Namtso, el lago celestial

Mientras preparábamos el viaje al Tíbet, nos fascinaban las fotografías de los lagos tibetanos que encontrábamos en internet, hasta el punto que decidimos ir a ver una de esas maravillas con nuestros propios ojos. Elegimos el Namtso (o lago Nam); dejamos para otro viaje el Manasarovar.

El lago dista casi 250 kilómetros de Lhasa, con lo que es imposible ir y volver el mismo día; pensad que no se circula por autopistas, sino por carreteras repletas de curvas con ascensiones a puertos de montaña. Además, al estar a 4.700 metros de altura (1.000 por encima de Lhasa), una visita “rápida” no es físicamente recomendable.

El punto más alto del trayecto es el paso de Laeken, a 5.200 metros, un lugar nevado y rebosante de banderas de oración, algunas de ellas cargadas de buen rollo y deseos gízmicos que el viento del Himalaya distribuye por todo el planeta. En un día despejado, desde esa atalaya, al fondo, aparece el Namtso, ¡una visión inolvidable!

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Namtso se traduce como “lago celestial”, y el nombre no puede ser más exacto; sus aguas oscuras reflejan el azul límpido del cielo y el negro y blanco de los picos perpetuamente nevados que lo circundan. Además de bello, el Namtso ha sido durante siglos destino de los peregrinos tibetanos y, por ello, se lo considera uno de los lagos sagrados del Tíbet.

El lugar donde nos alojamos era lo más parecido a un pueblo fronterizo de película del Oeste. Un lugar desolado con una docena de barracones de diferentes tamaños levantados en un barrizal; entre las “edificaciones”, letrinas al aire abierto o en infectas cabinas de plástico. ¡Olvidaos de eso y centraos el lago!

Hay que disfrutar de la sensación de espacio abierto, las enormes extensiones de los prados de los alrededores, cielo infinito y montañas que casi lo alcanzan. Un mar (el lago es salado) rodeado de cuevas de ermitaños y tiendas de pastores. Pasead por la orilla esquivando a los yak mientras se desvanece el día y Gizmo empieza a reclamar la cena.

Al amanecer, desafiar el frío, trepar (con pasos pequeños) la roca que protege el campamento y disfrutar de la salida del sol, antes de volver a Lhasa.

Tsetang, la cuna del Tíbet

Nuestra idea original era llegar a Lhasa en tren desde Chengdu. Si bien este trayecto dura casi 48 horas, se trata de la línea ferroviaria más alta del mundo, una de las proezas de ingeniería a la que son tan dados los chinos en la actualidad, y creemos que algo digno de vivir.

Al fallar este plan, decidimos aprovechar los días libres para visitar el valle de Yarlung, considerado la cuna de la cultura tibetana, ya que fue desde aquí que los primeros reyes tibetanos unificaron el país en el siglo VII. ¡No pudimos tomar mejor decisión!

La ciudad de Tsetang es un importante centro administrativo y militar chino que cuenta con un pequeño barrio tibetano por el que vale la pena deambular un par de horas entre viviendas y pequeños monasterios.

Los principales lugares de interés están en los alrededores, siendo los más destacados, en nuestra opinión: el templo Traduk, uno de los doce templos construidos por el rey Songtsen Gampo en el siglo VII (interesante pero no memorable), el Yumbulagang y el monasterio Samye.

El Yumbulagang fue el primer palacio construido por el primer rey tibetano en el siglo II. Es un edificio pequeño encaramado a la cresta de una montaña que domina el valle. El lugar vale la pena no por el edificio, mayoritariamente reconstruido, ni por su interior, que contiene diversas estatuas de Budas y reyes, sino por su situación y la belleza del entorno. Nos pareció un lugar especial.

El paisaje nos tuvo siempre con la boca abierta y a Gizmo pegado al cristal de la furgoneta para no perderse detalle. En esta ocasión fueron las dunas, ¡sí, dunas!, a lo largo de las orillas del río Yarlung, fruto de un fenómeno de desertificación. Y es que el equilibrio ecológico de la región del Tibet es muy particular y ha sufrido diferentes cambios relativamente recientes.

