Reconozco que no sabía gran cosa de Tesalónica cuando aterricé en la ciudad. Estuve allí dos días, pensé que era un sitio interesante y luego me fui al Monte Athos. Antes de volver a Barcelona, pasé otro día en Tesalónica. Fue ese tercer día, mientras callejeaba a mi aire, cuando me di cuenta de que la ciudad me gustaba de verdad.

Le conté esto a Gizmo, que, con la boca llena de las galletas que habíamos comprado en Papadopoulos, una de las pastelerías con más tradición de la ciudad, me miró con expresión de “¡Pues sí que has tardado en darte cuenta!”. ¡Ellos siempre pillan antes la esencia de los destinos que visitan!

Tesalónica, fundada en el año 315 a.C. por el cuñado de Alejandro Magno. Capital provincial romana. “Primera después de la primera” durante el imperio bizantino. Floreciente ciudad otomana…

Ciudad portuaria, cosmopolita (aquí fueron a parar los judíos expulsados por los Reyes Católicos, y que tan decisivamente contribuyeron a su desarrollo), estratégica desde los tiempos de la Vía Egnatia romana, que, pasando por Tesalónica, conectó el Adriático con los Dardanelos, y también las ciudades del Danubio con el Egeo.

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Acogedora y relajada, con miles de universitarios que la cargan de energía, moderna, en constante renovación (algunas importantes intervenciones urbanísticas son de hace apenas unos años, como la ampliación del paseo marítimo). En fin, una ciudad de verdad, hecha a la medida de sus vecinos, no el parque temático en el que parecen haberse convertido tantas ciudades europeas. 

Eternos testigos de la larga historia de Tesalónica son sus numerosos monumentos, entre los que destacan por méritos propios los quinze monumentos bizantinos declarados Patrimonio de la Humanidad en 1988. Construidos entre los siglos IV y XV, dan una perspectiva completa de la evolución del arte bizantino, desde los inicios paleocristianos al declive (político, que no cultural) de la dinastía paleóloga, pasando por el renacimiento de las dinastías macedónica y conmena.

El Top 4 de los monumentos bizantinos

De los numerosos monumentos bizantinos que enriquecen la ciudad, los cuatro más importantes y populares son, sin duda:

La iglesia de San Demetrio, dedicada al patrón de la ciudad, y un importante centros de peregrinación. No hay que olvidar que, a raíz de la visita de San Pablo en el año 50, cuyas dos epístolas “A los tesalonicenses”, son los pasajes más antiguos del Nuevo Testamento, la ciudad se convirtió en uno de los primeros focos de propagación del cristianismo.

La iglesia de San Demetrio se construyó sobre las ruinas de unos baños romanos, y su cripta señala el lugar donde fue el santo fue martirizado en el año 303 d.C. La iglesia actual sigue el modelo de basílica paleocristiana de cinco naves con nártex y transepto, y en su interior brillan los paneles de mosaicos que muestran a San Demetrio junto a niños en un jardín.

En las inmediaciones, se encuentra uno de los principales vestigios de la ocupación otomana de la ciudad, la antigua mezquita Alaca Imaret, precedida por un pórtico con cinco pequeñas cúpulas.

Bajando por la calle Leonida Iasoniou, llegamos a Rotonda, un monumento a medio camino entre el paganismo y el cristianismo. Su imponente estructura circular recuerda al Panteón romano, y la belleza de sus mosaicos, que representan la venida de Cristo, rodeado de profetas y de mártires, se considera equiparable a los de Rávena por la calidad de su representación naturalista, la diversidad de colores y el brillo de las teselas de oro y plata.

Construido a principios del siglo IV d.C., probablemente como templo a Zeus o mausoleo de Galerio, poco después se convirtió en iglesia cristiana y permaneció así hasta que con la conquista otomana de 1591 pasó a mezquita. El minarete que se le añadió entonces es el único de los muchos que punteaban la ciudad que sobrevivió al gran incendio de 1917.

Rotonda se sitúa en un extremo de la avenida ceremonial que atravesaba Kamara, el arco triunfal construido por Galerio en el 299 d.C. para conmemorar su victoria sobre los persas, y verdadero punto de encuentro de los locales, y llegaba al complejo palaciego de este emperador, cuyas ruinas conforman un museo arqueológico al aire libre que contrasta potentemente con las viviendas circundantes, y del que hoy son señores decenas de gatos callejeros.

La perspectiva de la calle Dimitri Gounari, con Rotonda y Kamara en un extremo y el mar en el otro, invita a recorrerla en su totalidad, pero antes hay que desviarse un par de manzanas para llegar a la iglesia de Santa Sofía, faro espiritual de Tesalónica, de finales del siglo VII a imitación de su homónima de Estambul.

