Amaneció en Huaylla Belén y por fin podemos levantarnos y salir de la cabaña tétrica. Durante la noche, forrados de mantas como estábamos, no tuvimos ganas de comprobar si era cierto que una estrella como la que guió a los Reyes Magos se divisa en el valle, motivo por el que los dos ancianos alemanes que construyeron aquí la primera cabaña añadieran al nombre del lugar “Belén”.

El sol se filtra por entre unas nubes altas y escampa la neblina mientras que decenas de caballos y de vacas pastorean a la misma puerta de la cabaña. Esta imagen quizás nos reconcilia con haber pasado la noche en un lugar tan pésimamente mantenido (y nos supone perder más de media hora hasta que conseguimos que Gizmo deje en paz a los potrillos y los terneros).

Desayunamos fuerte, nos despedimos de la familia que nos ha asistido y nos ponemos en marcha. Hoy el recorrido será íntegramente a pie.

La cabaña está en un altero en una punta del valle, desde allí contemplamos una de las vistas más formidables de nuestro viaje al Perú: la de la hondonada del valle, recorrido por los caprichosos meandros del río Huaylla, a causa de los cuales se le conoce como “Serpiente de Plata”. A nuestra espalda, el valle desaparece y se transforma en 45 kilómetros de cañón con grutas y cavernas inexploradas, según las leyendas locales habitadas por sirenas.

Avanzamos unos tres kilómetros por el valle idílico, que antaño estuvo poblado por osos y pumas, pero en el que ahora sólo hay caballos y vacas escuálidos por la pobreza de los pastos. El valle no es un prado plano sino que está formado por terrazas debido a que el río, un afluente del Utcabamba, cambia de curso por efecto de la lluvia y del fenómeno El Niño, siempre encajonado por la falda de las montañas.

Nos toca mojarnos los pies para sortear el último tramo del río y empezar el ascenso al bosque nuboso. Entramos por fin en el Gran Vilaya, un conjunto arqueológico que abarca unas seis hectáreas y en el que yacen las ruinas inexploradas de multitud de ciudades chachapoyas.

Al poco, el camino pasa de ser una pista de tierra húmeda y deja ver tramos irregularmente empedrados. ¡Descubrimos que estamos pisando un verdadero camino inca! Y es que el Inca, aunque no llegó a Kuélap, pasó por allí con el objeto de establecer alianzas que le permitieran vencer la resistencia de los chachapoyas y por eso se le construyó este camino, que forma parte de la vasta red viaria construida a lo largo de varios siglos por los incas y conocida como Qhapac Ñan.

Después de la conquista, durante siglos, y hasta la construcción de la carretera, la vía por la que avanzamos se utilizó para el comercio, principalmente café, y como las piedras dañaban los cascos de las mulas, los comerciantes optaron por arrancarlas, razón por la que sólo ha sobrevivido algún corto tramo del camino original.

Por si no bastara con la maravilla de recorrer un verdadero camino inca, la vegetación que nos rodea se ha vuelto exuberante. Gizmo mira fascinado todas las flores de colores e intenta alcanzar alguna orquídea cuando avistamos a los minúsculos colibrís zigzagueando entre las flores, suspendidos durante segundos ante nuestros ojos.

Tras superar el primer paso del día, Roger, nuestro guía, nos dice que hemos llegado a La Pirquilla, la primera de las antiguas ciudades que está previsto que visitemos. Miramos a nuestro alrededor desconcertados: estamos en mitad del camino, amurallado a ambos lados por la vegetación, y no se ve ninguna ciudad, y menos una que llegó a contar con 400 casas y a albergar a 3500 habitantes, sólo bosque y más bosque. Seguimos a Roger, que se aparta de la senda por entre dos troncos y, camuflado entre el bosque frondoso, aparece un muro de piedra, junto al que nos paramos para almorzar.

Barrita de cereales en mano, Gizmo mira con recelo el muro de sillares recubierto de moho esmeralda, y cuando vemos que ya no podemos contener más sus ansias, nos abrimos paso por el bosque ¡a golpe de machete! para explorar la ciudad.

