Los colombianos que no son de Bogotá llaman a la capital “La Nevera”, tanto por su clima desabrido como en una alusión (maliciosa) al frío carácter de sus habitantes.

A Gizmo lo reciben en todos lados con los brazos abiertos, así que no tenemos queja del trato durante nuestra breve estancia, pero en cuanto al clima, la mala fama de la ciudad es más que merecida, ¡así que venid preparados para frío, lluvia y “magníficas” ráfagas de viento!

Pasamos en Bogotá cuatro días. No nos pareció un destino de enorme interés turístico, a pesar de su oferta de ocio y cultura (especialmente museos). Hablamos con expatriados que nos daban la razón, arguyendo que era más interesante vivir allí que visitarla. Así que dos o tres días son suficientes, teniendo en cuenta la cantidad de sitios increíbles del resto del país.

A continuación explicamos cómo organizaríamos los días, que no fue exactamente cómo los distribuimos nosotros, a causa de dos circunstancias:

  • El primer día estuvo condicionado por una reserva para comer a las 13:30. Después del menú (con maridaje de alcohol), tuvimos que volver al hotel a echar una pequeña siesta que empezó a las 17:30… y se alargó hasta las 6:30 del día siguiente (Gizmo style).
  • El segundo día coincidió con la celebración del referéndum popular anti-corrupción, y los museos y sitios turísticos se cerraron. La buena noticia es que en Colombia, cuando hay votaciones, se decreta ley seca, así que Gizmo no tuvo excusa para una nueva siesta de doce horas. La mala, que el referéndum no salió adelante, dejándonos con la duda de si fue porque los colombianos quieren la misma o más corrupción…
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Vistas desde Monserrate

Consejos sobre adquisiciones y desplazamientos

Recomendamos hacerse con una SIM prepago (Claro, Movistar, Tigo). El smartphone es una herramienta muy útil durante un viaje (mapas, rutas de transporte, dónde hay la mejor cerveza, emergencias…). El precio de la SIM no es caro (hay diferentes planes, según días y cantidad de datos o necesidad de llamadas).

Para los desplazamientos, nuestra apuesta fue: Google Maps (o app de Transmilenio) + “TULLAVE” + todo tipo de buses (especialmente el Transmilenio, una red de autobuses con carriles exclusivos, las líneas más rápidas de la ciudad).

La tarjeta “TULLAVE” se compra en cualquier estación del Transmilenio (no en las paradas de bus), se carga con el saldo que se considere oportuno y se puede utilizar en todas las líneas de transporte. La primera mañana nos subimos a un bus, tan felices, y como el conductor no tenía cambio ni nosotros tarjeta de transporte, acabamos viajando gratis, para embarazo nuestro y felicidad de Gizmo, que considera que él no tiene que pagar nada por adorable.

Por lo demás, resulta fácil orientarse en Bogotá. Las calles (dirección este-oeste) y carreras (dirección norte-sur) están numeradas. El centro de la ciudad marca el inicio de la cuenta: hacia el norte, la nomenclatura es simple; hacia el sur (es improbable que el turista se adentre aquí) se les agrega la etiqueta “sur”.

Además, siempre es visible un grupo de montañas que se conocen como cerros orientales. Estos cerros ocupan el margen oriental de la ciudad, así que si nos colocamos frente a ellos, estamos mirando hacia el este.

Día 1 LA CANDELARIA Y MONSERRATE

La Candelaria es el centro histórico de Bogotá, testigo de la fundación de la ciudad, la expansión colonial española y la independencia del país.

¡Atención! Bogotá no nos pareció una ciudad muy madrugadora, y menos en fin de semana, así que si no queréis pasear por calles desiertas y un poco desangeladas, mejor ponerse en marcha a partir de las 10 a.m.