Los hermosos mosaicos, sobre todo los de la cúpula con la imagen de la Ascensión de Cristo, y las pinturas murales son obras maestras que os aconsejo visitar a primera hora, antes de que lleguen los grupos, ya que fue este el único monumento de toda la ciudad en el que experimenté cierta saturación de gente.

Volviendo a Dimitri Gounari, la recorremos hasta el paseo marítimo a la altura de la Torre Blanca, el monumento más emblemático de Tesalónica. Construida por los turcos a finales del siglo XV como torre suroriental de la muralla de la ciudad, se trata de una majestuosa estructura de seis pisos en forma de cilindro, que a lo largo de su tumultuosa historia cambió de nombre y de función varias veces, incluyendo su uso como prisión. El nombre actual prevaleció cuando un prisionero se ofreció a blanquearla a cambio de su libertad. En la actualidad funciona como museo de historia de la ciudad, aunque lo mejor son las vistas del golfo Termaico desde la azotea.

En los alrededores de la Torre Blanca hay dos museos recomendables: el de Arte Bizantino y el Arqueológico. La Torre también marca el cambio del paseo marítimo histórico al nuevo. Inaugurado en 2013, los tres kilómetros y medio de este último conducen a la sala de conciertos a través de esculturas, áreas de ejercicio o pequeños jardines que ofrecen un respiro del entorno urbano (¡y sombra del inclemente sol del mediodía!).

El paseo marítimo histórico, la avenida Nikis, lleva al embarcadero. A medio camino aparece la plaza Aristóteles, abierta al mar, una de las más hermosas y grandes de Grecia, según el diseño que el arquitecto francés Ernest Hébrard concibió para la reconstrucción de la ciudad después de 1917. Las fachadas semicirculares de los edificios de la plaza, los arcos apoyados en columnatas y los pórticos cubiertos remiten tanto a modelos bizantinos como europeos. De la plaza surge la peatonal avenida Aristóteles, que nos conecta con el centro histórico y comercial tradicional, pero eso es otra historia…

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Tres tesoros “ocultos”

Entrecomillo ocultos porque, a pesar de estar reconocidos también por la UNESCO, las veces que las visité, estuve solo, y son tres tesoros que no hay que perderse.

La iglesia del Acheiropoietos fue construida a mediados del siglo V sobre las ruinas de un baño romano. Arquitectónicamente es similar a San Demetrio pero lo que la hace especial, además de la serenidad que se respira entre sus muros, son los maravillosos mosaicos que decoran los arcos de las columnatas que separan las naves de la planta baja.

A lo largo de Via Egnatia, muy cerca de la iglesia del Acheiropoietos, hay otras que también vale la pena visitar, como la de Oanagia Chalkeon, de la Transfiguración o de Agios Panteleimonas.

Si desde aquí nos dirigimos a la ciudad alta, el antiguo barrio otomano de Ano Poli, que, al haber sobrevivido al incendio de 1917, es el más pintoresco de la ciudad, llegamos a la iglesia de San Nicolás Orfanos, construida a principios del siglo XIV como la principal de un monasterio bizantino. El exuberante jardín amurallado en que se levanta la dota de mucho encanto, y los maravillosos frescos que cubren por entero las paredes son de los más completos que se preservan en Tesalónica.

Seguimos subiendo por Ano Poli hasta llegar al diminuto y escondido Monaterio Latomou, cuya iglesia data de final del siglo V y alberga un mosaico maravilloso y complejo, considerado el más importante de la ciudad: la Visión de Ezequiel.

Desde aquí, un corto paseo nos conduce al Monasterio de Vlatadon, el único de los monasterios bizantinos que permanece activo, y a los restos de la muralla de la ciudad. Ambos son miradores excepcionales, y Gizmo les dio sin dudar el sello de calidad “Atalaya”.

GIZMO TE CUENTA

¡Tesalónica me encantó!

Mezedes, kebabs, calamares rellenos, pilaf de mejillones, saganaki con camarones, bougatsas rellenas de queso o galaktompourekos fueron algunos de los platos que probamos y que hicieron que la barriguita estuviera super feliz todo el viaje. Todo acompañado siempre de un vasito de ouzo… ¡o dos!

También saqué mis conclusiones sobre el arte bizantino, y que pueden resumirse en lo siguiente: ¡el arte bizantino es super gízmico!

Tanto dorado, todos esos colores brillantes, las composiciones a base de teselas diminutas…

En la decoración de mosaicos de la cúpula de Rotonda se imitan las tumbas de Petra o la biblioteca de Éfeso, y también hay pinturas de Roma y Pompeya, y aunque el papa me explicó que era una representación de la Jerusalén celestial, ¿estamos seguros de que no había detrás la mano de un Gizmo, que pintaba y explicaba sus viajes, y que fue el precursor de todos nosotros? Por si acaso, busqué si había Gizmos dibujados en los mosaicos, las pinturas murales o los iconos. No los encontré, pero no me doy por vencido…

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