Atravesando ese sorprendente arenal llegamos al monasterio de Samye, un punto imprescindible en el viaje. El que fue el primer monasterio budista del Tíbet (s. VIII) combina elementos tibetanos, chinos e indios, y su arquitectura representa la cosmovisión budista (mandala). Antes de entrar, vale la pena subir la colina donde, según la leyenda, el gurú Rimpoche, bajo cuya influencia se fundó Samye, venció a los demonios y pudo introducir el budismo. Gizmo ya estaba preparado para luchar con cualquier ser sobrenatural que le cortase el paso, pero lo único encontramos fueron las increíbles vistas del monasterio, la muralla circular que lo rodea y los montes que lo protegen.

Como veis en nuestro viaje al Tíbet, además de realizar todas las koras que pudimos, dimos rienda suelta a nuestra afición a subir toda colina, escalera, tejado o chepa que brindase buenas panorámicas.

Gyantse y Shigatse

Uno de los trayectos más espectaculares que hemos recorrido nunca es el de Tsetang a Gyantse, que pasa, en el curso de un mismo día, de las dunas en los alrededores de Samye a los glaciares perpetuos de los puertos de Kora La (5.010 metros) y Kamba La (4.794 metros), con parada en el lago Yamdrok, otro de los más bellos del Tíbet, del que se dice que tiene forma de escorpión.

No todo el mundo recomienda pernoctar en Gyantse, al menos si se ha salido de Lhasa ese día. Nosotros sí lo hacemos. Se trata de un pueblo que ha sabido conservar su arquitectura tradicional de casas encaladas por las que vale la pena dar un paseo matutino. También nos hubiera gustado ascender hasta las ruinas de la antigua fortaleza, pero un malentendido (por llamarlo de algún modo) con nuestro guía lo impidió.

Así que nos dirigimos al monasterio Pekor Chode, que contiene el inmenso chorten (o estupa) Kumbum, el mayor del Tíbet, una espectacular construcción con varios pisos y numerosas capillas adornadas con estatuas y pinturas murales.

Subir los diferentes pisos de la estupa y descubrir todas sus capillas es una experiencia fantástica, y mejora si llevamos una linterna de bolsillo un poco potente, chisme por lo demás muy útil si se tiene que visitar una letrina en mitad de la noche…

De Gyantse hay un breve trayecto a Shigatse, presidida por el monasterio Tashilhunpo, sede del Panchen Lama, la segunda autoridad religiosa del país (según quién te lo cuente, un títere del gobierno chino). El conjunto es inmenso, de nuevo una ciudad-dentro-de-la-ciudad, con cantidad de edificios y dependencias, capillas, templos, chortens y relicarios, destacando la gigantesca estatua en bronce dorado del Buda Maitreya.

La kora que circunvala Tashilhunpo es una de las más célebres del país. Discurre por la parte trasera del monasterio y ofrece bonitas vistas de la ciudad y de la antigua fortaleza, un proto-Potala. Todo esto, por nuestra cuenta, ya hemos explicado que el guía se dedicaba a entregarnos las entradas de los sitios y darse el piro lo antes posible…

Ah, en Shigatse, si pretendéis llegar al campamento base del Everest, tal vez sea la última vez que podréis daros una ducha en un par de días, ¡así que aprovechad!

El campamento base del Everest

Camino del campamento base del Everest hay que desviarse a Sakya, una peculiar población con casas pintadas de gris y adornadas con rayas rojas y blancas. El punto de interés aquí es (¡sí, habéis acertado!) el monasterio, uno de los mayores del Tíbet y que, a causa de la influencia arquitectónica mongola, se asemeja a una fortaleza, con murallas y torreones; su arquitectura y sus colores lo hacen inconfundible. Si durante todo el viaje encontramos pocos turistas, en Sakya éramos los únicos que deambulábamos por el recinto entre monjes y novicios que nos miraban con curiosidad.

Un viaje se hace con todos los sentidos y en este caso el recuerdo que nos llevamos fue para el oído. Mientras entrábamos y salíamos de las capillas, el cielo empezó a cubrirse y se levantó un fuerte viento. Nubes grises en el cielo, muros grises en la tierra, ulular del viento entre los edificios, chirriar de las ruedas de oración en los patios, tintineo de las campanillas colgadas en los aleros de los templos y una nota grave, profunda, como el ronquido de un gigante. Gizmo, con las orejitas en punta mirando para todos lados un poco asustado, hasta que descubrimos el origen en una de las esquina de la muralla. Un grupo de jóvenes monjes hacían sonar las inmensas tubas tibetanas, no sabemos si practicando para alguna ceremonia o, como habíamos leído, para alejar a las nubes y la tormenta. Feliz coincidencia y otro recuerdo precioso para atesorar.

