Vivimos en una sociedad global colonizada culturalmente por el inmenso poder del cine y la televisión USA, con su visión puritana y edulcorada de la realidad. Los mismos mecanismos que llevan a muchas niñas a querer ser princesas en vez de ingenieras son los que provocan una sensación de déjà vu al visitar ciertos lugares, uno de ellos: El Pueblo de Nuestra Señora la Reina de los Ángeles del Río de Porciúncula” o, como todos lo conocemos: Los Angeles.

L.A. es una mega urbe sin eje vertebrador, ya que tanto el downtown como el núcleo histórico no dejan de ser meras piezas de este inmenso puzzle. Aunque no cuenta con ningún sitio de verdadero relumbrón, la lista de cosas que se pueden hacer es casi tan extensa como la propia ciudad, y a nosotros nos dio para cuatro días la mar de entretenidos. Y eso que en nuestro caso tuvimos que incluir la negociación de los Gizmos para la tercera parte de su peli…

Día 1: Malibu, Venice Beach y Santa Monica

En un claro ejemplo de bipolaridad viajera, dedicamos el tiempo que pensábamos pasar en frenética actividad (trekking y kayak por las Channel Islands) a relajarnos en Malibu, esa mítica playa donde viven los guapos y famosos, y donde esperábamos conocer a Stacy.

Como buenos mediterráneos, nuestra idea de playa incluye un chiringuito, así que nos decidimos por Paradise Cove. El aparcamiento es un atraco pero con una consumición mínima en el restaurante queda incluido.

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Malibu

Llegamos temprano y encontramos el lugar bastante vacío. Dimos una vuelta por la playa, intentado (en vano) que los Gizmos no aterraran a las gaviotas ni acabaran rebozados en arena. Desde el muelle (de postal) se ven las mansiones, al pie de playa sobre las aguas turquesas y colgadas de los acantilados.

Una vez conseguimos que los Gizmos se calmasen y prometiesen no alejarse de la orilla ni construir ningún castillo de más de dos metros de alto, nos instalamos en unas hamacas con cocacolas y patatas, que para eso estábamos allí.

Un poco de lectura y la wifi del restaurante nos amenizaron el tiempo hasta que levantamos la vista y, en vez de vernos rodeamos de surferos, vigilantes de la playa y toda la parafernalia hollywoodiense esperada, nos encontramos asediados por turistas con sobrepeso y rubias de bote de cuarta liga… y ese tipo de desilusión fue una constante en el viaje.

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Malibu

Nos mudamos al restaurante. El personal es agradable, los platos son XXL y también los precios, pero la comida es mediocre. Conclusión: si vas a Malibu, ¡busca otro chiringuito!

Entramos en Los Angeles y por suerte, durante nuestra estancia, no nos vimos damnificados por ninguno de los famosos atascos que asuelan la ciudad (para decepción de los Gizmos, que habían preparado un número musical al estilo de Lalaland).

Pasamos la primera noche en Venice Beach. El primer problema fue encontrar un aparcamiento donde no tuviésemos que empeñar nuestros órganos para pagarlo. El segundo fue el hostal, un sitio horrible del que ya hemos hablado.

Salimos a dar una vuelta. Estábamos en Muscle Beach, llamada así por un par de gimnasios al aire libre. La verdad, en cualquier playa de Barcelona se ve más músculo y menos lorza.

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Venice Beach

La playa es extensísima, tanto a lo largo como a lo ancho. Sin asustarnos (y porque nos habíamos pasado la mañana tumbados), empezamos a caminar los casi cuatro kilómetros hasta el muelle de Santa Mónica.

En la primera parte del paseo puedes distraerte con los puestecillos de venta de cutrerías diversas y es ideal para observar gente “excéntrica”, si es que alguien tiene esa afición: adictos del culto al cuerpo, hippies reconvertidos en artesanos, místicos new age, panfleteros… Luego el paseo se convierte en un carril con la playa a un lado, y un aparcamiento enorme, la carretera y bloques residenciales al otro.

El muelle de Santa Monica es el centro de toda esta zona, con su noria, su acuario, juegos de feria y puestos de dulces de algodón, que siempre hacen las delicias de los Gizmos. La vista de la playa alcanza hasta Malibu. Estamos además en el final de la mítica Ruta 66. Lo hemos visto unas dos millones de veces en las películas, y la realidad no supera a la ficción.

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Santa Monica

Nos metimos por Santa Monica Blvd y alguna de las calle aledañas peatonalizadas, plagadas de centros comerciales. Y donde menos te lo esperas, en un día que das por perdido, sucede algo que te alegra la vida: ¡encuentras a Gizmollywood!

