Blyde Canyon y Satara

Aterrizamos en Johannesburgo una mañana de mediados de diciembre de 2015 y fuimos directos a las oficinas de AVIS a recoger nuestro coche. Elegimos un pequeño utilitario Toyota Corolla Automatic, después de preguntar unas mil veces a todos los alojamientos si era necesario un SUV u otro tipo de coche. Siempre nos dieron la misma respuesta: “Cualquier coche puede recorrer las carreteras y las pistas de Sudáfrica y de los parques”. Eso es cierto, y nuestro cochecillo se portó como un campeón, pero en ocasiones topamos con pistas de grava, senderos enlodados o carreteras pavimentadas con baches y agujeros donde otro tipo de vehículo habría sido más adecuado.

Desde el aeropuerto condujimos hasta Graskop y pasamos los dos días siguientes recorriendo la hermosísima zona del cañón del río Blyde, llena de bosques, arroyos y cascadas. Si tenéis tiempo, no vayáis directos a Kruger y descubrid esta parte del país.

La mañana del cuarto día entramos en el Parque Nacional Kruger, la joya de los parques sudafricanos, por la puerta Orpen. Desde que accedes al Parque, hay que tener en cuenta una serie de reglas, las más importantes:

  • No se puede conducir fuera de las rutas establecidas, olvídate de seguir a los animales campo a través. Nada más entrar, comprad un buen mapa oficial del parque que señale todas las rutas, miradores, abrevaderos…
  • Hay que permanecer siempre en el vehículo, salvo en las áreas designadas para salir, e incluso en estas hay que hacerlo con cuidado. Cuando salgáis del coche, cerrad las puertas y bloqueadlas: ¡los monos saben abrirlas y están al acecho!
  • Las ventanillas del coche siempre deben estar subidas y ninguna parte del cuerpo puede sobresalir del vehículo.
  • El límite de velocidad es de 50 km/h en carreteras asfaltadas y de 40 km/h en caminos de grava. La restricción es para evitar accidentes pero lo cierto es que la probabilidad de avistar animales es inversamente proporcional a la velocidad de conducción.
  • Los campamentos cierran sus puertas al atardecer, por lo que hay que calcular la duración de los desplazamientos y asegurarse que se llega a tiempo.

Kruger fue nuestro primer (y único hasta la fecha) safari conduciendo por nuestra cuenta, no sabíamos qué debíamos esperar y si veríamos o no animales. Pero nada más llegar, a lo largo de la carretera Orpen-Satara, avistamos jabalíes verrugosos (¡Pumba!), jirafas, diversas especies de antílopes, cebras… ¡Gizmo no paraba de anotar en su cuaderno todos los animalitos que veía, y la lista crecía y crecía! Nosotros estábamos tan ilusionados como él.

El campamento Satara se ubica en el centro del Parque, una zona de llanuras abiertas (que nadie espere, eso sí, una sabanas como el Serengueti). Aquí reside la mayor población de felinos del Kruger, gracias a la abundancia de agua y a la presencia de grandes manadas de cebra, búfalo, impala, jirafa y ñu.

El alojamiento en Satara, y en los dos otros campamentos gestionados por el Parque que visitamos, consistía en una cabaña (puedes escoger entre diferentes tamaños) rústica y sencilla pero confortable. Disponía de baño, aire acondicionado o ventiladores, cocina e incluso barbacoa. Muchos de los locales llevaban sus rancheras hasta los topes de carbón, solomillos y cerveza, así que al atardecer los veías devorar más carne que los leones de fuera.

En algunos de los campamentos más grandes había tiendas de comestibles. Nosotros optamos por los restaurantes del parque. Opción limitada y bastante mala pero que puede resistirse unos cuantos días, a base de hamburguesas, pizzas y poco más.

Todos los campamentos, junto a las oficinas centrales, cuelgan un cartel-mapa con los avistamientos del día. Puedes intentar seguirlos o apostar por la serendipia.

