamente expuesto, únicamente protegido por un cerco antiganado.

Aun así, nos pareció un sitio espectacular, una verdadera sorpresa. Esperamos que os animéis a visitarlo y rompamos el círculo de desidia del que hablábamos. Los Gizmos Viajeros creemos que el turismo (responsable) puede ser una fuerza de cambio positiva.

Volvimos al coche (la subida fue más dura) y, tras almorzar en Lamud, condujimos hasta la comunidad de Cruz Pata, donde se encuentran los magníficos sarcófagos de Carajía, los más representativos de todos los construidos por los chachapoyas, ¡no registrados científicamente hasta 1985!

Desde la plaza, una trocha embarrada desciende hasta la pasarela que nos acerca al lugar.

Hay que tener claro que los sarcófagos de Carajía se contemplan desde la distancia (aprox. 60-70 metros) y, si bien esta inaccesibilidad puede resultar decepcionante, también es la causa que ha permitido que lleguen hasta nosotros casi intactos.

Los sarcófagos se sitúan en una gruta excavada ex professo en lo alto de una pared rocosa, que cae más de 200 metros hasta el fondo del cañón. Para acceder a ellos, habría que escalar el barranco con cuerdas, de manera que hay que concluir que los sarcófagos fueron elaborados in situ.

Los sarcófagos se construyeron para enterrar a personajes de alto rango; por eso representan a estas personas de pie y desde lo alto, contemplando el entorno con la seguridad de su poder. De caras chatas y mandíbulas prominentes, pueden recordar a los moáis de la Isla de Pascua, aunque el parecido es pura coincidencia (se han realizado estudios de ADN para corroborarlo).

El conjunto lo integraban originalmente ocho sarcófagos de casi dos metros y medio de alto (los más altos), de los que se conservan seis, pegados unos a otros por sus costados. Los sarcófagos están coronados por una cabeza modelada en barro, que termina en punta, y en la que se encajó un cráneo humano auténtico, con la función ritual de simular el rostro en vida del decapitado. También presentan una decoración con líneas trazadas en dos tonos de rojo, aplicado sobre una base blanca, y que evoca las fastuosas túnicas de plumas de los personajes.

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Cada sarcófago alberga un solo cuerpo, momificado en posición fetal, envuelto en un fardo funerario y rodeado de ofrendas tales como alimentos, utensilios de tejer y ovillos de lana, que habían de permitir al difunto seguir practicando sus tareas cotidianas en el más allá.

Después de la visita continuanos en dirección al valle de Huaylla Belén, donde pasaríamos la noche y desde donde iniciaríamos el trekking por el Gran Vilaya. De camino, paramos en un mirador natural que nos brindó una de las vistas más hermosas de nuestro viaje: la del río serpenteando entre las paredes del valle, y que parece sacada del dibujo idealizado de un niño. Desde allí se avistaba una cabaña que, por lo idílico del entorno, nos hacía sentir en una versión andina de Memorias de África.

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Alcanzamos el fondo del valle justo cuando empezaba a lloviznar. Nada más darnos las maletas, el conductor salió disparado por miedo a quedar atrapado en el lodo si la lluvia arreciaba. De cerca, la cabaña distaba de ser idílica. Pintadas en las paredes desconchadas, los cristales de las ventanas rotos y, por lo que se vislumbraba del interior, una pocilga.

Preocupados, buscamos a Roger, que hablaba con un matrimonio con tres niños pequeños. Nos dijo que la cabaña estaba ocupada por campesinos y que, por esa razón, la familia que había venido a acondicionarla para nosotros, no había podido entrar.

Había que esperar a que regresaran los miembros de la comunidad para negociar con ellos el alojamiento. Nadie nos había explicado antes estas condiciones especiales de uso ni el estado real de la cabaña… Sabíamos que no había electricidad pero descubrimos que tampoco agua ni una letrina.

Más de una hora después, los campesinos aparecieron y nos permitieron alojarnos en un cuarto de adobe anexo que servía de despensa-establo.

Conseguimos montar una cama y, con un colchón y un montón de mantas, prepararla para la fría noche. Roger apiló unas ramas y se hizo un catre allí mismo. Los miembros de la familia dormirían todos en la cocina, un lugar mucho más abierto donde prendieron un fuego y cocinamos la cena.

Nos fuimos a dormir con sensaciones encontradas, admirados por la belleza del lugar y enfadados por la desorganización y la desinformación intencionada de la agencia.

Antes, conseguimos arrancarle a Roger la historia del lugar. La cabaña había sido construida gracias a una ONG de cooperación alemana. En origen disponía de paneles solares, cocinas con bombonas de gas y unas letrinas excavadas. Una persona se encargaba del mantenimiento. La instalación la utilizaban aquellos que hacían el trekking por el Gran Vilaya o querían pasar la noche en el valle.

El lugar está en disputa entre dos comunidades que decidieron dejar de pagar al guardia y tampoco permiten el arrendamiento por parte de agencias de turismo. Visto el estado del edificio, creemos que sin una mínima inversión y un plan de mantenimiento, el sitio no es viable turísticamente.

GIZMO TE CUENTA

Como en una película de “Gizmo Jones, el aventurero”, nos adentramos entre tumbas y sarcófagos. La verdad es que los chachapoyas cada día me caían mejor por su afición a colorarlo todo bien arriba, encima de montañas y acantilados, con unas vistas estupendas.

Los papas ahora llevaban una mochila más grande desde la que pude ir dándoles ánimos para que subieran y bajaran todos los desniveles. ¡Gracias a mí llegamos sanos y salvos!

Pueblo de los Muertos no daba tanto miedo como su nombre, pero la verdad es que me llevé un buen susto cuando me encontré un hueso enorme mientras exploraba yo solo. No pude llegar hasta los sarcófagos de Carajía pero se veían con muchos más colores.

Empezaba a preocuparme un poco por la cena cuando llegamos a un sitio precioso. Un valle con un río que no paraba de dar vueltas en medio de un prado verde y con un montón de vacas y caballos.

Casi se me cae una lagrimita al imaginar lo bien que lo pasaríamos yo y todos mis hermanos aquí, correteando y zambulléndonos en el río mientras jugamos con los potrillos.

Como soy de muy buen conformar no quise decir nada del cuchitril donde nos habíamos metido, así que después de que me diesen una sopa calentita junto a la fogata, me metí en mi saquito de dormir, bien abrigado, y me encerré para que no me mordiese ningún bicho. Al día siguiente me tocaba seguir dirigiendo la expedición.

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