El Monte Athos es la más oriental de las tres penínsulas de Calcídica, en el norte de Grecia. A su belleza natural se añade que es el hogar de veinte espléndidos monasterios ortodoxos, los cuales ejercieron una enorme influencia en el desarrollo de la arquitectura y de la pintura religiosas, y han hecho del Monte el centro espiritual del mundo ortodoxo desde hace más de mil años.

Al mismo tiempo, el Monte Athos posee un estatuto de autonomía dentro del Estado griego que se remonta a los tiempos bizantinos y le permite mantener unos privilegios medievales, entre las cuales la prohibición de acceso a las mujeres y los niños es la más llamativa.

¡Los Gizmos Viajeros tenían que conocer un sitio así!

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El diamonitirion

Para visitar el Monte Athos se necesita un permiso (en griego, diamonitirion), que tramita la Oficina del Peregrino. Hay que tener en cuenta que sólo se permite la entrada diaria a 10 no-ortodoxos y que los permisos son por cuatro días (tres noches).

Estaba convencido de que su obtención comportaba unas agotadoras trabas burocráticas, pero debo reconocer que el trámite fue sencillo. ¡Las nuevas tecnologías han llegado al Monte Athos!

Envié un correo electrónico a athosreservation@gmail.com, con mis datos (incluyendo mi condición de no-ortodoxo) y mis fechas disponibles. En el correo, por si las moscas, dije que quería “peregrinar”, no “visitar”, “hacer turismo” o “hacer trekking”.

Me contestaron al día siguiente confirmando la disponibilidad y pidiéndome una copia escaneada de mi pasaporte, cosa que hice.

Dos semanas antes de la llegada, hay que llamar por teléfono sí o sí, pero no para superar ninguna prueba sino para confirmar la llegada y que cuentas con reserva en los monasterios donde pretendes pernoctar.

Aparte de eso, había leído que en el Monte aún se rigen por el calendario juliano, así que no me pareció de más aclarar en uno de los correos que las fechas eran según el calendario gregoriano, a lo que mi interlocutor respondió:

“IS ACCORDING WITH THE NEW CALENDAR…THE COSMIC CALENDAR…”

¡Zasca! Decidí tomármelo como una muestra de humor ortodoxo, y me quedó claro que a los monjes no les gusta que los marees, enseñanza que corroboré durante mi estancia…

Dos webs útiles: http://www.athosfriends.org y https://athosweblog.com

Dormir en los monasterios

El alojamiento en el Monte es en los monasterios, en los que hay que reservar, sobre todo si es temporada alta y se pretende pernoctar en los más populares. La estancia es por una única noche y, al igual que la manutención, gratuita (se puede hacer una donación).

Con los cuatro días de duración del permiso, y si se quiere hacer senderismo, es inviable visitar todos los monasterios, así que decidí centrarme en los de la mitad sur del monte. Había leído que tanto los bosques como la costa eran más hermosos y agrestes que los de la mitad norte y quería visitar los monasterios de Simonos Petra y de la Gran Laura.

Envié un correu electrónico a Simonos Petra, San Pablo y de la Gran Laura. En los tres me confirmaron la reserva; en los dos últimos tardaron una semana.

Recorriendo el Monte

El día antes de la entrada al Monte, tomé en Tesalónica el primer autobús a Uranópolis, el pueblo desde donde zarpan los barcos que llevan a los monasterios del lado occidental.

Puesto que pretendía salir con el primer barco, que había leído que zarpaba a las 6:30, en Uranópolis fui directo a la oficina a recoger el permiso, pero me contestaron que sólo los entregan ¡el mismo día de la entrada! Podría haber pasado más tiempo en Tesalónica y haber llegado a Uranópolis, que es un resort sin interés, a última hora de la tarde, pero al menos Gizmo aprovechó para hacer tal acopio de provisiones que ¡parecía que se avecinaba una hecatombe zombi!

