Es difícil hablar de Luxor, la antigua Tebas, capital de los faraones durante casi mil años tras suceder a Menfis en el 2040 a.C. Uno de los lugares más impresionantes que han visitado los Gizmos Viajeros, tanto por los espectaculares restos arqueológicos que alberga (reconocidos por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad) como por el lugar donde se encuentran, entre el vergel que son las orillas del Nilo y el anuncio del desierto que son los acantilados de la orilla oeste.

Hay muchas cosas que visitar en Luxor, y esperamos que nuestra experiencia os ayude a planificar un gran viaje. Antes de entrar en detalles, ahí van unos consejos básicos:

  1. Pasamos cuatro días completos en Luxor, incluyendo una excursión fuera de la ciudad. Creemos que es el mínimo que se merece.
  2. Moverte por Luxor por tu cuenta es facilísimo, así como negociar con los taxistas para que te lleven a los diferentes puntos en las colinas. No es necesaria una agencia.
  3. Nosotros optamos por madrugar, desayunar fuerte y alargar la mañana hasta un almuerzo tardío. Entre que los restaurantes están abonados, aunque sea involuntariamente, al movimiento slow food, y que los principales monumentos cierran sobre las 17:00-18:00 horas, nos pareció que de esta manera se optimizaba mejor el tiempo.
  4. ¿Orilla este u oeste? Nosotros nos alojamos en el oeste, a 5 minutos del ferry, y nos pareció una localización ideal.
  5. Hotel con piscina, para poder pasar un par de horas en remojo entre el final del almuerzo y la caída del sol.
  6. Lo antes posible haceros con un montón de billetes pequeños con los que llenaros los bolsillos. Luxor es el paraiso de la “baksheesh”, propina por cualquier cosa.

Vamos con el relato del viaje…

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Gizmo en Dendara

La última noche en la dahabiya la sufrimos inmersos en una tormenta de arena tal que la tierra se coló por todas las rendijas posibles, y amanecimos cubiertos por el desierto. Menos mal que el más inteligente de la familia se había resguardado en su bolsita de viajar y no tuvimos que pasarnos el resto del día cepillándolo. A las 4 de la mañana abortamos nuestro intento de salir hacia Abydos y Dendara, así que llegamos a Luxor a media mañana con el minibús del crucero, y tras dejar que Gizmo diese besos y brazos a todos nuestros compañeros de travesía.

La antigua capital se recuperaba de la tormenta a golpes de manguera y escobazos mientras nos aseguraban que hacia años que no veían un fenómeno como aquel, así que Gizmo pudo abandonarse al drama gritando que la maldición de la momia lo perseguía. Por tal de calmarlo salimos pitando a comer, y gracias al manager del hotel, acabamos en un pequeño restaurante entre los cultivos de la orilla oeste (Wolf): tanto nos gustó que regresamos unas cuantas veces más.

Con la ayuda (excesivamente cara) del hotel nos hicimos con un conductor y empezamos a visitar la orilla oeste:

¡ATENCIÓN! Existe una oficina central donde se compran las entradas de los lugares de la orilla oeste, excepto de los valles de los Reyes y las Reinas. Se encuentra en la carretera principal que va del ferry a los acantilados.

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Templo de Luxor

Tumbas de los Nobles

Nuestro primer contacto con el paisaje lunar de los acantilados de Luxor, un lugar desolado que consigue transmitir esa sensación de eternidad inmutable en la que creían los antiguos egipcios.

El pueblo de Gurna se encontraba aquí (todavía se ven resto de los últimos edificios expropiados por el gobierno) y las tumbas estuvieron habitadas durante cientos de años, siendo hogares, establos, almacenes…. Belzoni, a principios del siglo XIX, describe a los pastores durmiendo sobre momias y utilizando vendas para encender el fuego

El sol inclemente y la soledad del lugar (¡ni un turista!) le daban un aire de irrealidad, pero de sacarnos del ensueño se encargó un “amigo” que saltó sobre nosotros, autoproclamándose nuestro guía. Como era imposible deshacerse de él, negociamos y así nos llevó de tumba en tumba. A pesar de su aliento a alcohol barato hay que admitir que la señalización del lugar es pésima y que habríamos tardado el doble sin su ayuda, subiendo y bajando montículos y arrimándonos a las paredes y fosos donde se abren las tumbas, no todas visitables.