En la actualidad, la Candelaria está protegida, pero no siempre fue así. En los años treinta del siglo XX, por ejemplo, en pos de una supuesta modernidad, se destruyó buena parte de la arquitectura colonial; y en los años setenta, la expansión de la ciudad sumió la zona en un abandono y deterioro que tardó en superar…

A pesar de ello, su legado arquitectónico es notable, e incluye iglesias (nada menos que diecisiete), capillas, palacios y edificios públicos.

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La Candelaria

Actualmente los palacios suelen ser sede de instituciones, cerrados al público, y muchas iglesias también permanecen cerradas fuera de los horarios de misa, así que es posible visitar la Candelaria en una mañana (el barrio se recorre a pie perfectamente). Si se incluyen otros museos más allá de los del Banco de la República, hará falta más tiempo.

La inmensa Plaza de Bolívar es el inicio lógico del recorrido. Tradicional punto de encuentro, ha servido a lo largo de su ajetreada historia como escenario para ejecuciones, espectáculos circenses, proclamaciones por nuevos monarcas o virreyes, mercado, funerales de estado, corridas de toros…

A su alrededor, los edificios más importantes: al oriente, la catedral (neoclásica), la casa del cabildo eclesiástico, la capilla del Sagrario y el Colegio Mayor jesuita; al occidente, el Palacio Liévano, sede de la alcaldía; al norte, el Palacio de Justicia; y al sur, el Capitolio Nacional.

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El Capitolio Nacional

Durante los días que permanecimos en Bogotá, pasamos varias veces por la plaza y siempre encontramos la catedral cerrada. Del resto de edificios, el del Capitolio ofrece visitas guiadas, que intentamos reservar por correo electrónico, sin respuesta.

Nada grave porque el edificio neoclásico que nos apetecía conocer, el Teatro Colón, obra además del mismo autor (Pietro Cantini), pudimos hacerlo en una visita guiada de una hora que reservamos allí mismo. Es un pequeño y hermoso teatro a la italiana, según la moda de las ciudades en crecimiento a finales del siglo XIX, con la platea cubierta por un cielo con pinturas al fresco de las nueve musas.

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El Teatro Colón

De todas las iglesias que conseguimos visitar, si hay que escoger, nos quedamos con la de Santa Clara, transformada en museo, una de las más representativas del barroco de los siglos XVII y XVIII, y cuyo severo exterior contrasta poderosamente con un interior majestuoso con techo en bóveda tachonado de flores de madera doradas, retablos en ambas paredes, celosías estrelladas y una colección de pinturas que recubren los muros sin dejar un solo espacio vacío. ¡Gizmo tomó tantas ideas para decorar la Atalaya…!

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Santa Clara

En cuanto a los numerosos museos y centros culturales, destacamos el Centro Cultural García Márquez, obra de Rogelio Salmona (del que hablaremos más adelante), encargado en 2003 por Fondo de Cultura Económica en 2003, y con una fantástica librería; y el conjunto de casonas coloniales del Banco de la República, que incluyen (¡acceso gratuito!) el Museo Botero, la Casa de Moneda y el Museo de Arte.

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La Candelaria desde el Centro Cultural García Márquez

De estos últimos, como habíamos reservado para comer a las 13:30, sólo nos dio tiempo a entrar al Museo Botero, que debe su existencia a una donación del artista de 208 obras, 123 de su propia autoría y 85 de artistas internacionales modernos. Las obras de Botero incluyen dibujos, acuarelas, óleos, pasteles y esculturas, y permiten apreciar los rasgos característicos de su obra, como el manejo del volumen, el gusto por la sensualidad o la combinación de ironía y respeto en el tratamiento de los temas, aunque la ausencia de paneles explicativos que ayuden en la comprensión de las obras, hace que prácticamente salgas igual que entraste, así que recomendamos la audioguía.

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Museo Botero

Creemos que, comiendo por la zona, a primera hora de la tarde se podría subir a Monserrate, uno de los símbolos de la ciudad y, según todas las guías y webs que consultamos, visita “imprescindible”. Hay diferentes opciones para llegar al cerro: a pie, en teleférico o en funicular. Nosotros subimos en funicular y bajamos caminando (el descenso nos llevó una hora; para la subida hay que calcular entre dos y tres).

