Recorriendo la escarpada costa entre Carmel y Hearst Castle por la carretera que serpentea encajonada entre la cordillera y el océano, uno entiende que la belleza salvaje y la energía marítima del lugar sedujeran a escritores como Henry Miller y Jack Kerouac, y hoy sigan atrayendo a artistas, místicos, hippies trasnochados, urbanitas con ganas de desconectar y, como no podía ser menos, ¡a los Gizmos Viajeros!

Para muchos de ellos, puede que el Big Sur, como se conoce a este espectacular tramo de costa, sea un estado mental, pero para nosotros las leyes de la física se hicieron lastimosamente palpables cuando las fuertes tormentas de principios de 2017 provocaron deslizamientos de tierra y el cierre de parte de la carretera (que, a fecha de la publicación de este post, ya se han reabierto). Así que en septiembre de 2017, fecha de nuestra visita, tuvimos que conformarnos con conducir por la Highway 1 de Carmel a Andrew Molera State Park…

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Andrew Molera State Park

La tarde anterior habíamos llegado a Monterey, dedicando el resto de ese día a pasear por la que fue la primera capital de California entre 1777 y 1849, año de la ocupación norteamericana de México.

Conviene empezar la visita de Monterey en la Royal Presidio Chapel, atravesar a continuación el distrito histórico y acabar en los muelles. La capilla es el edificio más importante de la ciudad y la vigorosa iglesia actual, construida de piedra en 1791, es la única estructura que sobrevive del asentamiento militar original fundado por Gaspar de Portolá y Junípero Serra; y también fue el primer edificio en California que siguió un diseño arquitectónico, con su fachada principal adornada con pilastras, nichos y esculturas. Consagrada catedral en 1968, es la más pequeña del continente.

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Royal Presidio Chapel de Monterey

El distrito histórico de Monterey conserva un buen número de edificios coloniales, construidos con adobes y secuoyas, como la antigua aduana (la única al norte de México hasta 1845), la Casa Larkin (una de las primeras con dos pisos en California) o la Casa Alvarado (hogar del primer gobernador de California, antecesor en el cargo, por tanto, de Governator).

El paseo no lleva más de dos horas y es interesante, aunque quizás esperábamos más de una de las ciudades “históricas” del país. Encontrarnos todos estos edificios integrados en un área semi-comercial y semi-residencial no ayuda mucho a hacerse una idea de cómo era el lugar a principios del siglo XIX.

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Edificio histórico de Monterey

Nuestro pasos nos condujeron a los muelles, donde los pescadores que antaño zarpaban a la captura de sardinas han sido sustituidos por hordas de turistas que se agolpan en las innumerables tiendas y restaurantes de lo que se ha convertido en un centro comercial al aire libre. Como no quedaba otra, cenamos en uno de los restaurantes del muelle e incluso nos atrevimos con la especialidad del lugar, una sopa-crema de ostra bastante nauseabunda.

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Muelles de Monterey

El día siguiente salimos temprano rumbo a Carmel por la 17-Mile Drive, otra de las bellas carreteras panorámicas norteamericanas, una de las únicas dos en que tuvimos que pagar un peaje.

De los más de veinte puntos señalizados en el mapa informativo que te ofrecen una vez pagada la entrada, priorizamos los miradores como Spanish Bay, donde de Portolá y su tripulación acamparon en 1769; Point Joe, unas rocas que han provocado numerosos naufragios; Bird Rock, hogar de aves playeras y leones marinos; o Cypress Point Lookout, con vistas de la costa pacífica y sus playas de arena blanca.

El recorrido es precioso y vale la pena el pago del peaje, pero admitimos que parte del encanto se echa a perder por culpa de la urbanización.

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17-Mile Drive

En Carmel desayunamos y visitamos la misión (imprescindible) pero a parte de dos calles a pie y atravesar el centro en coche, poco más podemos contar de la que a veces se describe como población chic. Nos pareció más de lo mismo, ese concepto “cuqui-historiado” tan propio de los americanos que consiste en instalar cuatro supuestos anticuarios y tres cafeterías con pastas de te.