Si las tumbas de la nobleza (de la capital) están decoradas con estas pinturas, esta magnificencia, ¿cómo serán las tumbas de los faraones?

Las entradas se compran por grupos de tumbas. ¿Vale la pena verlas todas? Pues sí, ya que has llegado hasta allí, no te va de unos pocos euros ni de una o dos horas.

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Valle de los Nobles

Ramesseum

A dos minutos en coche desde la tumbas de los Nobles, se trata de un templo memorial en honor de Ramses II, es decir, forma parte de los monumentos funerarios del importante faraón cuya tumba se encuentra en el Valle de los Reyes.

Las tumbas de los Reyes estaban selladas y ocultas (par evitar saqueos) así que era en los templos de la orilla oeste donde se rendía culto y homenaje al difunto.

Este gran templo no sólo forma parte de la historia del antiguo Egipto, por la importancia del megalómano gobernante que lo erigió (algunas de sus victorias registradas en los muros), sino también es parte importantísima de la historia de la egiptología (cómo vemos, entendemos y nos fascinamos por el mundo faraónico) e incluso de la literatura inglesa (y universal).

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Ramesseum

Desde este templo, Belzoni consiguió trasladar hasta el Museo Británico uno de los colosos que representan a Ramses II. Tanta expectación creó esta adquisición que inspiró a Shelley uno de sus poemas más conocidos “Ozymandias”, y esta hermosísima descripción de lo efímero del poder terrenal aparece en la cultura pop de diferentes maneras, sea un personaje de los Watchmen de Alan Moore o uno de los capítulos finales de “Breaking Bad”.

Nosotros lo corrimos en soledad, sobrecogidos por el lugar, mientras Gizmo refunfuñaba sobre si Ramses se hacía más estatuas que ellos y que no era justo…

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Ramesseum

Templo-memorial de Seti I

Del hijo (Ramses II) al padre (Seti I). El lugar es más pequeño, menos espectacular y peor conservado que el Ramesseum, pero destacamos dos cosas. La primera, el paseo con palmeras que llega hasta la pequeña entrada y que le da una personalidad especial; la segunda, conserva parte del techo y el “guardián” del lugar nos “invitó” a subir. Mal hecho, lo admitimos, pero ver los patios del templo desde las alturas y los gravados de la paredes desde los agujeros de las salas fue muy especial.

Tras un breve descanso al hotel, cruzamos el Nilo. Las opciones: ferry público o alguna de las barcas del muelle (si no quieres esperar).

Empezaba a atardecer y nosotros sólo teníamos ojos para una cosa: el templo de Luxor.

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Templo de Seti I

Templo de Luxor

Orillado junto al Nilo y rodeado por la ciudad moderna, debe su magnificencia a Amenothep III y a Ramses II; si bien otros faraones, e incluso emperadores romanos, continuaron engrandeciéndolo.

La entrada se encuentra justo en el lado contrario del río, así que hay que voltear todo el conjunto, evitando calesas, coches y autobuses repletos de turistas. Se nos acabó la soledad de la orilla oeste, pero la verdad es que el lugar es tan grande que incluso con toda esa gente no hay agobio.

Nada más entrar, da la espalda al templo y disfruta con la vista de la famosa avenida de las esfinges, un paseo de 3 kilómetros que llega hasta el templo de Karnak, y que el actual gobierno egipcio tiene la intención de recuperar y convertir en un paseo monumental.

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Avenida de las Esfinges

Mientras Gizmo canturreaba la marcha triunfal de Aida y se quejaba de la falta de trompetas que anunciasen su entrada, bordeamos el obelisco y traspasamos el primer pilón custodiado por las estatuas de Ramses II. En el primer patio, otro montón de magníficas estatuas, pero lo que llama la atención es la mezquita del siglo XIV a un lado y muy por encima de las columnas ¡un verdadero corte transversal en las capas de historia superpuestas en Egipto!