El lugar es una muestra de sincretismo religioso, donde se mezclaron las creencias muiscas de adorar en partes de las montañas con la costumbre cristiana de edificar ermitas en las cimas de montañas; lo que condujo a la construcción de una ermita en lo alto del cerro. En ella se instaló una escultura de la Virgen de Montserrat (de ahí el nombre del cerro), que se perdió, y una talla de un Cristo Caído, que gozó desde muy temprano de la fama de ser milagrosa, lo que provocó la continua peregrinación de devotos a su santuario.

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Sendero peatonal de Monserrate

La visita nos decepcionó y nuestra opinión es que el sitio no vale la pena, a no ser que se tenga interés en los destinos de peregrinación. Es indudable que Monserrate forma parte de la memoria de los bogotanos (de hecho, muchas de las conversaciones recordaban las veces que durante la infancia se había peregrinado al santuario en familia). No obstante, para un foráneo, el valor arquitectónico de la basílica es escaso y el sendero no permite disfrutar del paisaje del bosque andino. Si, pese a todo, decidís hacer la visita, recomendamos ahorrar tiempo y sudor, subiendo y bajando en teleférico o funicular.

Una buena alternativa para tener vistas también fabulosas es la Torre Colpatria.

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Vistas desde la Torre Colpatria

Día 2 ZIPAQUIRÁ Y CHAPINERO

La Catedral de Sal de Zipaquirá es la excursión de un día típica desde Bogotá. A apenas 50 kilómetros de la capital, se puede llegar sin problema en transporte público.

Zipaquirá, además, es una pequeña y bella ciudad que conserva su arquitectura colonial, y cuya historia se remonta a los tiempos de los muiscas, cuando fue el centro económico más importante de la región gracias a la explotación de la sal.

El papel de Zipaquirá en la consecución de la independencia fue decisivo: en la plaza de los Comuneros, totalmente adoquinada y circundada por casas coloniales y algunos edificios de estilo republicano, se firmaron las capitulaciones, y con los beneficios de las minas de sal se costeó la guerra de independencia y el sustento del nuevo Estado.

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Zipaquirá

La Catedral de Sal actual, inaugurada en 1995, fue votada primera maravilla de Colombia. Se trata de una catedral subterránea tallada completamente en sal en el interior de las minas, inspirada en la devoción que los mineros manifestaban antes de iniciar su jornada laboral, cuando adornaban los socavones con imágenes de santos a los que imploraban protección.

Al acceder a la mina, nos topamos con las estaciones del viacrucis, a través de diferentes representaciones abstractas de la cruz y juegos de luces. El tramo final, centro de la catedral, cuenta con tres naves adornadas con una colección de esculturas de sal y mármol, en un ambiente invadido de un profundo sentimiento místico-religioso. En la central, se hallan la cruz de 16 metros, el altar mayor y cuatro inmensas columnas que simbolizan los evangelistas.

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Catedral de Sal

¿Vale la pena la excursión? Sí, el lugar es interesante y el pueblo, pequeño y bonito (desde la mina hay un tren-bus turístico que te da una vuelta y te va explicando los lugares más relevantes del centro). ¿Es tan extraordinario como para ser “primera maravilla de Colombia”? ¡Para nada!

De regreso a Bogotá, puede pasarse la tarde en Usaquén, una antigua población colonial que se anexó a la capital a mediados del siglo XX, siendo desde entonces uno de sus distritos más exclusivos. Paseamos por la zona colonial, que alberga numerosos restaurantes y cafés en hermosas casas coloniales (¡hay que darle de merendar a Gizmo!), la antigua hacienda de Santa Bárbara, actualmente un centro comercial, y la iglesia del mismo nombre.