Dejamos los visillos de ganchillos carmelitas y nos adentramos en el Big Sur rumbo a Andrew Molera State Park, a poco más de 30 kilómetros. El parque dispone de aparcamiento de pago, aunque también es posible dejar el coche en los arcenes de la Highway 1.

A pesar de no ser el parque más popular entre los turistas, que suelen optar por el sendero a las McWay Falls del Julia Pfeiffer Burns State Park (en el tramo cerrado), a nosotros nos pareció espectacular y nos permitió hacernos una idea de un lugar que encarna como pocos la belleza salvaje y el espíritu indómito de California.

 

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Andrew Molera State Park

Realizamos una caminata circular de unos 12 kilómetros que enlazó tres de los senderos: Ridge Trail, Panorama Trail y Bluffs Trail, a los que hemos de añadir buena parte del Creamery Meadow Trail, un fácil camino de sicómoros que sale del aparcamiento y del que, poco antes de llegar a la playa, se desvía el Ridge Trail. Éste último se eleva a lo largo de la cresta y atraviesa en su tramo superior un pequeño bosque de secuoyas y robles, antes de enlazar con el empinadísimo Panorama Trail, que, como su nombre indica, brinda magníficas vistas del litoral y que, al estabilizarse, se convierte en el Bluffs Trail, un camino a través de los prados tapizados de flores silvestres y los acantilados pedregosos de la costa, y desde el que se puede acceder a algunas calitas remotas de arena blanquecina. ¡Una caminata la mar de recomendable!

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Andrew Molera State Park

Consejos (como cualquier caminata): forma física aceptable (hay tramos con desnivel que puede suponer un reto), buen calzado (nada de ir en chanclas), protección solar, hidratación y tal vez algo de comida energética.

Volvimos a Carmel por la misma carretera. Esta vez nos detuvimos a la altura del fotogénico Puente Brixby. A la ida, el puente apareció de sopetón, sin darnos tiempo a maniobrar para aparcar. En sentido sur-norte es más fácil aparcar y las vistas del puente y los acantilados solapándose en el horizonte son impagables.

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Puente Brixby

Desde Carmel tomamos la Highway 101 por el interior y llegamos a San Luis Obispo ya anochecido. Habiendo salido (incluso) algo más temprano por la mañana, habríamos tenido tiempo de visitar en ruta Mission San Miguel. Al estar nuestro motel en las afueras de la ciudad, decidimos dejar el paseo por el centro para el día siguiente, cuando volviésemos tras visitar Hearst Castle y Mission San Miguel.

Una recomendación para los fans de los diners: Margie´s Diner, un diner auténtico y contundente, ¡no apto si estás a dieta!

Hearst Castle se encuentra 70 kilómetros al norte de San Luis Obispo, por la Highway 1. Lo primero que hay que saber: debes comprar por internet la entrada para poder planificar la visita o arriesgarte a tener que esperar un buen rato hasta disponer de una plaza libre en alguno de los tours (hay diferentes opciones de recorrido).

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Hearst Castle

Como no queríamos arriesgarnos, reservamos la visita (exteriores y planta baja) de las 9:30 que, en teoría, dura dos horas. En la práctica, la visita dura bastante más.

A las 9:30 salió el autobús del centro de visitantes y la subida de la colina hasta la mansión lleva su buena media hora (amenizada por las vistas y la explicación gravada). Es desde que se llega a la mansión que comienzan a contar las dos horas de visita guiada que se indican.

Hearst fue algo así como el Donald Trump de su época, con las diferencias que no dio el salto a la política y que parece que tenía cerebro.