Después de esa experiencia, volvimos a los problemas puramente terrenales… Lo habitual es que antes de tomar el desvío al campamento se pernocte en una guesthouse en Tingri. Si no sois demasiado escrupulosos no tendréis problemas; si dormir en una habitación de abobe con peligro de derrumbe y cagar en un agujero no es lo vuestro, aseguraos bien del alojamiento en que pretenden instalaros.

Duermas donde duermas, despertarte a los gritos de “!Atalaya! ¡atalaya!” mientras una pequeña bola peluda te salta sobre el pecho, puede ser un poco estresante. Pero cuando consigues calmarlo, te das cuenta que en pocas horas verás la montaña más alta del planeta, y eso te deja sin palabras.

Iniciamos el ascenso hacia el campamento base vía el monasterio Rongbu, famoso por las vistas de la montaña. Sobra decir que a cada metro, desearías detener el coche para tomar fotos del paisaje. Nos impresionaron las zonas sin vegetación y los inmensos pedregales formados durante el deshielo. También, y es muy triste, la cantidad de basura a lo largo del camino. No podemos entender qué hay dentro de la cabeza (si hay algo) de quien, atravesando ese paraje, encuentra normal tirar una botella por la ventanilla…

El campamento base consiste en un montón de tiendas semi-permanentes que sirven como alojamientos, restaurantes, tiendas de recuerdos y viviendas de las familias que las dirigen. Es el lugar al que llegan los vehículos con los turistas; más allá es necesario utilizar un servicio de autobús.

Al llegar, nos dicen que las nubes tapan la cima pero que en un par de horas se disiparán y entonces iremos al mirador. En un par de horas está diluviando bíblicamente, y no cejará en todo el día. Nos metemos en la tienda que nos han asignado y en la que más tarde también instalarán a unos jóvenes turistas chinos.

Pasamos la tarde leyendo. Con la caída de la noche, deja de llover y salimos a estirar las piernas. Detrás de las tiendas, la oscuridad es total. Hay un par de letrinas a las que a estas alturas es mejor no acercarse, distinguimos algunas sombras haciendo sus necesidades en medio de la nada, el sitio empieza a llenarse de perros, nos volvemos a la tienda. Tal vez no sea el lugar inspirador que esperábamos…

Por la mañana, madrugamos lo más que podemos (a nuestro guía no le gusta madrugar y la negociación es ardua) y tomamos uno de los primeros shuttles al mirador. Por culpa de alguna nube cabrona, las vistas de la cara norte del Everest no están cien por cien despejadas, pero ¿a quién le importa? ¡Estamos a 5.200 metros! Y sí, hay señal de teléfono, así que puedes hacer lo típico que te ha dicho tu madre: “Cuando llegues al Everest, llama”.

Camino de Katmandú

Superada la ligera decepción del campamento base (aun así, ¡vale la pena!), el trayecto a Zhangmu nos depara dos maravillas naturales difíciles de olvidar.

La primera, el mirador en el que, en días despejados, se divisa no sólo el Everest, sino otras cuatro montañas cuya altitud supera los 8.000 metros: Mt. Malaku, Mt. Lhotse, Mt. Cho Oyu y Mt. XiXiaBangMa

La segunda es que, pasado este punto, empezamos a descender, dejando atrás las zonas rocosas sin vegetación, hasta desembocar en una profunda garganta de exuberantes bosques nubosos y cascadas, ¡algunas de las cuales caen a la mismísima carretera!

Zhangmu es una población de frontera sin más atractivo que disponer de baños y camas de verdad después de un par de días en un nivel de confort digamos precario. Fue durante la cena, hablando con unas turistas españolas, cuando descubrimos la situación de la carretera hasta Nepal, cortada por importantes desprendimientos. Así que corrimos a llamar a la agencia, que nos aseguró que no había nada de que preocuparse.

