Día 1

El sol se cuela entre las cortinas y se escucha el mugido de una vaca. Miramos el reloj: son las 7 de la mañana. Llegamos pasada la medianoche y seguiríamos un rato más en la cama, pero nuestras ganas de salir a explorar (y el hambre de Gizmo) pueden más que el cansancio y la pereza. Es nuestro primer día en Egipto.

Subimos a la azotea y tenemos la primera visión del Nilo de nuestra vida; frente a nosotros, la orilla este de Asuán, la isla Elefantina en el centro del río y, a este lado, pequeños campos de cultivo y algunos animales pastando. Nos quedamos unos cuantos minutos embobados con el curso lento y majestuoso del río, sin acabar de creérnoslo.

IMG_4929
Vistas desde Nubian House, en la orilla oeste

Tras un copioso desayuno viendo surcar los barcos, el encargado de la casa nos presta unas monedas para tomar el ferry público ya que no pudimos sacar dinero en los aeropuertos y en la orilla oeste no hay cajeros. ¡Si os alojáis en este lado, tenedlo en cuenta!

En menos de cinco minutos llegamos al embarcadero, al pie de las colinas que albergan las Tumbas de los Nobles, una de las principales atracciones de la ciudad.

Cruzamos el Nilo y nos acercamos a la estación de tren en busca de un cajero. Desde allí nos dirigimos al zoco, considerado uno de los más importantes de Egipto, pero bastante desangelado dado lo temprano de la hora. Aún así recorremos un par de kilómetros hasta que salimos a la Corniche, desde donde se percibe como, en Asuán, el desierto alcanza el río, dejando muy poco espacio a la vegetación.

_DSC0964
Las Tumbas de los Nobles

Seguimos caminando hasta el Museo Nubio. El trayecto no es muy interesante, así que podéis tomar un taxi y no os perderéis nada.

Se cree que el nombre de Nubia deriva de la antigua palabra egipcia para oro, ‘nbu’, ya que era de esta tierra de donde Egipto obtenía oro, y también ébano, marfil, incienso, metales y, cómo no, esclavos; todos ellos productos de gran valor, de ahí el interés egipcio a lo largo de la historia en controlar la región, a través del comercio, la minería o las expediciones militares. Y es que Nubia fue alternativamente un pueblo enemigo de o conquistado por Egipto, salvo por un breve período en el siglo VI AC, cuando los reyes nubios gobernaron como faraones. Para reforzar la presencia egipcia, se construyeron fuertes a lo largo del río, y también templos como el de Abu Simbel.

El museo tal vez no sea un super hit del viaje pero sí es una sugerente introducción a la civilización nubia. Cuando salimos vivimos nuestro primer “momento aventura”: lo que creíamos un día nublado en realidad es una auténtica tormenta de arena que impide que veamos, no ya la otra orilla, sino la misma isla Elefantina que tenemos delante de nuestras narices.

Mientras Gizmo se envuelve como un beduino, intentamos refugiarnos en el bar del cercano Old Cataract, el mítico hotel donde Agatha Christie escribió “Muerte en el Nilo”, pero nos piden una burrada por acceder al sitio. O no lo hemos entendido bien (¿cobrar por entrar a consumir?) o son un poco ladrones, sea como fuere acabamos comiendo solos en el restaurante Salah el-Din, en la Corniche: buenas vistas (nubes de arena incluidas) pero platos un tanto insípidos.

A primera hora de la tarde, la tormenta ha amainado y tomamos el ferry a Elefantina, la más grande de las islas de la zona de Asuán, frontera natural en la que se situaba la guarnición de la primera catarata.

_DSC0927
Elefantina

La isla albergó la ciudad de Abu, en la que se adoraba a la triada compuesta por Jnum, Satet y Anukis, dios guardián del Nilo. Quedan pocos restos de la antigua ciudad. Del Templo de Jnum, apenas el patio y la sala hipóstila, con una bella puerta de granito. También un gran Nilómetro de 90 peldaños, que se usó para medir el nivel del agua del río hasta el siglo XIX.