El templo es un lugar maravilloso, una visita obligada en Luxor, pero cuando nos quedamos boquiabiertos fue al entrar en el gran patio de Amenhotep III y toparnos con aquel espacio, abierto al cielo nocturno y rodeado por un inmenso bosque de columnas iluminadas.

Acabamos de visitar las estancias del templo y regresamos a la orilla oeste para cenar en uno de los restaurantes en las azoteas de los edificios próximos al muelle, viendo el Nilo y con el templo iluminado al fondo. Nada mal para ser sólo el primer día de visita.

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Templo de Luxor

Abydos

Empezamos nuestro segundo día en Luxor antes de que Horus abriese el ojo y al borde de la tragedia (sin darle de desayunar a Gizmo). Dedicamos la mitad del día a visitar algunos de los templos más impresionantes del viaje: el de Hathor en Dendara y el de Seti I en Abydos.

Como ya hemos explicado, realizamos la excursión con la misma agencia con la que contratamos el crucero; el precio fue alto pero incluía un conductor y un guía. Según alguna fuente en internet y la Lonely Planet, se puede realizar la visita por libre, moviéndote en tren y/o con un taxi, pero no pudimos contrastar la veracidad de esa opción. Lo cierto es que hay controles militares en las carreteras y, según nuestro guía, era necesario registrarse previamente.

La pregunta pertinente es: ¿vale la pena el desplazamiento?, ¿no se visitan suficientes templos ya? La respuesta: ¡no hay que perdérselos! ¡Os arrepentiréis!

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Dendara

Por cierto, no queremos dar rabia, pero ambos templos los recorrimos totalmente a solas…

En primer lugar visitamos Abydos, centro de peregrinación dedicado al culto de Osiris, dios principal del panteón egipcio, y donde, según la tradición, estaba enterrada su cabeza. Tal era la importancia religiosa del lugar que en las decoraciones de las tumbas y en los ajuares funerarios se encuentran barcas destinadas a permitir el viaje del alma del difunto hasta Abydos.

A día de hoy sigue siendo un lugar de atracción mística y en al carretera que llega hasta el lugar existen un par de establecimientos dedicados a alojar y organizar las visitas para personas que van allí a meditar y sentir la energía.

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Abydos

Nosotros visitamos el templo, dedicado a los seis dioses principales y al mismo Seti I; no podemos decir que tuviésemos una revelación trascendente pero sí que el lugar es muy especial, ya sea por la forma inusual de la estructura en L o por la atmósfera misma del templo.

Los pilones exteriores están en ruinas y sobre una pequeña elevación podemos ver, detrás de un estrecho porche de columnas cuadradas, las diferentes puertas del templo, la mayoría cegadas, pero originariamente una para cada dios.

Los relieves que cubren las paredes de las dos salas hipóstilas y sus columnas son trabajos exquisitos, pero lo que hace tan especial a este lugar son tres cosas:

  • Las cámaras interiores, a las que se llega atravesando el santuario de Osiris, dedicadas a la tríada de Osiris, Isis y Horus. El espacio está dividido en dos habitaciones, sumido en el silencio y la penumbra, lanceado por los rayos del sol que se cuelan a través de las aperturas del techo sostenido por los robustos pilares erguidos como milenarios guardianes de los misterios de los dioses. Por si no ha quedado claro, el sitio es luminoso y tal, pero da un poco de yuyu, no yuyu malo, pero yuyu al fin y al cabo. Aquí es donde viene la peña a conectar con las energías telúricas.
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Abydos
  • La galería de los Reyes o el salón de la fama faraónico; un pasillo con los nombres de todos los faraones precedentes.
  • El Osireion. A través de un pasillo decorado con monumentales gravados se sale a la parte exterior del templo y allí se levanta una enigmática construcción datada en el reinado de Seti I. Parece ser que lo que puede verse actualmente es en realidad una cámara funeraria, un cenotafio dedicado a Osiris, originariamente situado bajo un túmulo. El espacio está construido con inmensos bloques y tiene una estructura central, sobre la que descansaría el sarcófago, rodeada por un foso lleno de agua y una serie de criptas. Si hay algún lugar, además de las pirámides, donde se te puede ir la olla con la intervención alienígena, ese es el Osireion.

