Dejamos atrás el eje cafetero, en dirección suroeste. Lo que estaba por venir nos llenaba de excitación: ¿nadaría Gizmo con ballenas jorobadas en la costa del Pacífico?

Y es que la verdadera razón por la que nuestro viaje de dos semanas por Colombia dejó fuera lugares como Cartagena o Medellín fue poder ver ballenas jorobadas, las cuales, cada año de julio a noviembre, llegan a las aguas tibias del Pacífico colombiano procedentes de la Antártida para parir a sus crías y aparearse.

Antes, nos aguardaban dos paradas: Buga y Cali. Al salir del espléndido paisaje cafetero, entramos en la zona plana del Valle del Cauca y cruzamos grandes plantaciones de caña de azúcar. La estación de autobuses de Buga está a quince minutos a pie del centro y cuenta con consigna para guardar las maletas.

Dimos un agradable paseo por la ciudad que no duró más de cuatro horas (almuerzo incluido). El centro histórico ha conservado su estilo arquitectónico original, con construcciones eclécticas de los siglos XVII y XVIII, pero si Buga se considera uno de los “Pueblos Patrimonio” de Colombia es por su basílica, un hermoso templo de ladrillos rosados con dos torres (una de ellas con reloj), que es un importante destino de peregrinación, pues alberga la venerada imagen del Señor de los Milagros, una talla cuya leyenda se remonta a la mitad del siglo XVI.

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Basílica de Buga

Aunque no presenciamos la romería mensual ni la procesión de la imagen, la condición de Buga como lugar de peregrinación es evidente. Puede que no sea un lugar turístico imprescindible, pero vale la pena dedicarle medio día, y además está en la carretera a Cali, a donde llegamos a media tarde. Un taxi a gas intentó llevarnos a nuestro hotel, pero el nombre del establecimiento, “Colina de San Antonio”, no es gratuito, y a mitad de la subida aquella tartana se rindió, por mucho que Gizmo intentase empujar. Así que nos tocó llegar a pie y arrastrando las maletas.

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Barrio de San Antonio de Cali

Entre la mala fama de Cali y las poco entusiastas referencias que habíamos encontrado en internet, nos plantamos en la ciudad considerándola una mera “parada técnica” y con expectativas mínimas… pero lo cierto es que nos sorprendió para bien.

Tal vez no cuenta con ninguna atracción que justifique un viaje, pero es lo bastante rica como para que un paseo por el centro resulte de lo más interesante.

Una mañana bien invertida (y conste que nos movimos a pie todo el tiempo) puede comenzar en la plaza de Caycedo, a cuyos lados se levanta la catedral, terminada en estilo neoclásico, con pinturas de la escuela quiteña y puerta central repujada en bronce.

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Catedral de Cali

Epicentro de la vida cívica, comercial y política desde la fundación de la ciudad, los limpiabotas con sus camisas amarillas y los vendedores de lotería que trabajan en la plaza contribuyen a su sabor tradicional, mientras que los desocupados de todo tipo que también la frecuentan contribuyen a su, por calificarlo de algún modo, sabor picaresco.

A continuación, hay que acercarse a la Iglesia la Ermita, cuyo nombre original, Ermita de Nuestra Señora de la Soledad del Río, da una idea de su, en origen, recóndita ubicación a orillas del río Cali, ahora junto al carismático puente Ortiz y varios parques. En el mismo lugar existió una pequeña capilla destruida en 1787 por un terremoto. En 1942 se restauró en un estilo neogótico. En su interior hay un altar con la imagen del Señor de la Caña, única y venerada pieza que sobrevivió al terremoto.

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Iglesia la Ermita de Cali

El complejo religioso de San Francisco, de los siglos XVIII y XIX en estilo neoclásico con mampostería en ladrillo, incluye la torre mudéjar, una construcción cuanto menos pintoresca en el contexto de América Latina; al parecer obra de un arquitecto musulmán huido de las autoridades españolas y refugiado en el convento. Su cúpula de 23 metros de alto está recubierta de azulejos esmaltados y rematada con una cruz de hierro forjado.

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Complejo religioso de San Francisco de Cali

Muy próximo a San Francisco, el Teatro Municipal (que amablemente abrieron para Gizmo) es una pequeña joya cuya construcción tomó como ejemplo el teatro italiano de ópera, adaptado al clasicismo criollo. Se conservan el telón y la sillería originales, y la profusa decoración incluye frescos inspirados en el pasado colonial de la región.

