En el Coupa Café, las arepas hay que degustarlas, saborearlas. No comerlas ni, mucho menos, devorarlas o engullirlas; hay que paladearlas: lo único que se nos ocurre cuando se pagan más de veinte dólares por lo que no deja de ser una masa de maíz.

Pero es que no estamos en el bar de la esquina de casa, sino en Palo Alto, en el extremo norte de Silicon Valley, la región cincuenta kilómetros al sur de San Francisco líder en I+D de alta tecnología y que alberga las empresas tecnológicas más importantes del mundo y miles de tecno-start-ups.

Aquí el poder adquisitivo es uno de los más altos de EEUU, puede que el que más, pero nuestra carestía no desentona. El resto de comensales, a las 9 de la mañana de un festivo, son familias jóvenes de origen asiático que, si están forrados, lo llevan con discreción, chándal y deportivas. Los tecnólogos son ricos informales que llegan a desayunar en sus SUV Tesla.

Palo Alto es un suburbio como hay miles en este país, con casas unifamiliares idénticas las unas a las otras. Y, sin embargo, los garajes de estos chalets alumbraron a Hewlett-Packard, Apple, Google… empresas que han cambiado nuestras vidas de una manera irreversible.

No teníamos ni tiempo ni ganas para hacer una ruta turística de garajes, así que nos dirigimos al alma mater de muchos de los fundadores de estas empresas, la prestigiosa Universidad de Stanford, fundada en 1885 por el matrimonio Stanford en memoria de su único hijo, que había muerto a las 15 años de fiebre tifoidea.

Diariamente se organizan visitas guiadas a cargo de estudiantes, pero no en festivos, así que nos tocó recorrerlo por nuestra cuenta con la ayuda del mapa que nos envió la propia universidad.

Iniciamos el recorrido en la Torre Hoover, construida para conmemorar el 50 aniversario de la universidad. El observatorio (de pago), a casi 90 metros de altura, brinda una vista insuperable del campus, y permite hacerse una idea de su enorme extensión. El personal voluntario, muy amable, nos explicó parte de la historia del sitio.

La plaza principal es el núcleo histórico del conjunto, una serie de edificios de paredes macizas construidos con piedra arenisca amarilla y embellecidos con frisos y arcos bajos redondos, que imitan el estilo románico pasado por el filtro del revival californiano, y que están conectados en torno a un patio en cuyo centro se levanta la iglesia memorial.

Esta iglesia, por decisión de los Stanford, fue una de las primeras iglesias no denominacionales de occidente, es decir, que no pertenece a ninguna denominación cristiana específica, y en ella se celebran todo tipo de servicios religiosos. Aunque en el momento de la visita, más que abierta a todo el mundo, nos la encontramos cerrada…

Considerada la joya arquitectónica del campus, la iglesia, románica en la forma, es bizantina en los detalles. La fachada contiene el mosaico más grande del conjunto y, en su día, de los Estados Unidos: un grupo de hombres, mujeres y niños, rodeando a Cristo, en lo que se ha considerado una representación de “el sermón de la montaña”. En las enjutas hay mosaicos de los conceptos bíblicos de amor, fe, esperanza y caridad, entrelazados en una viña que representa el “árbol de la vida”.

La importancia histórica, la arquitectura y el ambiente que se respira hacen que la visita valga la pena.

Después de Stanford, nos acercamos a la sede de Google, la única de las grandes empresas más o menos visitable, aunque el centro de visitantes sólo está abierto para los empleados y sus invitados. El común de los mortales hemos de conformarnos con pasear por unos jardines en los que como mucho vas a hacerte un par de fotos con las bicis de colores que utilizan los empleados para desplazarse por el lugar o con algunos edificios con el logo de la compañía.

En otro lugar de este mega-complejo (tuvimos que desplazarnos en coche) se ubica la plaza con las enormes estatuas de plástico basadas en las versiones de Android, donde puedes hacerte una foto junto al kit-kat gigante. Todo bastante prescindible.

Nuestro siguiente destino, los jardines Hakone en Saratoga, revistió más interés.

