“Reino de las Nieves Eternas”, “Techo del Mundo”… el Tíbet es un país inexistente envuelto en el misterio y alejado del mundo, tanto física, situado al pie de los Himalaya, como figuradamente, primero, por el aislamiento del férreo gobierno teocrático de los lamas y, a partir de 1950, del gobierno chino.

Sus soberbios paisajes y su riquísimo patrimonio cultural son la recompensa tras sortear las trabas burocráticas y soportar alguna que otra incomodidad. Tal vez no sea un destino para todos, pero el viaje al Tíbet es uno de los más memorables que se pueden emprender.

¿Las razones de los Gizmos? Varias, la más importante: su afición a subirse a lugares elevados (conquistado el Everest, ahora no paran de hablar del Chimborazo). Otras, el divertidísimo nombre del Palacio del Potala, su rotunda afirmación de que son pequeños bodhisattvas y nosequé confusa historia sobre su árbol genealógico y un primo lejano que vive por allí.

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AGENCIA

A fecha de hoy, el Tíbet pertenece a China, concretamente, es una SAR (Región de Administración Especial) que abarca una parte de lo que fue el territorio histórico del país.

Dada esta “singularidad”, no es posible el viaje independiente. Es necesario contratar los servicios de una agencia que te proporcione guía y conductor, y que gestione los permisos para moverse por el país.

Eso no significa que el viaje deba hacerse en grupo (en nuestro caso fue un tour privado), pero sí que el itinerario debe estar cerrado, ya que al parecer los permisos van por zonas.

La exigencia de esta escolta afecta a los desplazamientos por carretera y a las zonas rurales. En las ciudades de Lhasa, Gyantse y Shigatse se puede pasear libremente, si así se desea.

Contratamos el tour con una empresa nepalí, Tibet International Travels & Tours. Nos decidimos por ella porque, en caso de finalmente no poder viajar al Tibet (un cambio repentino en la política administrativa china, por ejemplo), ofrecía una alternativa en alguno de los otros países en que opera.

La valoración de esta agencia no fue positiva, y no la recomendaríamos:

  1. Tiempo de respuesta antes de pagar: 24h. Tiempo tras realizar parte del pago: 7-10 días.
  2. Solicitamos con meses de adelanto el traslado en tren Chengdu-Lhasa. Nos aseguraron que no habría ningún problema. Unas pocas semanas antes resultó que no habían conseguido los billetes y acabamos desplazándonos en avión.
  3. Cuando salimos de Barcelona, todavía no teníamos los permisos de entrada al Tíbet; llegaron al hostal de Chengdu el día antes de tomar el avión a Lhasa.
  4. ¡SORPRESA! Esta empresa no presta el servicio directamente sino que subcontrata a una empresa tibetana, Tibet Tashi Delek International Travel and Tours, cosa que en ningún momento se nos precisó.
  5. El guía asignado era un vago integral con comentarios del nivel de “Todos los monasterios son iguales, pero están en diferentes sitios”. Nos daba las entradas en la puerta de cualquier sitio y desaparecía. 
  6. El conductor, un “cuñao” cafre con ganas de protagonismo.
  7. Al llegar a la frontera con Nepal, descubrimos que la carretera había desaparecido hacía unas semanas, es decir, antes de salir de España. Mientras que otras agencias habían avisado a los clientes y les habían ofrecido la cancelación del viaje, nosotros descubrimos allí mismo que las alternativas eran o más de 8 horas caminando por las montañas o un trayecto en helicóptero de 250 euros por persona. Tendréis que llegar al final del relato para saber cómo lo solucionamos…

Ahora, unos cuantos viajes después, nos reímos, pero inmersos en la situación puede resultar un poco desagradable. Por tanto, nuestros consejos básicos:

  1. Recabad toda la información posible sobre la agencia antes de realizar cualquier pago. 
  2. Contratad agencias que trabajen sobre el terreno y tengan personal y medios propios. Evitad los intermediarios.
  3. Llevad siempre impresa la última versión oficial de vuestro itinerario con todos los detalles posibles de los servicios y alojamientos contratados. 
  4. Tened un teléfono a mano para llamar al “jefe” cuando sea necesario.
  5. Y nunca dejéis QUE NADIE ESTROPEE LA MARAVILLOSA EXPERIENCIA QUE ES UN VIAJE.

ITINERARIO

Viajamos a principios de septiembre, disfrutamos de un tiempo soleado (excepto en el Campo Base del Everest) y buenas temperaturas (aunque si estás a más de 5.000 metros tal vez necesites una rebequita).

Nuestra ruta empezó por Lhasa y sus alrededores y siguió, básicamente, la Carretera de la Amistad hasta Katmandú.