En 1919 contrató a Julia Morgan, la única mujer que por aquel entonces tenía un despacho de arquitectura en San Francisco, para que le construyera un rancho. Morgan diseñó la mansión según el estilo Renacimiento Mediterráneo convirtiéndola en un heterogéneo conjunto de edificios de aúnan estilos arquitectónicos de todo tipo.

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Hearst Castle

La famosa Piscina Neptuno estaba en obras, así que nos dirigimos directamente a las cabañas, utilizadas para alojar a los invitados, y a la Casa Grande. La fachada de la Casa Grande recuerda a una catedral andaluza, campanarios incluidos. Tiene casi 40 habitaciones, biblioteca, sala de cine, y está repleta de arte y antigüedades de la colección de Hearst, apiñadas sin ningún criterio aparente, más allá que la ostentación y el deseo de apabullar. En su época no eras alguien si no recibías una invitación para pasar un fin de semana en Hearst Castle.

Es un delirio, y uno no sabe si le fascina o le horroriza, pero aun así creemos que la visita vale la pena.

Al acabar el recorrido, se puede pasear libremente por los jardines, con abundancia de palmeras, limoneros y robles, y en donde hay colocadas estatuas de dioses egipcios de más de 3.000 años de antigüedad. La terraza proporciona unas vistas sensacionales, y alcanzan el frente marítimo empañado por la niebla típico del Big Sur.

Al final, entre la subida a la cima de la colina, la visita de la Casa Grande, el paseo por los jardines y la bajada, nos tiramos allí tres horas y media. El plan inicial consistente en volver a la carretera interior para visitar San Miguel, comer en San Luis Obispo, dar un paseo por el centro y visitar la misión, y llegar a Santa Barbara con tiempo suficiente para visitar la misión (cierra a las 17:30) no era viable. Optamos por sacrificar San Luis Obispo (comida incluida, lo que siempre es un trauma para los Gizmos…) y poner rumbo a San Miguel (aunque nos obligaba a desviarnos, es la única misión con las pinturas murales originales: ¡no nos decepcionó!) y, de ahí, los 300 kilómetros a Santa Barbara, con cuyo centro nos pasó lo mismo que con la misión, pero más exagerado, y es que, con la salvedad del Presidio, no pudimos evitar la sensación de que caminábamos por un decorado. En otro post hemos explicado nuestra experiencia en las misiones.

Al día siguiente, nos aguardaba la ciudad de las estrellas.

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Presidio de Santa Barbara

GIZMO TE CUENTA

A los Gizmos nos encanta conducir. Todos los que han visto nuestra peli (si aún no lo has hecho, ¡hazlo en cuanto acabes de leer este post!) recuerdan la escena en la que aparezco conduciendo un coche a toda velocidad y, en el último momento, ¡salvo a Billy del gremlin malvado!

Que los papas si quieren se dediquen a conducir por el Big Sur con un cochecito barato, pero nosotros pillamos un descapotable y así, con el viento haciéndonos cosquillas en las orejitas, recorrimos la carretera de la costa de arriba abajo, y mientras los papas sudaban a mares en su caminata por Andrew Moler, nosotros disfrutamos de las playas, las cascadas o los puentes que aparecían después de cualquier curva sinuosa.

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Andrew Molera State Park

Llegar a Hearst Castle en un descapotable también te permite fardar mogollón, ¡a fin de cuentas toda aquella mansión es obra de un Gizmo!

Hasta hace poco era un secreto pero la verdad es que la tal Julia Morgan en realidad es un Gizmo con peluca. ¿Por qué os creéis que en las películas caseras que se proyectan en la mansión siempre aparece esa figura misteriosa de lejos, con sombrero y gafas oscuras? ¿De dónde puede salir la idea de construir la fachada de una catedral y dentro situar un comedor de estilo medieval y un salón árabe? ¿Quién puede imaginar una inmensa piscina cubierta con un suelo de teselas de pan de oro? ¡Sólo un Gizmo es capaz de tal genialidad!

En resumen, si conduces el Big Sur… ¡no seas cutre y hazlo como los Gizmo!