Los campamentos ofertan algunas actividades, siendo las más habituales los “morning drives” y “night drives”, salidas en grupo, con un guía que ayuda a interpretar lo que se ve.

Satara, debido a esta abundancia de fauna, también ofrece “sunset drives”. En estos últimos, que duran alrededor de tres horas, se sale del campamento antes del atardecer y se regresa después de la puesta de sol, cuando las puertas ya se han cerrado para el resto de visitantes.

Guiados por la “carismática” Cindy (una enorme ranger sudafricana armada con un rifle y que hablada de si misma en tercera persona y de su mojo para encontrar felinos… algo así como Almodóvar en África), buscamos herbívoros en la tarde fresca y depredadores que se preparasen para sus cazas nocturnas.

Aquella tarde vimos los habituales antílopes, cebras y jirafas, y también nuestros primeros búfalos y elefantes. La recompensa, no obstante, llegó cuando, habiendo oscurecido, nos acercamos a un abrevadero en el que se habían avistado leopardos los días previos. Y, sí, allí seguían, ¡no uno sino dos!

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Noche cerrada, zona boscosa, ojos brillando en la oscuridad, silueta maciza pero movimientos escurridizos… Gizmo, que se sabe apetitoso, se debatía entre la fascinación por los gatitos y el terror que le impulsaba a esconderse raudo en la mochila…

A la mañana siguiente, madrugamos (de hecho, madrugamos todos los días… ni a los animales ni a nosotros nos gusta estar paseando a las tres de la tarde bajo un sol de justicia) para el “morning drive”, otras tres horas, a lo largo de las cuales amanece.

Una de las ventajas de estos safaris (durante nuestra visita, unos 15 euros por persona) es que empiezan un rato antes de que las puertas del campamento se abran para los coches privados y acaban después de que las puertas se hayan cerrado. No obstante, apenas quince minutos después de atravesar la puerta del recinto dimos con una leona que se calentaba en el asfalto. Tan cerca estaba del campamento que aquello en seguida se llenó de coches.

Éste fue el único león que encontramos durante nuestros días en el Kruger. Cuando se puso en pie, parecía que nos llevaría hasta donde sus crías, que seguramente andaban cerca, y Gizmo ya se preparaba para jugar con los gatitos, pero al final se metió en el bosque y desapareció. Así que tuvimos que explicarle a Gizmo que no había Simba por hoy.

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Cuando vamos de safari todos esperamos dar con los grandes animales (en las posturas más fotogénicas posible), pero hay que tener claro que la naturaleza no es un zoológico, y que avistar animales salvajes en un territorio tan extenso no deja de ser una cuestión de suerte. A veces la hemos tenido, a veces no, pero a lo largo de los años hemos aprendido a disfrutar y valorar lo que cada salida nos depara.

Y esa salida, si bien no nos deparó más leones, sí nos obsequió con un par de rinocerontes, una de las especies amenazadísimas en la actualidad, a causa de las propiedades curativas y afrodisíacas que cierta “medicina” oriental atribuye a su cuerno. Con este panorama, formulamos nuestra particular lista de deseos:

  • Que los gobiernos locales entiendan que corren el riesgo de echar a perder uno de sus recursos más preciados, fuente no sólo de riqueza sino también de orgullo nacional, y mejoren los programas y endurezcan las penas contra los cazadores furtivos.
  • Que los países receptores del contrabando ilegal castiguen a los traficantes y a los clientes, e inviertan en educación para erradicar estas creencias “tradicionales” fruto de la ignorancia.
  • Que los occidentales que ignoran su decrepitud yéndose a matar leones a Zimbabwe o elefantes a Botsuana, inviertan sus millones en actividades filantrópicas y conservacionistas o, a las malas, en coches y amantes cada vez más jovenes. ¡La caza “deportiva” es indecente! Y no demuestra más que una tara mental muy grave.

Ya nos hemos desahogado…

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Al acabar el “morning drive”, recogimos nuestro equipaje y volvimos a la carretera. Si durante las salidas habíamos recorrido la zona al oeste de Satara, por nuestra cuenta decidimos adentrarnos en N’wanetsi Road, un “loop” que en su parte superior bordea un río y que cuenta con un escondite.

