Pocas veces un país ha estado tan ligado a un producto como Colombia al café, y pocas veces una región (en este caso, el eje cafetero), ha simbolizado con tanta fuerza cómo ese producto es capaz de generar una identidad cultural tan profunda que impregna todos los aspectos de la vida.

Para llegar a Salento, el pueblo más turístico de los que conforman el eje cafetero, tomamos un autobús nocturno desde Bogotá hasta Armenia, que en 6 horas recorre los 316 kilómetros que separan ambos lugares. Ya hemos comentado que los autobuses colombianos no son precisamente confortables, lo que, sumado a las carreteras llenas de curvas, hizo que apenas pudiéramos descansar.

_DSC0396En Armenia nos embutimos en una furgoneta aún más incómoda para recorrer los 25 kilómetros restantes hasta Salento (1 hora), por un camino trazado en medio de montañas con infinitas tonalidades verdes. Salento, al igual que la mayoría de áreas urbanas del eje, se encuentra en la cumbre plana de una colina, con los campos de café desparramados por las laderas.

A las 6 de la mañana, arrastrando las maletas (y a Gizmo roncando), nos plantamos en la plaza central de Salento. Por suerte, el servicio de jeeps Willys, el medio de transporte emblema de la región, es non-stop y enseguida nos llevaron a nuestro hotel, la Reserva El Cairo, ubicado a 3 kilómetros en dirección al valle de Cocora.

Allí, en el amplio salón con chimenea de la sala principal, y con las hermosísimas vistas de las montañas, nos sirvieron nuestro primer café de la región y nos ayudaron a organizar la estancia. Decidimos invertir la mañana de ese primer día en las haciendas cafeteras y la tarde en Salento.

Visitamos dos haciendas, Las Acacias, una pequeña hacienda familiar, y El Ocaso, más grande.

_DSC0429Las Acacias, como muchas fincas familiares, aparece rodeada de montañas y ubicada en la montaña escarpada, con el murmullo del río Quindío unas decenas de metros abajo. El tour dura una hora, éramos 5 personas, y las interesantes explicaciones permiten conocer la historia y el proceso de elaboración del café, desde que se siembra la semilla hasta que se degusta una taza, además de la variedad de frutos alternativos que se cultivan, las técnicas de uso del suelo adaptadas a las difíciles condiciones de las montañas y el estilo de vida de las familias campesinas, basado en los legados que se han transmitido de generación en generación, y vinculado a la propiedad tradicional de la tierra y al sistema de pequeñas pequeñas parcelas excavadas en el bosque alto.

_DSC0407De Las Acacias caminamos hasta El Ocaso, otra casa típica cafetera con amplios jardines, que además presta servicio de alojamiento. Allí nos sumamos al ameno tour estándar de hora y media (éramos unas 20 personas), que realiza un recorrido bastante dinámico por las plantaciones de café (donde jugamos a ser recolectores), la estación de compostaje, los secadores y la bodega.

Ambos tours son recomendables y complementarios pero, de tener que escoger uno, nos quedamos con Las Acacias, que nos pareció una experiencia más auténtica y un mejor reflejo del eje cafetero como resultado del esfuerzo colectivo de varias generaciones de familias de agricultores.

_DSC0439Volvimos a Salento a comer y, por la tarde, dimos un paseo por el pueblo, que parece detenido en el tiempo, con bonitas casas salpicadas de diversos y llamativos colores, con patio central, corredor y balcones rebosantes de flores. Esta arquitectura es herencia de la colonización antioqueña del siglo XIX, de influencia española. Para la construcción se utilizaron materiales tradicionales, como tapia, bahareque para los muros y tejas de arcilla para los tejados.

Al final de la Calle Real, una escalinata de 238 peldaños conduce a un deslumbrante mirador del pueblo y del paisaje del Valle de Cocora, una tierra fértil donde reina silenciosa la palma de cera, emblema nacional.

_DSC0465De vuelta en el hotel, pudimos disfrutar del lugar. La Reserva El Cairo es otra casa típica cafetera, que puede alojar a un máximo de 20 personas.

La reserva cuenta con un inventario de más de 100 aves, más de 200 especies de árboles y arbustos, y una gran variedad de mamíferos, anfibios y reptiles.