Al día siguiente, cruzamos a pie el Puente de la Amistad, que sortea el río que divide China y Nepal. Un representante de la agencia nos aguardaba al otro lado y, tras superar la burocracia nepalí (un señor milenario apuntando con plumilla los nombres en un libro de registros), nos planteó las alternativas de que disponíamos: helicóptero o pata. 

Optamos por esta última, embarcándonos en una odisea inimaginable con destino en la maravillosa ciudad de Katmandú.

En diez minutos de coche llegamos a lo que parecía la población más cercana. Lo primero, contratar un porteador para las mochilas (la más sabia de las decisiones); lo segundo, empezar a caminar y caminar y caminar.

Cuando Gizmo sacó la cabeza de la mochila, no lo dudó dos veces: se encasquetó su sombrero de Gizmo Jones y empezó a tararear la banda sonora de John Williams. El camino, transitado por cientos de nepalís de todas las edades cargados de fardos imposibles, subía y bajaba en medio del barro. El primer puente colgante a base de cuerdas de precario equilibrio fue emocionante, el segundo, mosqueante, y cruzar un par de troncos puestos por el ejercito sobre un torrente llegó al nivel de aterrador. Pasamos por el corrimiento principal de tierras: había arrasado una aldea, dejando decenas de víctimas.

El tipo de la agencia nos acompañaba colgado al móvil y cada 30 minutos nos decía que el coche nos esperaba un poco más allá de lo previsto… en aquellas curvas, en la subida que se ve entre esas montañas, en aquel valle… pero cuando llegábamos allí, encontrábamos desprendimientos o agujeros en la carretera.

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Seis horas más tarde, cuando el barro y el sudor habían formado una pasta densa que nos cubría enteros, llegamos al coche y, de allí, casi una hora más descendiendo el valle de Katmandú.

No sabemos qué pensaron las recepcionistas del hotel cuando llegamos pero, por sus caras de horror, no debíamos de tener muy buena pinta. Nos rodearon en batallón armadas de toallas húmedas y zumos frescos. ¡Nunca nos habíamos alegrado tanto de llegar a una ciudad!

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Gizmo te cuenta

Misioneros medievales, embajadores imperiales, viajeros intrépidos, escaladores, Tintín… el Tibet ha atraído a tantísima gente… ¡los Gizmos Viajeros teníamos que ir a un país lleno de misterios y con la cima más alta del mundo!

En las visitas a los monasterios, mientras los papas daban vueltas entre estatuas de budas y pinturas de colores, me propuse averiguar si era cierto que los lamas son poderosos magos que pueden hacer que la lluvia se aparte (con el agua se nos riza el pelito) o que las copas de cerveza vuelen de mano en mano (los papas nunca nos dejan beber). 

Los monjes me explicaron que parte del secreto consiste en meditar (¡bien! los Gizmos meditamos-dormimos un montón) y en una dieta a base de té de mantequilla y carne de yak (¡no tan bien!). Aún estoy pensando qué hacer…

Sí aprendí los fundamentos del lung-gom, una técnica que permite avanzar a una gran velocidad y recorrer las extensiones de la llanura tibetana o escalar los altísimos picos del Himalaya en tiempo récord.

Los monjes decían que mi forma redondita me ayudaba a rebotar cada vez que tocaba el suelo, pero lo decían entre risas, no sé si es un elogio o se escapan cachondeando. Yo le di un mordisco a uno, de forma preventiva.

Me lo estaba pasando en grande en el viaje, pero por fin llegamos allí donde tenía que probar mis nuevas habilidades: el campamento base del Everest. Esperé a que los papas roncaran y empecé a lungomizar. ¡Alcancé la cumbre en el tiempo que tardo en comerme una caja de bombones (lo sé porque me llevé una para el camino).

Si os creéis que subí sin ningún objetivo os equivocáis. Nuestro primo el Yeti vive allí. La gente es muy mala y lo llama “abominable”, pero no lo conocen de verdad; es alto, peludito y un poco tímido. Nos pusimos al día y lo invité a visitarnos cuando quisiera.

Durante el descenso, pensé en las montañas altísimas y los lagos como espejos, en todos los sitios increíbles que había visitado, y deseé que los humanos sean capaz de inspirarse en toda esta belleza y dejen de comportarse como gremlins.

De vuelta a casa, llené la Atalaya de banderas de plegaria… ¡son de colores y dan buen rollo!

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