Los chachapoyas construyeron sus ciudades, ahora confundidas con la vegetación, en las cimas de las montañas, utilizando sistemas de terrazas para salvar el desnivel. Los sinuosos muros de contención y la base circular de piedra de algunas viviendas es lo que ha sobrevivido.

Como viene siendo la tónica con estos increíblemente poco conocidos tesoros del Perú, el gobierno, al no contar con presupuesto para invertir, no lo da a conocer; como no es conocido, no llega el turismo; y, sin turismo, no se invierte… y así hasta la irremediable pérdida de otro tesoro de la humanidad. Las ciudades del Gran Vilaya se enfrentan además a los grupos naturalistas, que se oponen a las excavaciones porque consideran que acarrearían una pérdida medioambiental.

El descenso al pueblo del Congón nos regala vistas espectaculares del Gran Vilaya (según Roger, en cada cima de cada montaña hay una cuidad), pero la lluvia, sobre todo el temor a que arrecie, nos hace acelerar el paso. Comparada con la cabaña de la noche anterior, la humilde casa de huéspedes del Congón nos hace sentir como en el más lujoso de los hoteles.

Aseados, disfrutando del café cultivado en la zona y siendo testigos de la vida en esta pequeña comunidad rural desde la terraza de la casa, decidimos acometer la última etapa, muy dura y larga debido al desnivel de más de 900 metros, en mula.

Al día siguiente, salimos del Congón poco antes de las 9 con Gizmo muy nervioso por su primera experiencia como jinete. Nunca hemos montado en mula y las instrucciones son escuetas pero precisas: en las subidas, echaos para adelante; en las bajadas, para atrás. Nos acompaña un arriero, que se encargará de volver con las mulas al pueblo.

La parte baja del valle está dominada por árboles frutales y madereros como el banano, el pacay o el chirimoyo. A medida que subimos el bosque tropical cede paso al bosque nuboso, el sotobosque se hace más denso y abundan las palmeras, los helechos o las gramíneas. Los jardines de musgo cubren los troncos y las ramas de los árboles como un abrigo.

Atravesando bosques, riachuelos y montañas, hacia mediodía llegamos al Lanche, otra antigua ciudad chachapoyas perdida en el bosque. Aquí se conservan mejor las casas circulares de piedra, de las que se calcula que hubo más de 300, y también podemos apreciar que las ciudades del Gran Vilaya fueron conjuntos residenciales con áreas ceremoniales y administrativas, organizadas en diferentes niveles, de más bajo a más alto: pueblo, guerreros, vírgenes y chamanes, y gobernantes.

Disfrutamos de la mejor comida de estos días en la casa de huéspedes de doña Esther, que nos sirve un coyampa (especie de chicharrón) delicioso, con vistas no menos fabulosas del Lanche (¡no podemos creer que debajo de los árboles que vemos en aquella cima, se halle la ciudad que acabamos de explorar), antes de continuar nuestra marcha hasta el paso llamado Yumal, ubicado a 3300 metros, que supone un esfuerzo extraordinario para las mulas, que a estas alturas ya avanzan renqueantes, y cuyos tropiezos en más de una ocasión a punto están de hacernos dar de bruces contra el suelo.

El precario equilibrio y lo accidentado del terreno no nos impiden disfrutar del entorno. Estamos literalmente atravesando las nubes y el color verde de la ceja de selva se difumina entre jirones blancos de puro vapor. Por si nos faltase ambientación, un caballo salvaje empieza a trotar a nuestro lado. Joven y lustroso, pone nerviosas a las mulas, y a nosotros por lo estrecho del camino y el precipicio que nos espera ante cualquier resbalón. Gizmo, encantado, intenta saltar de la alforja donde lo hemos acomodado a la crin del pobre animal.

En Yumal nos espera el coche de la agencia, pero lo más importante es que desde aquí no sólo apreciamos todas las montañas del valle sino que contemplamos por primera vez, emocionados, en la cima de un promontorio rocoso a 3000 metros, el monumento más importante del norte del Perú: Kuélap.

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El guía, alegando que el pueblo de Maria, que es donde, según el programa, hemos de pernoctar, está completo, nos envía a un tambo en Choctamal.