Los diferentes senderos que recorren la propiedad permiten apreciar el entorno de bosque de niebla característico de la zona o seguir el curso de un pequeño río que termina en una cascada de 15 metros. Y además es imposible perderse porque cuentas con unos guías de excepción: ¡los dos adorables perros del hotel!

_DSC0707El segundo día lo dedicamos al Valle de Cocora, cuyo nombre, que significa “estrella de agua”, se atribuye al canto de un pájaro también llamado cocora o, según la versión romántica, a una princesa indígena de la cultura quimbaya.

Optamos por la caminata larga, que dura unas siete horas, incluyendo el desvío a una reserva de colibríes, pero hay opciones más cortas, tanto de caminatas como de cabalgatas.

_DSC0536También recomendamos, si se empieza temprano, acometer la caminata en sentido contrario a las agujas del reloj; de esta manera, la parte al descubierto se realiza cuando el sol aún no pega fuerte, y el sol en lo alto nos alcanzará en la parte frondosa del bosque y en el bosque de palmas.

El montañoso valle de Cocora está atravesado por el río Quindío, con abundancia de truchas, plato estrella en la gastronomía de Salento, pero lo que lo hace único al valle único en el mundo es su condición de principal hogar del árbol nacional de Colombia, la gigantesca palma de cera del Quindío. Podría pensarse que un paisaje tan especial está debidamente protegido… ¡pero no!

El avance de la ganadería supone un riesgo enorme pues el ganado come las plantas jóvenes junto con el pasto, impidiendo que crezcan los árboles. Al mismo tiempo, las que sobreviven no lo hacen por mucho tiempo ya que la deforestación las expone demasiado al sol y terminan desapareciendo. La mitad de las palmas de cera del valle de Cocora están ya en las fases finales de su ciclo de vida y morirán de viejas en el transcurso de los próximos 50 años, sin haber podido dejar reemplazo, con lo que podríamos estar cerca del fin de la especie en ese sitio… Ante este pronóstico, ¿qué narices nos pasa a los humanos? ¡Tratamos el mundo peor que si fuéramos gremlins…!

_DSC0650El eje cafetero es un paisaje cultural tradicional único, en el que la cultura del café ha originado un rico legado, tanto tangible como intangible, que se manifiesta, entre otros, en la integración armoniosa del proceso productivo o en la arquitectura de los asentamientos urbanos. Es un destino ideal para el slow travel, pero nuestra estancia fue a todas luces corta. Con sólo un día de más, no creemos que valga la pena cambiar de base, y lo invertiríamos en los alrededores de Salento (Filandia, Buenavista, Calarcá, Montenegro, museo Quimbaya, cascada Santa Rita…). Con más tiempo, podríamos pasar la mitad en Salento y la mitad en alguna otra zona del eje, como Salamina, en el departamento de Caldas, o El Cairo, en el departamento del Valle del Cauca.

_DSC0593GIZMO TE CUENTA

Yo tenía una granja en Colombia, en un valle montañoso de la cordillera andina.

La hacienda se levantaba a una altura de casi 2000 metros sobre el nivel del mar (¡atalaya!). Debido a su altitud, el ambiente era húmedo y llovía casi a diario, y nuestro pelito se rizaba.

Durante el día te sentías a una gran altitud, cerca del sol, y los Gizmos teníamos las orejitas siempre calentitas. Las noches eran frescas.

_DSC0451La situación geográfica y la altitud se combinaban para formar un paisaje único. Las palmas de cera que adornaban las montañas crecían 60 metros, incluso más. Sus hojas eran verdes y grisáceas, con rabillos de más de dos metros. ¡Podían vivir hasta 200 años!

La vida del campesino es dura, así que, para sentirme más alegre mientras cultivaba y recolectaba el café, pinté mi casa de colores llamativos. Luego el resto de vecinos y el resto de pueblos siguieron mi ejemplo, y las casas de colores se convirtieron en toda una seña de identidad y en una atracción.

Pero eso no fue todo…

Planté árboles altos que me protegieran del sol, y también me dieran sombra fresquita para echarme buenas siestas. Pues bien, al poco tiempo, se descubrió que el sombrío mejora las condiciones del suelo, el aire y el agua, y hace que el café madure más lentamente y, al final, tenga mejor sabor. ¡Gracias al sombrío, el café de Colombia es uno de los de mayor calidad del mundo! Para que luego los papas se metan con nuestras siestas…

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