Elefantina no puede competir con otros monumentos egipcios pero, para nosotros, que la visitamos al principio del viaje, fue un buen aperitivo de lo que estaba por venir… y el primer sitio donde Gizmo puedo ponerse su disfraz de faraón…

La isla mide poco más de 1500 metros de largo por 500 de ancho, así que la cruzamos a pie, atravesando las dos aldeas nubias, pintorescas con sus casas pintadas, pero que a esa hora más bien parecían poblados fantasmas, en busca del Mövenpick Resort, que está en la otra punta, con la idea de sentarnos a tomar algo.

_DSC0960
Aldea nubia en Elefantina

Mucho Google Maps pero fue imposible hallar la entrada al resort, aunque sí dimos con Ibiza Nubian House, un b&b y café en una casa tradicional, en la orilla oeste, justo enfrente de la isla que alberga el jardín botánico, que no visitamos porque aquella tarde se estaba celebrando un fiestón estudiantil que le arruinaba el encanto bucólico.

El dueño del café nos oye hablar en castellano y se sienta con nosotros un rato: resulta que vivió varios años en Barcelona pero, con la crisis, tuvo que regresar a su país, donde abrió este negocio cuyo nombre le recuerda los tiempos de su aventura española.

Mucho “colegueo” pero acabó cobrándonos un montón por el barco que nos llevó de vuelta a la orilla oeste: nuestras habilidades para el regateo están un poco oxidadas,¡tendríamos que haber dejado a Gizmo! La alternativa es desandar toda la isla, volver a la orilla este, desde allí tomar un taxi hasta la otra estación del ferry y volver a cruzar el río hasta la orilla oeste… más barato pero mucho más largo.

Encontramos las Tumbas de los Nobles cerradas y tampoco convencemos al guardia para que nos deje subir la colina a disfrutar de la puesta de sol, así que nos volvemos para el hotel y nos relajamos en la terraza hasta la cena.

Nos acostamos temprano, al día siguiente toca madrugón para visitar la gran atracción de Asuán y una de los grandes monumentos de Egipto y del mundo: Abu Simbel.

_DSC0933
Gizmo en Elefantina

Día 2

Suena el despertador a las 3 y media, Gizmo no reacciona y sigue roncando, pero nosotros ya estamos en pie y a las 4 nos metemos en el coche que nos llevará hasta Abu Simbel, en las proximidades de la frontera con Sudán.

Hasta hace unos meses las visitas turísticas se realizaban en un convoy escoltado por la policía pero en el momento de nuestro viaje la cosa funciona de la siguiente manera: la carretera a la salida de Asuán que da acceso a Abu Simbel, 280 kilómetros al sur, trayecto que se cubre en unas dos horas y media, se abre para los turistas a las cinco de la mañana y se cierra a las cinco de la tarde. Durante este intervalo, se puede circular sin restricciones. Una vez cerrada para los turistas, se abre para los camioneros.

Cuando se abre la verja, suponemos que por deferencia a Gizmo, somos los primeros que nos adentramos en el desierto, literalmente. Lo cierto es que el trayecto no se nos hace pesado (seguro que ayuda que hasta la parada a medio camino para desayunar nos echamos una buena cabezada).

Llegamos al aparcamiento de Abu Simbel cuando son casi las 8 y corremos hacia el sitio. No hay absolutamente nadie en el sendero de acceso así que nos apresuramos por detrás de la pequeña elevación y cuando llegamos a la explanada… ¡no nos lo podemos creer!

No podemos creer que, a pesar de las convulsiones políticas, de las dudas sobre la seguridad, de los malos augurios… por fin hemos conseguido llegar, y ante nosotros tenemos el que tal vez sea, después de las pirámides de Giza, el monumento más emblemático de Egipto.

_DSC0003
Abu Simbel

No podemos creer que los dos gigantescos templos que contemplamos con nuestros propios ojos hubieran sido desmontados y reconstruidos 60 metros por encima de su sitio original, exactamente en la misma relación entre ellos y el sol, y cubiertos con una montaña artificial. No sólo por las dimensiones, es que al contemplarlos, uno tiene la sensación de que no se han movido de ahí en 3000 años…

No podemos creer que durante siglos y siglos un monumento así cayera en el olvido, hasta que en 1813 Burckhardt lo descubrió para el mundo moderno.