Volví a la mañana siguiente a las 7, pagué los 35 euros del diamonitirion y me dirigí al puerto. No había reservado billete y me interesaba salir con el speed boat de las 8:30 y que llega a Dafne, el principal puerto, en menos de una hora. La alternativa es el ferry que sale a las 9:40, que para en todos los monasterios, y que llega a Dafne pasado mediodía.

Conseguí plaza y ese trayecto me deparó la primera visión, lejana, de algunos de los monasterios, entre ellos, Xenofontes y Agios Panteleimon, que espero visitar un día.

Llegamos a Dafne y algunos de los pasajeros alquilamos un minibus rumbo a Karyes, la capital del Monte, en el centro de la península. En el Monte no hay cajeros, por lo que hay que llevar en efectivo todo el dinero que se prevea necesitar.

De Karyes uno no se puede ir sin visitar la iglesia del Protaton, del siglo X y con maravillosas pinturas murales interiores de Manuel Panselinos. A sólo 500 metros de Karyes se encuentra Koutloumoussiou, el primer monasterio de los que visité, aunque sólo el patio, fundado en el siglo XIII y que prosperó gracias a la protección de gobernantes valacos.

Detrás del monasterio parte el camino que, serpenteando a través de hermosos bosques inalterados desde hace siglos, en tres horas lleva a Filotheou. Cuando por fin aparece el monasterio, coronando una loma desde la que cae una pequeña cascada, la visión es encantadora.

Los monjes tuvieron la amabilidad de abrir el catholicon para que pudiera disfrutar de las pinturas al fresco con motivos del paraíso, el infierno y el purgatorio que decoran las paredes.

Filotheu presenta el trazado típico de los monasterios del Monte: una fortificación, en este caso cuadrada, aunque las hay también rectangulares o trapezoidales, flanqueada por torres defensivas, en cuyo centro se levanta, exento, el catholicon. El monasterio y su entorno son absolutamente bucólicos, y me alegré de haber decidido acercarme, a pesar de que ninguna de las fuentes que consulté lo destacaba.

De Filotheou tenía que llegar a Simonos Petra antes de la puesta de sol, cuando los monasterios cierran sus puertas. Con la ayuda de un monje me situé en el camino correcto (lo más complicado siempre me pareció, una vez se llega a un monasterio, dar con el camino que te conduce a tu siguiente destino), pero al cabo de una hora, los caminos y los cruces empezaron a divergir con los de mi mapa, que había comprado a través de www.filathonites.org

Si se pretende visitar monaterios interiores o cruzar de una costa a la otra a pie, creo que un buen mapa es imprescindible y, en cualquier caso, hay que asegurarse que se dispone del nombre de los monasterios en griego, puesto que la mayoría de las señales están en este idioma únicamente. Los monasterios de la costa están bien señalizados.

Sin apartarme nunca del camino principal, seguí mi marcha, aunque a medida que pasaba el tiempo, me convencía de que me había perdido y confié en que el camino principal acabaría conduciéndome a algún sitio, el que fuese.

Entonces, un estruendo. Lo primero que pensé fue en truenos anunciando tormenta, y ahí sí maldije mi suerte porque me hacía puñetera gracia que una tormenta me pillara perdido en medio del bosque. Pero no… Al doblar una curva, apareció el causante de tal estruendo: ¡un enorme camión! El conductor se apiadó de mí y me condujo 15 minutos hasta un desvío que señalaba, a un lado, Simonos Petra y, al otro, Karyes. Lo localizé en el mapa: ¡resulta que había ido por el camino correcto todo el tiempo!

Simonos Petra

Desde este desvío, que bordea la costa, es imposible perderse, y en un par de horas llegué a Simonos Petra, el monasterio más espectacular del Monte: de un barranco arbolado de casi 300 metros emerge una especie de pedestal rocoso y, de él, surge el monasterio, una estructura imponente de siete pisos, con filas de fantásticos balcones apuntalados por soportes de madera y que parecen desafiar a la gravedad. Si se llega desde el norte, el monasterio aparece enmarcado además por la misma montaña que da nombre al Monte, que se ha hecho visible poco antes, cuya cima está siempre nevada, y, abajo, las brillantes aguas del Egeo. ¡Una visión que no olvidaré nunca!

