Los chachapoyas representaron el encuentro entre los Andes y el Amazonas. Durante los días que permanecimos en la región, no costaba imaginar las dificultades que tuvieron que superar los primeros migrantes andinos que, en el siglo IX, se aventuraron hacia la ceja de selva para convertir aquellos terrenos escarpados y aquellos bosques agrestes en campos de cultivo. 

Sin embargo, los vestigios de sus ciudades y sus magníficas construcciones funerarias son la prueba de su éxito. Entre estos vestigios, imponente más que ningún otro, Kuélap. 

En la cima del cerro La Barreta a unos 3000 metros de altura, dominando un bellísimo paisaje natural de picos elevados, bosques de neblina, profundas quebradas, riachuelos y lagunas, Kuélap constituye uno de los monumentos arqueológicos más impresionantes no sólo del Perú sino de América. 

Las excavaciones arqueológicas que se han sucedido desde su “descubrimiento” en el año 1843 han revelado que el sitio fue ocupado entre los años 500 y 1570. La mayoría de las estructuras que se conservan pertenecen al período que va de los años 900 a 1475. 

Su posición estratégica, sus colosales muros, los largos corredores, amurallados y estrechos, que sirven de entrada, y el torreón construido sobre un acantilado inaccesible, propiciaron la consideración del sitio como fortaleza o enclave militar. Sin embargo, las últimas investigaciones sostienen que Kuélap fue la capital chachapoyas, sede del poder político y su más importante centro urbano, desde el que se controló un vasto territorio delimitado por las estribaciones de la cordillera andina y por el río Marañón. 

Aunque la visita turística se circunscribe al área monumental conocida como la “Fortaleza”, el complejo también incluye restos de sarcófagos y mausoleos ubicados en las laderas occidentales, inaccesibles, del cerro, y ruinas de un asentamiento inacabado al sur de la “Fortaleza”. Hacia el este, la pendiente se suaviza, y aquí aparecen mezclados restos arqueológicos antiguos con campos de cultivo actuales. 

Pernoctar en María tiene la ventaja, además de conocer un encantador pueblito rural, de permitir llegar a Kuélap antes de que lo hagan los turistas provenientes de Chachapoyas, a unos 70 kilómetros. No es que Kuélap esté precisamente masificado, más bien al contrario, pero la experiencia de recorrerlo prácticamente a solas es un lujazo inigualable. 

Todo esto cambiará con el nuevo y millorario teleférico, que acorta el tiempo de llegada desde Chachapoyas, y que está previsto que haga de Kuélap el contrapeso norteño a Machu Pichu. Esperamos que la llegada de un mayor número de turistas sepa gestionarse de manera sostenible. 

Nuestro guía nos recogió a las 9 de la mañana en María. Condujimos 20 minutos hasta el aparcamiento del sitio, en donde compramos las entradas y visitamos el museo, sencillo pero útil para situarte gracias a los mapas de la zona, la maqueta de la fortaleza y la cronología chachapoyas y del resto de culturas coetáneas. 

Desde el aparcamiento, hay un kilómetro hasta las ruinas que transcurre por el camino original que conectaba el sitio con el exterior, y cuya controvertida remodelación parece haber sido la causante del retraso en designar Kuélap Patrimonio de la Humanidad. El ascenso no es duro pero con sol y calor puede parecer más largo. 

La “Fortaleza” es un gran recinto amurallado de casi siete hectáreas y cuyo interior alberga más de 400 edificios organizados según criterios religiosos, funerarios, residenciales o artesanales. Fue construida enteramente con bloques de piedra que proceden del mismo cerro; de hecho, una de las canteras se puede ver desde la distancia como un gran ojo excavado bajo la ciudadela. 

Aunque se sepa de antemano que se va a encontrar un muro enorme, su aparición es espectacular. Construido con bloques homogéneos de piedra caliza, que se colocaron en filas horizontales para nivelar la superficie irregular de la colina, llega a alcanzar los 20 metros de altura, y sitúa a los chachapoyas en la misma liga arquitectónica que los incas. 

Hay que rodear parte del perímetro del muro para llegar a una de las puertas. Tras atravesar el largo y estrecho corredor que hace de entrada, un segundo muro divide el recinto en dos “ciudades”, la baja y la alta. 