No podemos creer lo raro que se comporta Gizmo, echando balones fuera cuando le preguntamos si le gusta y si se quiere hacer más fotos con los colosos…

Y tampoco podemos creer… ¡estar solos! Las personas que a las 8 de la mañana visitan el monumento se pueden contar con los dedos de las manos. Qué sensación tener los templos para uno mismo, ¡como si fuéramos viajeros de los primeros tiempos de la egiptomanía! Así que vamos a ello…

La fachada del templo principal está dominada por las cuatro estatuas colosales de Ramsés II, que aparece sentado en el trono y luciendo la doble corona del Alto y el Bajo Egipto. Entre las piernas y en los lados se encuentran pequeñas estatuas de miembros de la familia real; debajo de estas esculturas, hay otras de cautivos atados.

_DSC0016
Abu Simbel

Dentro del templo, la primera sala alberga ocho magníficas estatuas del rey como Osiris, que también sirven como pilares. Las paredes están decoradas en relieve con escenas que muestran al rey en batalla, incluida la batalla de Kadesh contra los hititas, y también ofreciendo prisioneros a los dioses.

La segunda sala, más pequeña, contiene escenas de ofrendas rituales. En ellas, Ramsés II y Nefertari, su esposa, están representados ante la barca sagrada de Amón o de Ra-Horakhaty. El santuario alberga las cuatro estatuas del faraón y los dioses del Imperio Nuevo.

Al norte del templo principal se construyó un templo más pequeño en honor de Nefertari y la diosa Hathor. Seis figuras colosales de pie, cuatro de Ramsés II y dos de Nefertari, fueron talladas en la roca, junto con figuras más pequeñas. En el interior, el templo cuenta con una sola sala con pilares rematados con cabezas de Hathor.

Pasamos dos horas en el sitio, tiempo suficiente para verlo sin prisas, aunque quien guste de recrearse en los detalles, mejor acuerde media hora más con su conductor.

Los templos de Abu Simbel son esplendorosos en sí mismos y su localización añade un toque de espectacular dramatismo que los convierte en excepcionales. Y para hablar de su localización (ya hemos mencionado que no es la original) hay que hablar del lago Nasser, uno de los lagos artificiales más grandes del mundo, y el resultado de la presa de Asuán.

La presa de Asuán se construyó para prevenir las inundaciones del Nilo, generar electricidad y proporcionar agua para la agricultura, pero provocó una crecida del río que hubiera sumergido los excepcionales monumentos nubios, con Abu Simbel y Philae a la cabeza, de no ser por una campaña internacional sin precedentes auspiciada por la UNESCO entre 1960 y 1980, que consistió en el desmantelamiento de los monumentos, y su traslado y nuevo ensamblaje en otro emplazamiento. Es decir, la presa en sí fue una obra de ingeniería a la que se sumó la increíble coordinación internacional y el desarrollo de nuevas técnicas de estudio y restauración artísticas. Ver las fotografías de los trabajos y los desplazamientos de los monumentos quita el aliento.

_DSC0026
Abu Simbel

En agradecimiento, Egipto donó cuatro templos a los países que contribuyeron especialmente al éxito de la campaña, siendo uno de los afortunados España, que recibió el templo de Debod, desde entonces en Madrid.

De vuelta a Asuán, realizamos otras dos visitas: los templos de Kalabsha, 50 kilómetros al sur de Asuán, y de Philae. Creemos que la visita de los tres monumentos es una inolvidable actividad de un día, totalmente factible.

El templo Kalabsha fue trasladado a su ubicación actual en una isla en medio del lago Nasser, en 1970, junto con otros dos pequeños templos y el quiosco de Qertassi. Desde el embarcadero situado junto al horripilante monumento a la amistad (corta) ruso-egipcia, tomamos la barca para llegar la isla y la encontramos totalmente vacía: fue la primera vez que teníamos un templo para nosotros solos, pero no la última.

_DSC0041
Kalabsha

El templo se dedicó a Mandulis, que era la personificación romana del dios solar nubio Merwel. La mayor parte de lo construido data de la época romana. Está decorado con relieves de Horus saliendo de entre los juncos o de Augusto como faraón, realizando ofrendas a los dioses egipcios, y sus paredes también contienen diversos registros históricos, como el de un gobernador romano que en el año 250 prohibió la entrada de cerdos en el templo.