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El monje hospedero me acompañó a mi habitación y me indicó los horarios de las misas y de las comidas. En el cuarto había otras camas pero esa noche dormí solo.

Me di una ducha y llegué a misa una vez comenzada, aunque en el servicio ortodoxo la gente entra y sale todo el tiempo. Al acabar, nos dirigimos al comedor, donde cenamos un plato de verduras (todos los monjes son vegetarianos).

Después de la cena, algunos monjes y huéspedes se instalaron, por parejas, en miradores a lo largo del camino de entrada, supongo que en una especie de confesión, aunque la visión del monasterio a la luz del ocaso, que dotaba de matices dorados a la piedra, no predisponía a ahondar en las miserias de uno sino a disfrutar en silencio de la belleza y la quietud del lugar. ¡Incluso Gizmo parecía sumido en un estado de contemplación total! Hubiéramos podido pasar horas así, pero el día había sido largo y había que descansar.

Para salir de Simonos Petra hay que tomar el camino al embarcadero, que ofrece otra perspectiva del monasterio, con todos sus pisos y sus filas de balcones, y con las terrazas sembradas que descienden por el barranco. A medio camino está el desvío que lleva a Gregoriou, el primero de los tres monasterios de ese día. El camino sube y baja todo el tiempo y desde algunas crestas es posible avistar el monasterio al que te diriges, aunque eso no significa que la llegada sea inminente, pues la costa es escarpada y hay que sortear cañones y pendientes.

El camino de Simonos Petra a San Pablo no tiene pérdida y, a pesar de ser uno de los tramos más bellos, me llamó la atención la escasez de senderistas; la mayoría opta por el ferry o los buses para desplazarse entre monasterios.

Construido sobre una roca por encima del agua, Gregoriou es uno de los monasterios más pequeños. Se extiende en torno a dos patios y lo visité por libre, sin que ningún monje me solicitara el diamonitirion (ni en éste ni en ningún monasterio), y seguí caminando hasta Dionisiou, también sobre una roca, en este caso 80 metros por encima del mar. Aunque el espacio interior es escaso, no sólo cuenta con catholicon sino también con varias capillas, muchas de las cuales tienen las paredes pintadas.

Me sumé a un grupo para el que se había abierto el catholicon porque quería contemplar los iconos y las paredes pintadas por representantes de la escuela cretense. La suerte de entrar con un grupo es que les abrieron el estuche de oro que contiene la reliquia más famosa del monasterio: la mano derecha de Juan el Bautista; la “desgracia” es que me apremiaron para que también la besara.

San Pablo

San Pablo, el monasterio donde iba a pernoctar, está construido junto a un torrente, a veinte minutos a pie de la costa. Poco antes de llegar, el camino baja hasta una encantadora playa de piedras, que me hizo acordarme que Robert Byron, en su libro sobre el Monte Athos, cuenta que siempre que llegaba a un monasterio, lo primero que hacía era darse un chapuzón. Después de tantas horas caminando y sorteando desniveles, hubiera sido glorioso darse un baño en aquella espléndida playa, pero esta práctica lleva años prohibida en el Monte.

Tuve que esperar casi dos horas a que llegara el monje hospedero pero se nos agasajó a los visitantes con delicias turcas y ouzo. Me proporcionaron un cuarto para mí solo.

Después de la misa, me puse en la fila para ocupar mi puesto en el comedor, cuando un monje me agarró del hombro, me indicó que lo siguiera y me hizo sentar en una mesa apartada, yo solo, y en la que no había más que agua y pan.