Con el subidón de la nueva adopción y tres Gizmos montando una fiesta en la mochila volvimos por el interior de Santa Mónica, Main St, y paramos a cenar en Samosa House, un indio sabroso cuyos precios son un alivio para nuestro bolsillo.

Esta parte del paseo nos pareció interesante, pero las tiendas de Main St a esa hora ya habían cerrado. Así que decidimos bajar al paseo marítimo otra vez.

Nada más girar la esquina del paseo, oímos a una turista catalana que le dice a su marido que aquí hay muy mal ambiente. Nos sonreímos con condescendencia, ufanos de nuestro cosmopolitismo, pero a los pocos metros no podemos sino que darle la razón a la compatriota: comparada con la fauna noctámbula, los “excéntricos” de la tarde parecen salidos del Palacio de Buckingham. En el lado de la playa, los homeless han acampado sus tiendas en una hilera que se extiende varios cientos de metros. No estamos acostumbrados a una visualización tan descarnada e indiferente de la pobreza. La bienvenida de Los Angeles nos deja un poco fríos. Que la temperatura de la habitación no pudiera controlarse, nos acaba de helar…

Resumen: en un día bien aprovechado, puedes ver toda esta zona sin estresarte, a menos que quieras tumbarte a tomar el sol. Eso sí, dudamos que verlo te complete el espíritu, pero podrás tacharlo en la lista de desmitificaciones.

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Santa Monica

Día 2: Paseo de la Fama

Después de una mala noche siempre sale el sol, y cuando nos asomamos a la ventana, vemos a los surfistas más madrugadores camino de la playa. Los Gizmos salen tras ellos, y nosotros tras los Gizmos.

Apenas unas decenas de metros al sur de Muscle Beach, doblas la esquina y topas con el distrito histórico de los canales de Venice, una serie de canales artificiales que constituyen un pequeño barrio residencial, y una de las curiosidades ocultas de Los Ángeles.

Los canales se inauguraron en 1905, obra de un millonario que modeló el área a imagen de la ciudad italiana. La zona prosperó durante las dos primeras décadas para entrar a continuación en una decadencia de la que no salió hasta los 70. Aunque muchas de las casitas originales han sido sustituidas por otras más grandes, el resultado final es una interesante mezcla de estilos, colores y tamaños. No es mucho, pero es un lugar tranquilo y pintoresco, y resultó ser lo mejor de nuestra experiencia en Venice y Santa Monica.

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Venice

The Cow’s End Café, en Washington Blvd, ofrece unos riquísimos y proteicos desayunos, muy recomendables.

Después de un buen paseo y una buena comida, recogimos las maletas y pusimos rumbo a nuestro segundo hotel en la ciudad, en West Hollywood. Nos registramos y salimos pitando hacia el Paseo de la Fama, a escasos cuatro kilómetros.

Fue en este trayecto cuando, parados en un semáforo, tuvimos nuestro gran encuentro con una estrella de Hollywood: ¡Steven Spielberg!

¿Estamos seguros? No. ¿Se parecía un montón? Sí. ¿Conducía un carísimo descapotable? Efectivamente. ¿Cómo reaccionó cuando vio a tres Gizmos gritándole desde la parte de atrás de nuestro coche? Salió huyendo…. Teniendo en cuenta que fue el productor de sus películas y los conoce bien, es muy probable que fuera él.

Aparcamos junto al icónico “Roosevelt Hotel”, dispuestos a darnos un baño en el glamour de las estrellas de hoy, de ayer y de siempre.

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Paseo de la Fama

Las aceras sucias y los incontables salones de tatuajes, tiendas de souvenirs y de lencería sexy pueden que no encajen en la idea que teníamos del Paseo de la Fama, pero, con todo, sigue habiendo mucha historia de Hollywood por descubrir aquí, ¡así que a recorrer las quince manzanas por una acerca y por la de enfrente! En el camino se pasa por algunos de los famosos hoteles y teatros que a tantas estrellas han alojado y que tantos estrenos y ceremonias de entrega de premios han acogido. Y aunque disfrutamos fotografiándonos con nuestras estrellas favoritas, nuestra estrella preferida falta.

Claramente, no resultó todo lo deslumbrante que imaginamos, pero si te dejas poseer por la “magia del cine” se pueden pasar dos o tres horas la mar de divertidas.

Admitimos que holgazaneamos el resto de la tarde en la piscina del hotel antes de salir a cenar y tomar una copa por West Hollywood, que para algo estamos de vacaciones…

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Paseo de la Fama