Olifants y Letaba

Al volver a la H1, la carretera asfaltada que atraviesa el Parque de norte a sur, pusimos rumbo al campamento Olifants, a una hora y media. La carretera discurre inicialmente por paisajes monótonos de pastizales abiertos formados por acacias y marulas. A lo largo de este camino hay varios abrevaderos y la hierba es dulce, lo que atrae a muchos herbívoros y, con ellos, a los depredadores. Aun así, de volver, probaríamos suerte en la antigua carretera principal, que parece ser más panorámica y a lo largo de la cual, al estar menos transitada, la probabilidad de ver animales también es alta.

Olifants es una zona de transición entre los bosques del sur y los matorrales de mopane del norte, un árbol cuyas hojas y vainas encantan a los elefantes, a los que, tal como el nombre del campamento sugiere, es frecuente ver de aquí en adelante. (Cuando Gizmo lleva avistadas más de tres docenas de elefantes, la numeración puede llegar a ser un poco repetitiva: “Dumbo 27”, “Dumbo 28”…).

Por la tarde, recorrimos el “loop” que forman la S93 y la S94, que pasa por un mirador del río, en el que siempre hay hipopótamos, tan espectacular como el del propio campamento, este último sobre una colina alta, y en el que disfrutamos de una inolvidable puesta de sol.

El “night drive” en Olifants transcurrió en buena parte a lo largo del río, no vimos felinos pero sí bastantes elefantes e hipopótamos, estos últimos ¡fuera del agua! Cuando los ves flotar en el río, con sus orejitas y sus ojitos sobresaliendo, son la mar de entrañables, pero fuera del agua te das cuenta de que son bestias enormes que corren que se las pelan. Entendemos que sea el animal que más muertes causa en África después del mosquito.

Como nos estaba gustando tanto conducir por el Kruger, madrugamos para llegar hasta el campamento Letaba, al norte de Olifants, pasando por varios miradores y el escondite Engelhard, uno de los mejores para avistar aves. Bajar del coche y, en silencio, meterte en la estructura a ver la fauna (nosotros solos) fue una experiencia estupenda.

En Letaba desayunamos con vistas maravillosas del río y rodeados de los antílopes y las ardillas que han hecho del campamento su hogar. Fue lo más al norte que llegamos, y nos quedaron muchas ganas de seguir subiendo porque, aunque en la mitad norte parece que ya no hay tanta presencia de animales como en el sur, la sensación de aventura es incomparable.

Y es que hay muchas maneras de afrontar un safari… Para acertar en las decisiones, hay que tener claro cuál es la prioridad. En nuestro caso, que nunca habíamos realizado un safari conduciendo nuestro propio vehículo, optamos por intentar recorrer el mayor número de zonas posible (sin correr de un sitio para otro como locos, que no sirve de nada), seguramente en detrimento de las probabilidades de avistar animales, para lo cual la mejor estrategia será centrarse en una zona y recorrerla mil veces. Pero pensamos que también íbamos a ir a Sabi Sands y que además el viaje lo acabábamos en Tanzania, es decir, que íbamos a poder ver animales de sobras, así que nos dedicamos a conducir y disfrutar del paisaje y la aventura sin obsesionarnos.

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Sabi Sands

Como decíamos, nos pareció que sería interesante completar la experiencia del Parque Nacional con una noche en una de las reservas privadas. Optamos por Sabi Sands y el campamento-hotel Elephant Plains, que, dentro de lo carísimo que resultan estas reservas, era de lo más asequible.

El Parque y las reservas son espacios adyacentes y no hay barreras que los separen para no impedir el movimiento de los animales. De los animales no, pero de las personas sí: hay que salir del Kruger y acceder a las reservas por su propia entrada.

Nuestro coche sobrevivió a los baches y al barro, pero por el precio de estos lugares, ya podrían mejorar los accesos. Eso sí, una vez allí, los alojamientos son espectaculares y la atención es excelente.