La verdad es que fue un momento un pelín humillante… Mientras meditaba en cómo unas discusiones de hace mil años sobre si el Espíritu Santo procedía del Padre o también del Hijo, o sobre si la Inmaculada Concepción de la Virgen María fue estricta o, por el contrario, María se embarazó después de haber hecho lo que hacen todas las mujeres pero, posteriormente, fue purificada al descender sobre ella el Espíritu Santo; meditaba, digo, en cómo este tipo de discusiones habían provocado un cisma entre Oriente y Occidente que, a la larga, había sido determinante en la caída del imperio bizantino; y cómo más de mil años después estas discusiones aún comportaban que a una persona se la apartase como si padeciese una enfermedad contagiosa y no se le diese de comer como a los otros; meditaba en todo esto, digo, mientras distraídamente despedazaba mi mendrugo de pan, cuando el anciano monje a cargo del comedor reparó en mí, entendí que me preguntaba si no tenía comida, con señas le indiqué que lo que veía era lo que me habían servido, desapareció para volver al cabo de un momento con el plato principal que comían todos, que era una tortilla de patatas y verduras.

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Este venerable anciano se convirtió de esta manera en mi segundo ángel de la guarda en el Monte Athos, junto con el camionero del día anterior, aunque un fanatismo latente siguió persiguiéndome a lo largo de la tarde. Si preguntaba: “¿Cuál es el camino al monasterio de la Gran Laura?”, la primera respuesta era: “¿Eres ortodoxo o no-ortodoxo?”. Si preguntaba: “¿A qué hora es la misa de la madrugada?” o “¿A qué hora parte el ferry?”, mi interlocutor me miraba y contestaba: “¿Pero eres ortodoxo o no-ortodoxo?”. ¡¿Acaso la respuesta variaba en función de mi credo religioso?!

Para cuando me acosté, ya había decidido que regresaría a Tesalónica al día siguiente: todas las personas con las que hablé me habían advertido que era peligroso acometer solo la caminata al monasterio de la Gran Laura, que además era muy larga. Yo sigo creyendo que es factible intentarlo pero lo cierto es que me había desanimado la hostilidad detectada en San Pablo y ansiaba volver a la tolerancia de la gran ciudad.

El ferry de regreso a Dafne, que para en los puertos de todos los monasterios, ofrece unas vistas maravillosas de todos ellos desde el mar, y es un complemento perfecto a la excursión a pie, que me reconcilió con el sitio, al que decidí que volvería en otra ocasión, con mejor ánimo.

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GIZMO TE CUENTA

Cuando, en nuestro primer día en el Monte Athos, llegamos al monasterio de Simonos Petra, estábamos reventados. El papa Javi porque había caminado más de 20 kilómetros. Yo, porque asomado a la mochila, le había estado dando instrucciones del camino a seguir. ¡Y encima luego me acusa que nos perdimos por mi culpa! Todo porque, mientras rebuscaba entre las chocolatinas, cambié de mapa sin darme cuenta…

Estábamos agotados pero ante la visión del monasterio, que emergía de una roca en lo alto de un barranco, me froté los ojos, maravillado, y quise aplaudir, como cuando en Valencia te traen una paella muy rica. ¡Y yo que pensaba que en construcción de atalayas nadie superaba a los Gizmos!

Me desperté de madrugada y salí a investigar. En el silencio de la noche, distinguí unas sombras negras que entraban en la iglesia. Dentro, la escasa luz de las velas, el fuerte olor del incienso, el repetitivo tono de las oraciones… ¡ideal para echarse una siestecita!

Con el fin de la misa me desperté y seguí a los monjes y a los peregrinos al comedor. Sé que los monjes son excelentes pasteleros, y me preguntaba ansioso con qué postre nos deleitarían para desayunar. Destapé la bandeja y descubrí… ¡¿acelgas?! ¡¿un mini boquerón ahumado?! Menuda decepción, menos mal que cargué mi mochila con chocolatinas y dulces, si no, el papa Javi se iba a enterar…

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