Si visitáis la zona de Tsetang, recomendaríamos empezar por allí, puesto que queda más cerca del aeropuerto que Lhasa, y os evitareis un par de trayectos.

Día Visita Noche
1 Llegada a Lhasa. Por la tarde, paseo por la ciudad antigua Lhasa
2 Por la mañana, visita de los monasterios de Drepung y Sera. Por la tarde, visita del Templo de Jokhang Lhasa
3 Por la mañana, visita del Palacio del Potala. Por la tarde, visita del Palacio Norbulingka Lhasa
4 Monasterio de Ganden Lhasa
5 Lhasa – lago Namtso Lago Namtso
6 Lago Namtso – Lhasa Lhasa
7 Lhasa – Tsetang Tsetang
8 Tsetang – Gyantse, vía monasterio de Samye Gyantse
9 Por la mañana, visita de Gyantse y traslado a Shigatse. Por la tarde, visita de Shigatse Shigatse
10 Shigatse – Tingri, vía monasterio de Sakya Tingri
11 Tingri – Campo base del Everest (EBC) EBC
12 EBC – Zhangmu Zhangmu
13 Zhangmu – Katmandú Katmandú

Lhasa, la capital del Tíbet

La capital del Tíbet es una de las ciudades míticas en el imaginario de todo viajero y, tal vez porque somos un poco idiotas y un poco románticos, todavía nos cuesta creer que estuvimos allí y que no lo hemos soñado.

Los primeros días hay que tomárselos con calma y no tentar al mal de altura (¡3.700 metros de altitud!), así que nada de movimientos bruscos o esfuerzos físicos, a menos que seas un Gizmo y puedas corretear persiguiendo yaks.

Llegamos a media mañana con Gizmo un poco triste por no poder llevarse a casa el panda al que había abrazado (las aventuras en Chengdu quedan para otro post). Dedicamos la tarde a pasear por la ciudad antigua, el barrio mejor preservado de la capital, ya que el resto de la ciudad ha sucumbido a los desmanes urbanísticos chinos (ya sabéis, una avenida kilométrica por aquí, una inmensa plaza dura por allá…). ¡No se nos ocurre una mejor primera toma de contacto! Arquitectura tradicional tibetana, mercados, monasterios, templos, el barrio musulmán, el circuito de peregrinación alrededor del Templo de Jokhang y el imán irresistible, de día y de noche, que es el Palacio del Potala.

Los días que pasamos en Lhasa nos alojamos en el “Hotel Kyichu”; en el momento de la estancia nos pareció céntrico, limpio y cómodo.

El segundo día, aprovechando que nos gusta madrugar, nos acercarnos, por nuestra cuenta, al Templo Ramoche, a menudo llamado el “Pequeño Jokhang”.

A aquella hora de la mañana, unos pocos devotos entraban en el templo para hacer las ofrendas de incienso y comida sobre los altares, rezar a los Budas y rellenar las lámparas con la mantequilla de yak fundida que venden en termos en las puertas de los templos. Ese olor graso y ligeramente rancio forma una nube espesa que sobrevuela los oscuros monasterios y que no nos abandonaría hasta cruzar la frontera nepalí.

El templo fue construido para albergar la estatua de Sakyamuni (¡empollad un poco de budismo tibetano antes de llegar!), traída por la princesa china Wencheng, aunque unos años después esta estatua, la más venerada del Tíbet, se trasladó al Jokhang y fue sustituida por una más pequeña, traída por la princesa nepalí Bhrikutti. El Templo Ramoche es un sitio cargado de historia y tradición, y no entendemos cómo no fue designado Patrimonio de la Humanidad, junto con el Jokhang, el Potala y Norbukingka.

Desayunamos en el hotel y nos subimos al coche en dirección a los monasterios de Drepung y de Sera, en los alrededores de Lhasa. Ambos son inmensos centros monacales, pequeñas ciudades, con multitud de edificios y estancias, que llegaron a albergar a miles de monjes y a ostentar un enorme poder.

Al ser el primero que visitábamos de estos monasterios, Drepung nos impresionó por su aspecto de pueblo semi abandonado salpicado con salas de oración. En Sera coincidimos con un festival religioso, así que visitamos todo el recinto dejándonos llevar (literalmente) por la riada de peregrinos. 

De regreso a Lhasa, esa tarde visitamos el Templo de Jokhang, el lugar donde late el corazón del pueblo tibetano. Antes de entrar en el recinto hicimos el Barkhor, la kora que lo circunvala, rodeados de cientos de peregrinos que, a pie, de rodillas o en burpees demuestran su fe. El edificio es un maravilloso complejo budista del siglo VII con multitud de hermosas capillas, siendo la más importante aquella que alberga la estatua de Sakyamuni.