Cuando nuestro guía nos preguntó si necesitábamos tiempo libre, no dudamos en la respuesta, así que durante un buen rato pudimos deambular por el templo nuestro aire… ¡no tiene precio!

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Abydos

Lo que sí tuvo precio, y muy barato, fue el desayuno egipcio que nos metimos entre pecho y espalda a base de tortilla, pan ácimo, tomate, queso curado (con un 300% de sal), alubias y unos cuantos litros de té. Con la barriguita bien llena ya estábamos listo para el amor.

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Desayuno en Abydos

Dendara

Y lo encontramos en Dendara, más concretamente, en el templo de Hathor, diosa del amor, la música, la danza y los placeres sensuales así en general (los griegos y romanos la asimilaron a Afrodita y Venus), esposa de Horus y en algún momento presentada como “señora del Oeste” en el rol de psicopompo (¡pensaba que nunca utilizaría esta palabra en mi vida!)

Para que nos aclaremos, Hathor es la diosa representada como una vaca, con cabeza de vaca o con rasgos de vaca (ojos, orejas, cuernos). La verdad es que no estamos seguros de la relación zoomórfica entre el amor carnal y el género bovino, pero el lánguido mirar y el contoneo de las caderas al andar, junto con la relación entre fecundidad y sustento pseudo-materno (amamantar) pueden tener algo que ver.

Si bien Dendara fue centro de culto (y de importancia económica y estratégica) desde hace más de 4000 años, los restos actuales del templo pertenecen principalmente a la dinastía ptolemaica y su principal singularidad es poder visitarlo TODO, desde las criptas subterráneas (lugar de almacenamiento y escondrijo de tesoros) hasta los diferentes pisos y techos con sus capillas ceremoniales.

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Dendara

Lo primero que encontramos antes de entrar en el templo son los restos de diferentes construcciones: una basílica copta (pilares y muros bajos, pero puede apreciarse la reconocible planta del edificio) y dos “mammisis”, el más antiguo del faraón Nectanebo I y el más moderno, de origen romano. Los “mammisis” estaban relacionados con el nacimiento divino, en muchas ocasiones el del mismo faraón o emperador, que así se declara descendiente de dioses, y por lo tanto su relación con Hathor (una de las dioses madre por excelencia) está más que justificada.

Cierto personaje peludito tendrá alguna cosa que contar sobre estos edificios…

Al igual que en Abydos, no quedan restos de los pilones, así que tras atravesar el patio desierto, nos encontramos con la primera sala hipóstila, un laberinto de magníficas columnas con capiteles de cuatro lados decorados con cabezas de Hathor, desfiguradas tras el paso de cristianos y musulmanes. La misma decoración y mismos estragos los encontramos en la pequeña segunda sala hipóstila que nos conduce al recinto de las ofrendas; desde allí podemos acceder a las escaleras procesionales (más bien pequeñas rampas) en cuyos muros encontramos representados los séquitos de sacerdotes que acompañaban a las estatuas de los dioses cuando se movían del santuario interior hasta los templetes del tejado, donde recibían la visita del dios Sol.

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Dendara

También se pueden visitar diferentes estancias en el tejado, algunas con techos decorados. El más famosos de todos es una reproducción, ya que el original (“el zodíaco de Dendara”) se encuentra en el Louvre.

Del ático al sótano, y es que en una de las estancias posteriores al santuario donde reposaba la barca ceremonial y la estatua de la diosa, encontramos una trampilla que se abrirá gracias a una pequeña propina y nos permite visitar parte de las criptas del templo (si tienes un pelín de claustrofobia o miedo al ataque de momias asesinas, mejor abstenerse).