Antes de que podamos disponer de la habitación, el guía y el conductor se despiden de nosotros. Para la última excursión, la de Kuélap, nos acompañará otro guía, que nos recogerá por la mañana. Al poco, empezamos a sospechar que no nos van a alojar en el hostal anexo sino que pretenden enchufarnos en la buhardilla del mismo comedor. Cuando nos lo enseñan, no damos crédito: aquello es un agujero que no se corresponde con lo que hemos contratado. La dueña del tambo se niega a contactar con la agencia, pero rebuscando entre los papeles, damos con el número. Localizamos al dueño y le explicamos que, tras la “sorpresa” de la cabaña en el valle, no estamos dispuestos a aceptar una segunda decepción. El tipo se hace cargo de la situación y, veinte minutos después, llama para informarnos de que el conductor y el guía van a regresar y nos van a llevar al pueblo de Maria, donde pasaremos la noche en El Torreon, que resulta ser el alojamiento recomendado por la Lonely Planet. Allí constatamos que Maria está muy vacía y que el alojamiento es infinitamente mejor.

Es una lástima que una experiencia irrepetible se vea enturbiada por situaciones así. Hay que asumir que el interés de las agencias es incrementar su beneficio, con lo que recomendamos repasar a fondo el programa antes de salir, asegurarse de que se va a ofrecer lo contratado y plantarse a la mínima sospecha de tomadura de pelo. En cuanto al guía, consideramos que tendría que haberse ocupado mejor de nosotros, al fin y al cabo, hemos convivido con él cuatro días, no le hemos ocasionado ningún problema y hubiéramos agradecido algo de solidaridad por su parte, porque él sí sabía que la agencia pretendía timarnos. A pesar del momento desagradable, la situación se ha podido resolver, y el encanto del pueblo de Maria y una buena cena nos hacen pasar página rápido, y centrarnos en lo que importa: al día siguiente, los Gizmos Viajeros llegarán (o volverán, no podemos evitar la sospecha de que ellos ya han estado en todos los sitios antes) a Kuélap.

GIZMO TE CUENTA

Dormía feliz en el fondo de mi saco en aquella cabaña en medio de la nada cuando unos pasos sobre la hierba me despertaron y salí a investigar. Cientos de animalitos comían felices bajo miles de estrellas, una de las cuales brillaba con más intensidad y parecía señalarme un camino. Siguiéndolo, encontré una gruta y me metí dentro hasta llegar a una enorme cámara subterránea con cascadas… ¡habitada por sirenas! Enseguida nos hicimos amigos y me dijeron que me mostrarían su secreto: ¡me enseñarían a encontrar los tapados!

Durante el cautiverio de Atahualpa, cientos de sus súbditos se pusieron en marcha trasladando los tesoros del Imperio a Cajamarca para pagar el rescate exigido por los españoles. Muchos estaban de camino cuando llegó la noticia de la muerte del Inca y enterraron su carga allí donde estaban para evitar que cayera en manos de los conquistadores. Gracias a las sirenas del valle, ya sabía cómo encontrarlos.

Volví corriendo a la cabaña. Los papas estaban desayunando y, con el hambre que tenía, intenté acaparar con todos los bollos que pude por si me dejaban sin… y se me olvidó comentarles el asuntillo del tesoro.

Ese día fue espectacular: vimos pájaros de colores que volaban super rápido y nos adentramos por la selva entre las ruinas de una ciudad perdida… pero yo tenía que esperar a la noche, así que tomé un montón de café y, cuando todos roncaban, salí y busqué la luz en el cerro.

Excavé y excavé y por fin aparecieron un montón de brillantes tesoros. Ya  imaginaba lo bien que quedarían en el Museo Gízmico y lo contentos que se pondrían mis hermanos… pero entonces recordé lo que dicen los papas sobre que los tesoros pertenecen al país, y, orgulloso de mi hallazgo, los volví a cubrir esperando que algún día alguien los encuentre (de nuevo).

Pensé que me daría mucha penita, pero al día siguiente ¡monté en mula! e incluso me encontré un caballo que quería jugar conmigo… ¡Las emociones nunca paran en la vida de un Gizmo Viajero!

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