Volvemos a tierra firme y nos dirigimos al más bullicioso embarcadero hacia la siguiente visita: el Templo de Philae, desmantelado y vuelto a montar en una isla que ha sido enjardinada para que coincida con su emplazamiento original, a unos 550 metros.

_DSC0104
Philae

El templo estaba consagrado a Isis, y del conjunto destacamos los pilones monumentales; la casa de nacimiento, o mammisi, un elemento esencial de los templos durante el período ptolemaico, rodeada por columnas coronadas por capiteles con cabezas de Hathor; y el quiosco de Trajano, una de las estructuras más hermosas de Philae: catorce columnas coronadas por capiteles ornamentados, y que servía de estación a la barca de Isis en su trayecto hacia la isla donde reposa Osiris.

_DSC0140
Philae

Regresamos a Asuán pasadas las tres de la tarde, contentísimos pero hambrientos. Nuestro guía nos hizo una gran recomendación: Makka, un restaurante con buena comida local, frecuentado por los comerciantes del zoco.

El día siguiente emprendimos el crucero por el Nilo pero antes quisimos visitar las Tumbas de los Nobles. Las colinas de esta ribera, además de cubiertas de arena, están repletas de tumbas de gobernadores, desde el Imperio Antiguo hasta la época romana; y los trabajos de excavación aún siguen hoy en día. Unas escaleras que trepan por la colina conducen a las tumbas, excavadas en la roca; sólo unas pocas son visitables. Aunque no están tan bien conservadas como algunas de las que visitamos más tarde, creemos que valen mucho la pena. La decoración interior contiene textos jeroglíficos que detallan las carreras de sus dueños, así como hermosas escenas de la vida cotidiana.

_DSC0158
Las Tumbas de los Nobles

Desde lo alto, las vistas  de la ciudad, el río, las islas y el desierto, son sensacionales, el mejor lugar para despedirse de Asuán. Ahora tocaba descender el Nilo rumbo a una de las grandes capitales de la antigüedad, Tebas, pero allí arriba supimos que algún día lo remontaremos para llegar hasta Sudán y Etiopía.

_DSC0170
Las Tumbas de los Nobles

Gizmo te cuenta

¡Abu Simbel está en medio de la nada! Nosotros ya dijimos que aquello pillaba un poco a desmano, pero el faraón se puso cabezón, y es que a Ramsés II le gustaba más hacerse estatuas que a un Gizmo hacerse fotos.

Encima luego nos pide que nos quedemos a cuidar todo aquello y, claro, el desierto es bastante aburrido y no podíamos bañarnos en el Nilo porque los cocodrilos nos mordían el culete, así que cuando nos cansábamos de hacer la croqueta por las dunas, correteábamos por los templos y, sé que no está bien y que los papas se enfadarán cuando lean esto, también trepábamos por las estatuas.

Trepábamos y saltábamos, y una de ellas se rompió sola… ¡sola! La cabeza quedó a los pies del faraón sentado. Había otras tres estatuas iguales, había cientos de estatuas de este faraón por todo el país, pero sabíamos que la habíamos pifiado.

Se nos ocurrió que podíamos disimular el desastre echándole un poquito de arena al sitio y, bueno, le echamos una duna entera. Para nuestra sorpresa, nadie echó de menos aquel templo, a pesar de que era un sitio enorme, imposible de olvidar para alguien que lo hubiera visto.

¿Cuánto tiempo tarda en prescribir el castigo por un destrozo así? No estábamos seguros, así que dejamos pasar el tiempo, unos 2000 mil años más o menos, y pensamos que el mundo merecía volver a disfrutar de este monumento.

Nos enteramos de que Burckhardt, al que habíamos ayudado a encontrar Petra (pero esa es otra historia), estaba por la zona así que medio desenterramos la cabeza de una de las estatuas y le dijimos: Si explicas al mundo que un antiguo terremoto dañó las estatuas, y que los Gizmos no hemos tenido absolutamente nada que ver, te enseñamos algo que vas a flipar.

El resto es historia humana….

_DSC0978
Gizmo en Abu Simbel