Al igual que la Universidad de Stanford, los jardines fueron un proyecto impulsado por un matrimonio de millonarios filántropos, los Stine, y hoy en día se los considera el ejemplo más significativo de jardines y edificios tradicionales japoneses importados a California y los Estados Unidos durante finales del siglo XIX y principios del siglo XX.

A raíz del entusiasmo que le despertó la Exposición Universal de San Francisco de 1915, la señora Stine emprendió un largo viaje a Japón, a la vuelta del cual ella y su esposo planearon construir un retiro veraniego en sus terrenos en Saratoga, inspirándose en el modelo de villa rural japonesa de los siglos XVI y XVII preferida por los samurai y más tarde asociada a la ceremonia del té, y al que llamaron “Hakone”. En 1923, tuvo lugar aquí el estreno en la costa oeste de la ópera de Puccini “Madame Butterfly”.

Se encargó a arquitectos, paisajistas y artesanos japoneses el diseño y construcción de los jardines. Del Japón también se importaron plantas y materiales.

En 1932 los Stine vendieron los jardines, que pasaron por diversos propietarios y reformas, hasta que en 1966 la ciudad de Saratoga los adquirió, en aras de su preservación.

En la actualidad, Hakone abarca siete hectáreas de bosques, chaparrales y cuatro jardines japoneses, tres de los cuales son históricos y originales: el de la Colina y el Estanque, un gran estanque con una isla central, una pequeña cascada y un estanque de nenúfares; el Zen, dedicado a la contemplación meditativa; y el del Té, que contiene un estanque, senderos y árboles importados de Japón, como arces, cipreses, enredaderas y pinos negros. El cuarto, el jardín de Bambú, data de 1987, y contiene bambúes de Yasui, en Japón, y de toda California, simbolizando el hermanamiento entre ambas regiones.

Paseando por los jardines se puede apreciar la integración armónica de los diversos elementos en el conjunto, y de éste en el entorno natural que lo rodea.  Tal vez no sea una parada imprescindible, pero se puede disfrutar tanto del lugar como de lo que representa.

Reconfortados porque a veces los millonarios invierten su fortuna en proyectos que los trascienden, como los Stanford, que impulsaron la universidad homónima, o los Stine, que construyeron los jardines japoneses más importantes del hemisferio occidental, y al mismo tiempo tristes, porque nuestro presupuesto no nos permite seguir su ejemplo, aunque nos gustaría, pusimos rumbo a Monterey.

GIZMO TE CUENTA

Como buenos millennials (¡tenemos más de mil años!) los Gizmos somos adictos a las tecnologías: Internet, móvil, redes sociales, “apps” de todo tipo… ¡nada se nos resiste!

Por eso cuando supimos que visitaríamos Silicon Valley de camino a Monterey, nos lo tomamos muy en serio.

Y es que teníamos dos cosas que decirles a los de Google: la primera, ¿cómo es posible que cuando buscas “Gizmo”, sólo haya 19 millones de resultados?. Y la segunda, ¡el blog de los Gizmos tiene que salir mucho antes en la lista de resultados!

Nos dijeron que tomaban nota…

Lo  mismo en la Universidad de Stanford cuando les propusimos impartir un seminario en estudios gízmicos. Si tan comprometidos están con la creación de nuevo conocimiento y tanto alardean de la cantidad de Premios Nobel que han salido de sus aulas o que dan clase allí, tiene que darse cuenta de que tener a los Gizmos de profes es lo que les falta para catapultarse…

Eso sí, les dejamos claro que estamos dispuestos a impartir nuestro seminario en primavera o verano, ¡que en invierno hace mucho frío en California!

En los jardines Hakone, los Gizmos entendimos a la Sra. Stine, porque cuando viajamos también volvemos con un montón de ideas para decorar la casa: una gopuram india por aquí, una tori japonesa por allá, estos interiores son muy aburridos, vamos a llenarlos de fantasía y colorido como si fueran un palacio rococó europeo, esas habitaciones hay que echarlas abajo y reconstruirlas según el feng shui chino…

No siempre los papas nos dejan llevar nuestras ideas a la práctica, pero sabemos que el resultado sería de lo más sugerente!