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Teatro Municipal de Cali

La primera misa en la ciudad con motivo de su fundación se ofició en el complejo religioso de la Merced, que actualmente integra diversos museos, capillas y el convento de las Agustinas Recoletas.

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Complejo religioso de la Merced de Cali

Desde aquí volvimos al barrio de San Antonio, y ascendimos la colina. La portada de ladrillo con arco de medio punto, en estilo mudéjar, fue lo único que pudimos apreciar de la iglesia, porque siempre la encontramos cerrada. Las viejas casonas del barrio han mantenido su estilo original, y en los últimos años han sido ocupadas por talleres, espacios culturales y restaurantes, lo que ha contribuido a su revitalización.

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Iglesia de San Antonio de Cali

Nuestra intención era acercarnos al Parque Artesanal Loma de la Cruz, donde se ubica el que parece ser el mercado de artesanías más grande de América Latina, pero el camino no nos convenció y decidimos volvernos. Para ir al mercado, mejor en taxi.

Cali es famosa en el mundo como la “capital de la salsa”, y pese a que somos un desastre nocturno, de verdad queríamos salir de fiesta. Al final, no obstante, nuestros planes fueron por otros derroteros (no así los de Gizmo, que ya se encargará él de explicar…).

Con todo, el clima agradable, la calidez de su gente, el interesante patrimonio cultural, los espacios verdes y la oferta de ocio se alían para contagiar toda la sabrosura (que dirían allí) de una ciudad alegre y sosegada. ¡Nos atreveríamos a decir que Cali nos gustó más que Bogotá!

La carretera que conduce de Cali a Buenaventura, el puerto más importante del país, no es apta para propensos al mareo, y la afición de los autobuseros colombianos al reguetón a toda pastilla, no ayuda. Tres horas más tarde, con Gizmo lívido a causa del mareo (y de la resaca de la noche anterior), llegamos a la estación.

Buenaventura registra un inmenso tráfico de mercancías, tanto legal como ilegal, lo que le ha granjeado fama de insegura. Para nuestra sorpresa, descubrimos que ostenta el título de “capital gastronómica por la UNESCO”, pero dejamos para mejor ocasión el disfrute de sus delicias culinarias (lo que vimos de la ciudad no invitaba) y en un taxi nos dirigimos al muelle turístico. El lugar es un caos lleno de “amigos”, así que lo mejor es haber reservado el billete con antelación y dirigirse directamente a las oficinas de la compañía o, como mínimo, tener claro con que compañía se quiere contratar y, billete en mano, que alguien de esa oficina, te acompañe al control de seguridad y te presente al que será tu “capitán”.

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Embarcadero de Buenaventura

El trayecto en lancha rápida a Juanchaco bordeando el litoral dura una hora, y durante ese trayecto ya se dejó ver nuestra primera ballena, dejando a Gizmo con las orejitas de punta. Una vez en el muelle de Juanchaco descubrimos que desde las 8 de la mañana hasta las 4 de la tarde, salen lanchas para avistar ballenas; sólo hay que regatear un poco con el capitán.

Recomendamos hacer una salida nada más llegar, antes incluso de pasar por el hotel. Nosotros no lo hicimos pensando que tendríamos más ocasiones en los dos días sucesivos, y al final sólo conseguimos salir una vez.

Si Juanchaco no es más que un par de calles embarradas y un desfile de construcciones precarias, Ladrilleros, a unos 10 minutos, es lo mismo pero en pequeño. Para llegar hay que conseguir una moto-taxi o un carro-furgoneta, según lo que esté disponible, tu nivel de aventura y el tamaño de tu maleta. No esperábamos un lugar de resorts vacacionales y pulseras de todo incluido, pero dado el precio de nuestro hotel (Hotel Palma Real), creíamos que el lugar estaría en mejores condiciones y que el personal sería un pelín más profesional.

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Juanchaco

Pasamos la tarde en el hotel (decisión estúpida) y, después de cenar, empezó a llover tan fuerte que casi no se oían los gritos y lloros de Gizmo, desesperado al pensar que se quedaría sin excursión; pero al amanecer despejó y tras el desayuno ya lucía el sol.

Por la mañana, recorrimos en barca una zona de manglares y pudimos bañarnos en una pequeña poza. Las orillas de esta parte de la costa son bajas y están cubiertas de grandes extensiones de manglares; más allá, comienza la llanura selvática, que llega a las estribaciones de la cordillera Occidental.