Por muy insensible que uno sea, estar en el interior del Jokhang rodeado por las misteriosas pinturas y las brillantes estatuas, asomarse a sus balcones y ver el Potala con las montañas al fondo, mientras a tus pies cientos de personas dan vueltas y vueltas, te hace sentir una alienación digna del mejor síndrome de Stendhal tibetano (o tal vez sea la falta de oxígeno).

Al día siguiente nos aguardaba uno de esos monumentos que justifican un viaje de miles de kilómetros, uno de los edificios más impresionantes y originales que hemos visto nunca: el Palacio del Potala.

Visto desde la horrorosa plaza a sus pies, blanco y rojo sobre cielo celeste, el Potala sobrecoge por su poderío físico (¡es una montaña!) a la vez que parece querer instalarse ingrávidamente en el firmamento.

Residencia de invierno del Dalai Lama desde el siglo VII, símbolo eterno del budismo tibetano a pesar de los intentos chinos de reducirlo a museo. Encaramado armónicamente en una colina, cuenta con trece pisos y más de mil estancias repartidas entre el Palacio Rojo, que se reservaba para la actividad religiosa y en el que destacan las capillas ornamentadas con mándalas y tumbas de líderes tibetanos, y el Palacio Blanco, el área residencial.

El acceso lo hicimos a pie, a través de escalinatas, y resulta más duro de lo que parece, por eso no es recomendable llegar a Lhasa y querer visitarlo, es mucho mejor estar aclimatado. Según nos contó el guía, la visita, que sigue un itinerario lineal, puede durar como máximo dos horas, bajo pena de multa en caso de sobrepasar el tiempo permitido (y ser descubiertos).

Por la tarde, tocaba ir al monasterio de Ganden, pero nuestro conductor olvidó un permiso y tuvimos que improvisar una visita por nuestra cuenta al Palacio Norbulingka, residencia de verano del Dalai Lama, construida en el siglo XVIII, con unos bellísimos jardines. Las otras atracciones del parque, entre ellas un zoológico, no valen la pena.

Al salir de Norbulingka, volvimos al hotel a pie, siguiendo un paseo recomendado por la Lonely Planet basado en el principal sendero de peregrinación (o kora) de la ciudad, el Lingkhor. Este paseo te lleva por sitios que no son imprescindibles pero que ayudan a tener una perspectiva más completa de la ciudad, como paredes de roca tallada y pintada, enormes chorten, recoletos monasterios y conventos, el principal mirador del Potala o la cueva que se supone fue el retiro de meditación del rey Songten Gampo.

Aprovechamos nuestro cuarto día en Lhasa para, esta vez sí, acercarnos al monasterio de Ganden, a unas dos horas, y junto con Drepung y Sera, el principal de la orden geluk, cuyo fundador está enterrado en uno de los recintos. El monasterio, como tantos lugares en el Tíbet, fue arrasado durante la Revolución Cultural y reconstruido posteriormente, en el mismo estilo original.

Artística y arquitectónicamente, el lugar es impresionante y justifica la visita por sí mismo, pero recomendamos absolutamente realizar la kora, con preciosas vistas del valle, ya que el enclave es una maravilla paisajística.

De vuelta en Lhasa, esa tarde realizamos la kora del Potala (¡a estas alturas, nos habíamos propuesto batir el récord de koras realizadas!) y que, además del interés de observar a los ancianos peregrinos (¿centenarios o milenarios?), permite disfrutar del Palacio desde diferentes ángulos. Al día siguiente, nos esperaba un paso de montaña y dormir a la orilla de un lago, así que dejamos a Gizmo descansar (meditar según él, roncar según nosotros) y nos preparamos para salir de la ciudad.

Antes de cerrar la parte dedicada a Lhasa, una breve reflexión sobre la ciudad más allá de monasterios y demás espiritualidades. Si bien en algunos rincones puedes saborear un aire diferente, en esencia estamos en una ciudad china de provincias con influencia del turismo occidental. Durante nuestra visita encontramos desde restaurantes absolutamente locales (a los chinos les encanta salir), donde entender la carta o atreverte con ella era todo un desafío, hasta antros para mochileros pasando por algún que otro espacio con intentos de sofisticación (ya sea un hotel-boutique o una cafetería hipsterizada).

Otro ejemplo de lo divino y lo humano son las calles que convergen en el Jokhang, repletas de tiendas de recuerdos baratos o talleres de tankhas “artesanales al por mayor”. Ojalá nos equivoquemos, pero después de visitar diferentes rincones de China, parece que Lhasa está condenada a sufrir esa esperpéntica homogeneidad del comunismo-capitalista de la China actual.

(Viaje realizado a principios de septiembre de 2014)

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