No se os ocurra comentar que estáis celebrando un “evento especial” si no queréis morir de vergüenza ajena cuando encontréis la cabaña repleta de pétalos de flores y la bañera llena de espuma junto a una botella de champán…

El “drive” de la tarde y el de la mañana del día siguiente fueron sensacionales. En pequeños grupos o en parejas, coche con conductor-guía y un rastreador. A diferencia de lo que pasa en el Parque Nacional, aquí pueden salirse de la carretera y abrirse paso entre la maleza (con algunas restricciones), lo que te acerca a la “acción” y hace que la experiencia sea más intensa.

Por la tarde vimos cuatro de los Big 5, sólo faltó el león. Una leopardo hacía la siesta a la sombra de un árbol a primera hora de la tarde después de haber dado cuenta de un antílope cuyos restos encontramos por los alrededores; un rinoceronte se acercó a cotillear mientras observábamos un búfalo, brindándonos la visión conjunta de dos de los cinco grandes; una cría de elefante quería jugar con Gizmo y persiguió nuestro 4×4, con su madre al acecho… ¡son algunos de nuestros momentos inolvidables allí!

Berg-en-Dal

Después del paseo a pie por los alrededores de Elephant Plains (escoltados con rangers con escopetas) en busca de huellas de felinos, insectos y aves, y que te familiariza con la vegetación de la zona, volvimos a nuestro coche y a recorrer la polvorienta carretera de acceso, para entrar otra vez en el Kruger, esta vez por la puerta homónima, y dirigirnos al campamento Berg-en-Dal, donde pasamos nuestra última noche en el Parque.

La diferencia entre el norte y el sur del Kruger en cuanto a paisajes es muy evidente. En el sur las precipitaciones abundan, dando como resultado una vegetación exuberante y mucho bosque.

Justamente a causa de esta exuberancia fue imposible avistar la manada de quince elefantes que apareció de la nada y cruzó la carretera a menos de 50 metros de donde estábamos. De haber pasado un minuto antes, o después, no los habríamos visto; de haber pasado medio minuto antes, nos habríamos dado de bruces con ellos… Volvemos a repetirlo (a riesgo de resultar pesados) pero está claro que avistar animales, sobre todo si se va por libre, depende no sólo de la paciencia o de la perseverancia, sino de la suerte. Sin olvidar que estamos en la naturaleza salvaje, donde una situación idílica puede volverse potencialmente peligrosa en cuestión de segundos…

En el “night drive” disfrutamos de una manada de búfalos, con los que ya nos habíamos topado a la ida, aunque verlos iluminados por los focos en la oscuridad de la noche fue excitante; y también de una manada de hienas con su camada, que una de las turistas que nos acompañaba describió como “cute”. Cuando Gizmo la oyó, se puso hecho una furia: ¡esa misma señora también se había referido a él como “cute” cuando lo vio entrar en la furgoneta! “¿Me está comparando una hiena sarnosa?”, se lamentaba…

Nos fuimos a dormir temprano, nos esperaba un largo día de conducción bordeando Suazilandia hasta el parque costero de Isimangaliso.

GIZMO TE CUENTA

Cuando me dijeron que íbamos de safari y que conduciríamos nuestro propio coche me asusté un poco… no por los animales, sino porque conducir nunca ha sido el fuerte de los papas.

Resulta que el Parque Nacional Kruger es un sitio chulísimo, donde vas por la carretera y un montón de elefantes salen a saludarte, o donde encuentras a un grupo de mini-pumbas con sus papas de excursión.

Lo único malo es que no me dejaban bajar del coche a jugar con nadie ni sacar la cabeza por la ventanilla para decirles adiós.

Tuve que esperar a que por las noches todo el campamento se durmiera para saltar la valla e irme a ver a mis amigos… porque todos los animales son amigos de los Gizmos, así que si no los cuidáis o les hacéis algo malo… ¡la Gizmorra irá a por vosotros!

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