La población vivía en las más de 300 estructuras circulares (la forma geométrica más resistente a los vientos que azotan la montaña) que conforman la ciudad baja. Estas viviendas tenían un muro de más de cuatro metros de alto y un techo de paja en forma cónica. Dentro de la casa, al fondo, se reservaba un espacio, separado por un desnivel, para la crianza de cuys. Las estructuras aún visibles bajo el suelo de la casa no sirveron de despensa sino para enterrar al abuelo. ¡Entre los cuys y los difuntos no es de extrañar que la cocina fuese una construcción adosada, también circular pero más pequeña!

Estas viviendas circulares se levantaron una al lado de la otra, justo al borde y a lo largo de toda la muralla exterior, lo que ha servido para descartar que el sitio tuviese funciones militares o defensivas. 

Entre las estructuras circulares se conservan unas pocas con superficies decoradas mediante el uso de placas de pizarra que crean relieves geométricos, aunque no está claro si la decoración reflejaba una más alta posición social de sus ocupantes. 

En el extremo norte de la ciudad alta, hay una gran torre unida por un lado al muro exterior y, por el otro, al borde del abismo. Se ha descubierto una elevada concentración de proyectiles para honda, que las últimas investigaciones, más que con funciones bélicas, relacionan con rituales para propiciar la lluvia. 

Camino al extremo sur del sitio, llegamos al Templo Mayor, un enigmático edificio religioso con forma de cono invertido que parece fue escenario de ceremonias funerarias y de ofrendas rituales de animales y seres humanos. En su fachada conserva la imagen tallada del rostro de una deidad. 

Cerca del Templo, y usada como residencia de la autoridad política, expresando así la sintonía del poder religioso con el político, la Plataforma Circular se encuentra sobre el arranque de la muralla exterior e incluye un conjunto de ocho edificios. Aquí se halló un centenar de restos humanos varones sin enterrar, tanto adultos como niños, con evidencia de muerte violenta, y que parece ser el resultado de las luchas locales por el poder durante los primeros años de la colonia; un momento de crisis que culminó con un gran incendio que destruyó buena parte del sitio y con el abandono del lugar.  

Tanto el Templo Mayor como la Plataforma Circular y las murallas exterior e interior albergan gran cantidad de restos óseos en su interior, trasladados por peregrinos de las comunidades a donde llegó la influencia de Kuélap y que vinieron a colaborar en la construcción del sitio, que se demoró varios siglos, lo que pone de manifiesto su carácter sagrado para los chachapoyas. 

Kuélap, nunca tomada por el Inca, fue finalmente abandonada alrededor del año 1570 cuando el virrey español forzó un desplazamiento masivo y obligatorio de la población indígena de sus territorios ancestrales a nuevos asentamientos. 

La visita nos permitió descubrir un sitio excepcional, inexplicablemente poco conocido. Su monumentalidad, la calidad y complejidad de su arquitectura, requirieron una enorme inversión de mano de obra e ingentes cantidades de materiales constructivos, lo que nos habla de una cultura avanzada y de una sociedad altamente organizada que se las ingenió para aprovechar y vivir en el desafiante ambiente del bosque nuboso andino. 

El descenso hasta el valle fue vertiginoso y desde allí regresamos a Chachapoyas con  el el tiempo justo para una cena ligera antes de embarcarnos en el bus nocturno que nos llevó a Cajamarca. 

GIZMO TE CUENTA 

¿Cómo no van a caernos bien los chachapoyas? Además de tener un nombre divertido y de ser feroces guerreros, construían un montón de atalayas. 

Después del trajín de los días anteriores, la noche en María fue super plácida (si obviamos los ronquidos de los papas). Bien desayunado, ya estaba listo para visitar la joya de los chachapoyas: Kuélap. 

Desde lejos el sitio molaba mucho, pero cuando llegamos al pie de las altísimas murallas y vi la cantidad de rocas que la formaban, me quedé impresionado. 

Aprovechando que los papas no paraban de hacer fotos, me escabullí para recorrer todo aquello por mi cuenta. 

No entiendo cómo no había más gente en aquel lugar increíble, sólo las cuadrillas de restauración. Me paseé por los templos y por las casas. Estas tenían un pequeño pasaje de piedra, según el guía para criar cuys, pero más bien me parecía un canal para que nadasen los Gizmos. 

Cuando noté que empezaba a llegar más gente, volví con los papas, que se habían convertido en las estrellas invitadas de un grupo de escolares amazónicas. Dejé que disfrutaran de su momento mientras me despedía de los chachapoyas prometiéndoles que volvería a visitarlos y que traería a todos mis hermanos.