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Dendara

Dendara es el mejor templo para hacerse una idea de la integridad funcional del edificio y comprender parte de sus rutinas, pero todavía queda algo más. En el exterior (no hay corredor ya que las paredes exteriores se encuentran destruidas) podemos ver una representación de Cleopatra VII, la más famosa gobernante de Egipto, junto a Cesarión, el hijo que tuvo con Julio Cesar: ahí es nada.

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Columnas en Dendara con representaciones del dios Gizmo

Boquiabiertos por los dos lugares visitados regresamos a Luxor para un almuerzo casi a la hora de la merienda y, tras una breve parada técnica en el hotel, cruzar a la orilla este para visitar el Museo de Luxor, que convenientemente cierra mucho más tarde que los monumentos.

Se puede llegar a pie desde el ferry pero el camino no es particularmente hermoso (cruceros feos en el Nilo, algún restaurante flotante y un paseo ribereño anodino), así que un taxi no es mala opción.

El museo es una visita que vale la pena, ya que permite disfrutar de sus piezas y aprender sobre ellas gracias a una distribución y señalización propias del siglo XXI, no como la desvencijada cueva de Ali-baba que resultará ser el Museo de El Cairo.

Salimos del museo una vez ya había anochecido y volvimos a despedir el día en una de las terrazas de la orilla oeste contentísimos por todo lo visitados y emocionados por nuestros planes para el día siguiente: el Valle de los Reyes.

GIZMO TE CUENTA

En la última noche en el barco, la maldición de la momia cayó sobre nosotros en forma de tormenta de arena, en un intento desesperado de que yo, el faraón Gizmothep LXVI no regresase a Tebas y los eclipsase a todos con mi gloria, mi adorabilidad y mis orejitas.

Pues te fastidias, momia mala, porque los únicos que acabaron de arena hasta las cejas fueron los papas. Yo quedé fresco como una rosa de la orilla del Nilo.

Nos pasamos el día de templo en templo, todos repletos de estatuas del creído de Ramses II, al que no le teníamos mucha estima desde el pequeño incidente en Abu Simbel: menos mal que los Gizmos no somos rencorosos…

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Gizmo en el Ramesseum

Aunque el primer día en Luxor me esperaba un gran desfile por la avenidas de las esfinges montado en un carro de oro y con la multitud gritando mi nombre y lanzándome pétalos y cosas dulces para comer, me conformé con ir con los papas y que me hicieran unas fotos en las que salgo guapísimo.

A la mañana siguiente me desperté en medio de Abydos gracias los poderes que tenemos los Gizmos cuando viajamos de teletransportarnos a los sitios, y no como dicen por ahí de que nos dormimos y no nos enteramos de cuando nos meten en la mochila.

Allí pude solucionar uno de los peores errores por omisión de la historia del mundo: ¡los nombres de los faraones de la dinastía gízmica no están en la Galería de los Reyes! Así que mientras los papas deambulaban por lo que llaman el Osireion (en realidad, un cuarto de los juguetes que no acabamos de construir porque después de mover los bloques de piedra nos dio un poco de flojera y nos fuimos a bañar al Nilo, y allí ya se nos pasó el rato), me dediqué a completar la verdadera lista de todos los faraones de Egipto. Hecho lo cual, pusimos rumbo a Dendara, nuestro templo.

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Gizmo en el Templo de Seti I

Nada más llegar, los papas alucinaron con el mogollón de representaciones de Bes, el dios-gizmo, que había por todos lados.

¿Qué se esperaban? Es un lugar dedicado al amor, al jolgorio y al buen rollo, ¡pues claro que hay un montón de Gizmos! Los egipcios sabían a quién tenían que adorar para eso. También nos representaban en los “mammesis”, y es que siempre se ha sabido que no hay nada mejor que un Gizmo-niñera para cuidar a un bebe.

Cuando volvimos a Luxor pedí a los papas que me llevasen al museo a visitar a Amosis I y a Ramses I para hacer las paces con las momias, porque además de unos fieros guerreros somos grande diplomáticos y nos gusta que todo el mundo esté en paz y contento, antes de cenar e irnos a la cama.

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Representación del dios Gizmo en Dendara