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Manglares en Ladrilleros

Por la tarde, nos sumamos a una salida para avistar ballenas. Tenemos claro que la naturaleza no es un zoo y que ver animales en su entorno natural es cuestión de suerte. A veces nos ha acompañado, otras no, pero nunca nos hemos arrepentido de intentarlo. Ver animales libres es una de las experiencias más especiales que se pueden atesorar, una experiencia que a nosotros nos ha acabado transformando. Por eso, cuando al cabo de media hora de búsqueda, vislumbramos dos lanchas paradas en el océano, el corazón nos dio un vuelco.

A una prudente distancia, vimos dos ballenas adultas con sus respectivas crías. Las madres están enseñando a sus crías a desenvolverse, por eso van siempre juntas, en lo que parece un baile enternecedor, nadando pausadamente en paralelo a nuestra lancha, asomando sus aletas, sus colas, las crías sacando su morro para curiosear…

El momento en que la ballena sale del mar y deja expuesto su cuerpo de hasta 15 metros de largo y 36 toneladas de peso no puede ser más emocionante, no sólo porque le hace sentir a uno lo frágil y pequeño que es frente a la grandeza de la naturaleza, sino porque por unos (breves) instantes el mundo parece en equilibrio.

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Avistamiento de ballenas en Juanchaco

De vuelta en el hotel, además de seleccionar entre las decenas de fotos que habíamos tomado, paseamos por la amplia playa, de delicada arena negra… Delicada, una vez has dejado atrás la zona de basuras que inevitablemente has de atravesar si vienes del hotel Palma Real.

Consejo: antes de bajar a ninguna playa hay que informarse de la variación en el nivel de la marea, ya que hay playas para visitar en la mañana y otras en la tarde, según la marea. Como somos mediterráneos, no tenemos esto en cuenta, y siempre nos lo andan recordando.

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Playa de Ladrilleros

Nuestra intención era salir de nuevo a avistar ballenas al día siguiente y tomar la lancha de la 1 de la tarde a Buenaventura, y de ahí un primer autobús a Cali y otro a Popayán. Pero uno de los huéspedes del hotel nos advirtió de que la seguridad en Popayán y alrededores se había deteriorado mucho en los últimos tiempos y que no era recomendable viajar una vez oscurecido, así que optamos por regresar en la lancha anterior, que sale a las 9 de la mañana.

En este precipitado trayecto de vuelto, ninguna ballena se dejó ver; Gizmo dice que porque estaban tristes por su marcha…

Por cierto, el trayecto de Cali a Popayán discurre por una carretera grande y muy transitada; ¡el otro huésped habló de oídas!

Moraleja: perdimos dos oportunidades preciosas para volver a salir con las lanchas: en el momento de la llegada a Ladrilleros y el día de regreso. Incluso podríamos obviar la excursión por los manglares y salir a ver las ballenas mañana y tarde del mismo día.

GIZMO TE CUENTA

Los papas me habían dicho que Cali era la “capital de la salsa”, así que llegué con mi cargamento de cucharas y panes dispuesto a rebañar todo lo que me pusieran por delante, pero resultó que ¡la salsa de Cali se baila y no se come!

De todas formas, los Gizmos en seguida convertimos los contratiempos en oportunidades, y me faltó tiempo para ponerme a menear el culete en una salsoteca… Y si los papas son unos sosos, ¡ellos se lo pierden! La noche del sábado, mientras los papas dormían, me escabullí del hotel con mi mejor traje de lentejuelas de mil colores y me planté en medio del escenario, donde mis acrobacias, mis rápidos movimientos con los pies y mi ritmo dejaron a todos deslumbrados. ¡El estilo caleño es genial, pero el estilo Gizmo no le va a la zaga!

Al día siguiente iba un poco resacoso pero cuando me metieron en el barco puede escuchar a las ballenas cantar… así que me uní (¡los Gizmos hablaaaaamooooos balleeeeenooooo!) y vi a la primera que me saludaba. Cuando se corrió la voz entre las ballenas de que un Gizmo había venido a verlas, todas las que estaban por la zona se acercaron a saludarme y sus crías querían jugar conmigo. Estábamos encantados, pero cada vez que una ballena daba un salto, ¡parecía que iba a caer encima de nuestra lancha! Cuando los bebes-ballena se cansaron, volvieron mar adentro y nosotros a tierra firme. ¡Fue una experiencia increíble!

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Avistamiento de ballenas en Juanchaco