Un autobús nos dejó junto al Parque Chicó, que atravesamos para bajar hasta el Parque de la 93, rodeado de tiendas, restaurantes internacionales, cafés y discotecas, y desde donde volvimos caminando al hotel por el barrio de Chapinero. Tanto Usaquén como el Parque de la 93 y la zona de Chapinero no son lugares con grandes atracciones turísticas, pero pasear a la hora en que los estudiantes volvían a sus casas y los oficinistas salían de sus trabajos, nos dio una idea del entorno en que vive y se mueve la clase media bogotana.

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Basílica de Nuestra Señora de Lourdes en Chapinero

DÍA 3 MUSEO DEL ORO Y CIUDAD UNIVERSITARIA

El Museo del Oro es la visita de verdad imprescindible en Bogotá, y un museo de nivel mundial. Reúne la colección de piezas de orfebrería y alfarería del período prehispánico más grande del mundo, con 34.000 piezas pertenecientes a las culturas quimbaya, calima, tayrona, muisca, sinú, nariño, tolima… Al igual que en Perú, nos resulta fascinante la cantidad de culturas prehispánicas que existieron y lo poco conocidas que son…

Las exhibiciones del segundo piso agrupan los hallazgos por región, con descripciones de cómo se utilizaron las piezas, mientras que las del tercer piso explican cómo se usó el oro en ceremonias y rituales.

Hay piezas hermosísimas pero destaca la famosa “Balsa de Guatavita”, que representa una ceremonia religiosa en la que el cacique y sus principales sacerdotes abordaban una balsa en la laguna sagrada, cargada con ofrendas de oro, que eran depositados en la laguna, en donde también el cacique se sumergía completamente cubierto de oro en polvo… Esta ceremonia está en el origen de la leyenda de “El Dorado”.

Hay paneles explicativos pero es difícil hacerse una idea cabal de todas las maravillas del museo en una mañana; quizás una visita guiada focalizada en algún aspecto concreto sea más provechosa.

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Museo del Oro

Nuestros dos últimos lugares recomendados son dos pequeñas joyas “fuera de ruta”: la Ciudad Universitaria de Bogotá y la Biblioteca Virgilio Barco.

La Ciudad Universitaria, cuya construcción comenzó en 1936, fue un proyecto pionero en América Latina, no solo introdujo el concepto de campus (inspirado en universidades de América del Norte, y que serviría de referencia a la Universidad Nacional Autónoma de México o la Ciudad Universitaria de Caracas), sino que también sirvió como laboratorio de arquitectura y urbanismo, con la importación de tendencias y estilos vanguardistas. De los extranjeros responsables del proyecto, dos alemanes fueron decisivos: el educador Fritz Karsen y el arquitecto Leopoldo Rother.

Todos los edificios construidos en los primeros años fueron pintados de blanco (de ahí se origina el apodo de La Ciudad Blanca), con una arquitectura simple, volúmenes claros, sin adornos, orientada al cumplimiento efectivo de su función, dando al conjunto un sentido racionalista.

El resultado es una muestra excepcional de edificios del movimiento arquitectónico moderno, un buen número de los cuales han sido considerados monumentos nacionales. En la plaza central, en los años 70, se construyeron la Biblioteca Central y el Auditorio de León de Greiff.

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Ciudad Universitaria

El campus se encuentra cerca de la principal zona verde de la ciudad, el Parque Metropolitano Simón Bolívar, al igual que la incluso más próxima biblioteca Virgilio Barco.

Para cuando visitamos la biblioteca, su autor, Rogelio Salmona, considerado el mejor arquitecto colombiano del siglo XX, se había convertido en una figura familiar para nosotros por la cantidad de obras suyas con que cuenta la ciudad (las Torres del Parque, el Centro Cultural Gabriel García Márquez o el edificio de Posgrados de la Facultad de Ciencias Humanas).

La biblioteca Virgilio Barco, no obstante, se considera uno de los edificios recientes más representativos de Colombia, con una espacialidad que invita a explorarlo y dejarse sorprender por sus secuencias de áreas y espacios destinados a una variada oferta de usos; y con una concepción del espacio público como medio más eficaz y digno para lograr una ciudad que, pese a los conflictos sociales, pueda ser lugar de encuentro y cohesión.

Esta concepción se sintetiza en la terraza-jardín del nivel superior, cuya cubierta es un auditorio al aire libre, y desde donde se disfruta una visión panorámica de los cerros de Bogotá recortados por la horizontal del talud verde que rodea la biblioteca, y que permite apreciar la sutil integración del edificio, el parque en que se ubica y la ciudad.

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Biblioteca Virgilio Barco

Dónde comer en Bogotá

La oferta culinaria de Bogotá es amplísima y de primer nivel pero queremos destacar dos restaurantes estupendos, ideales para darse un homenaje antes, durante o al final del viaje. Teniendo en cuenta el nivel de estos restaurantes, la relación calidad/precio nos parece excepcional.

El primero es “Leo”, cuya chef, Leonor Espinosa, fue considera en 2017 la mejor chef de América Latina. Su restaurante, luminoso y acogedor, es uno de los mejores lugares que hemos podido disfrutar, y ofrece una carta con ingredientes poco conocidos de los ecosistemas colombianos, obtenidos en colaboración con las comunidades locales. El maridaje con alcohol del menú degustación vale la pena además por las bebidas maceradas y destiladas.

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Restaurante Leo

El segundo, “El Chato”, que en octubre de 2018 dio la campanada al entrar por primera vez en la lista de los “Latin America’s 50 Best Restaurants”, nada menos que en el puesto 21 (desde luego, no hay nada como una visita de Gizmo para que un sitio gané caché instantáneamente). El comedor principal es un espacio informal y relajado, centrado alrededor de un bar cuadrado que sirve cócteles. El personal, también de trato muy amable y atento. La carta se basa en ingredientes colombianos de temporada, con un estilo propio, no basada exclusivamente en una mera revisión de platos tradicionales.

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Restaurante El Chato

Después de pasar por Colombia, nos reafirmamos en que la cocina de América Latina es uno de los grandes activos de estos países que, en algunos ámbitos (léase guía Michelín), aún está increíblemente infravalorada.

GIZMO TE CUENTA

Oro… cuánto oro… más y más ooorooo…

En el Museo del Oro de Bogotá me acordé de las historias que los papas me habían explicado sobre la búsqueda del legendario reino de El Dorado.

Menuda lio el indio Panquiaco cuando no se le ocurrió otra cosa que soltarle a Núñez de Balboa que existía un lugar con tanto oro que los conquistadores acabarían hartos. Algunas de estas tribus seguro que eran de Gizmos traviesos, que disfrutaban inventando fábulas y enviando a los estúpidos conquistadores a los confines del mundo…

Ante la “Balsa de Guatavita”, imaginé a Pizarro, con su cara de Gremlim, marcando una línea en la arena con la espada y obligando a sus soldados a elegir entre ser pobres en Panamá, o aventurarse hacia el Perú, donde hallarían grandes riquezas…

Imaginé también a Belalcázar en Quito, hipnotizado con las historias que un prisionero le contaba sobre una tierra cuyo rey se cubría el cuerpo con oro en polvo para las ofrendas a los dioses…

Recordé cómo las historias de las ofrendas de oro y esmeraldas llevadas a cabo por los muiscas en adoratorios en las lagunas en la cúspide de las montañas, provocó los desagües de las lagunas sagradas…

La búsqueda del reino dorado motivó numerosas expediciones por zonas inhóspitas, con incontables penalidades y fatigas, como la de Orellana, que llegó al Amazonas; o la de Ursúa y Lope de Aguirre, que lo buscaron en medio de saqueos, conspiraciones, insurrecciones y asesinatos…

Oro… cuánto oro… más y más ooorooo…

– ¡Gizmo! – el grito de los papas me sacó de mi embelesamiento -. ¡Devuelve ahora mismo la “Balsa de Guatavita” a su sitio! Y también todos esos pectorales, brazaletes y collares con los que te has emperifollado… ¿O quieres que nos arresten?

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Museo del Oro