Iniciamos el último tramo de nuestro viaje con expectativas muy altas. Cuando estuvimos por el norte del Perú, hace tres años, comprobamos que las culturas antiguas en América Latina no se limitan a los incas, los mayas o los aztecas. Descubrir a los mochica, chachapoyas o chimús hizo de aquel viaje uno de los más memorables que hemos realizado. Colombia nos ha hecho sentir todavía más admiración e interés por estos pueblos menos conocidos.

Para bien o para mal, Colombia tiene tanto que ofrecer al viajero que no ha querido (o no ha podido) hacer de la arqueología una bandera. Sin embargo, sus dos principales yacimientos, San Agustín y Tierradentro, son enclaves de primer nivel, ambos declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, donde a la relevancia histórica y cultural hay que añadir un paisaje natural impresionante. Por si fuera poco, a día de hoy, ambos sitios se disfrutan casi a solas.

Gizmo en San Agustín

La turbulenta historia reciente de la zona y cierta desidia administrativa (la gente nos explicaba cómo los gobiernos han preferido explotar el Caribe, donde se centran las inversiones extranjeras) son responsables de que las infraestructuras de esta parte del país no pueden competir con las de la mitad norte… ¡pero eso también contribuye a la sensación de aventura!

Con Gizmo todavía balleneando llegamos en bus a Popayán, vía Cali. Como ya comentamos en nuestro primer post no consideramos que la ruta que seguimos sea la mejor opción, pero al viajar hay que adaptarse, y en nuestro caso, un desprendimiento en la carretera a Tierradentro, reconfiguró nuestros planes iniciales.

Casco antiguo de Popayán

Popayán fue una de las primeras ciudades fundadas por los españoles en el siglo XVI, importante punto en la ruta que unía Quito y Cartagena. De este esplendor colonial son testimonios las casonas e iglesias del centro histórico, el cual se puede recorrer en medio día (como siempre, el horario de apertura de las iglesias es un misterio). De esta ciudad de paredes encaladas destacan dos eventos: la Semana Santa y la Feria Gastronómica. Para disfrute de Gizmo, coincidimos con el segundo y la verdad es que quedamos un poco decepcionados. En la plaza central, el Parque Caldas, un montón de puestos ofrecían comida local pero en el 90% de ellos era todo lo mismo. Colombia es un país inmenso, con una diversidad que también se refleja en su gastronomía, así que esperamos que tome nota del Perú y encuentre la manera de sacar partido interna y externamente a este potencial.

Feria gastronómica de Popayán

De nuevo en marcha, de Popayán a San Agustín, atravesamos el Parque Nacional Puracé con un tiempo frío y lluvioso igual de infame que la carretera. Afortunadamente no nos topamos con los restos de la guerrilla que dicen se ha refugiado aquí (territorio que controlaban totalmente hasta hace poco), pero sí pudimos disfrutar de otros habitantes más pacíficos: los frailejones, cuya presencia hace único este paisaje.

A apenas 15 kilómetros de San José de Isnos aprendimos lo que es un “trancón”: un enorme camión varado en mitad de la pista de barro. Entre la actitud pasiva y resignada tanto del conductor como del resto de pasajeros (“Yo una vez me quedé atrapado cinco horas” “Pues yo me quedé dos días”, etc.), y que nuestros tímidos intentos de provocar una reacción eran considerados poco menos que muestras de mala educación (“¡Qué bravos!”, nos dicen), optamos por tomárnoslo con calma hasta que, pasadas dos horas y entendiendo que la única ayuda que se esperaba era la intervención divina (ni se había llamado a un mecánico ni pensaba hacerse), y que nadie en nuestro autobús planeaba buscar una solución (por ejemplo, cambiar al autobús de la misma compañía que estaba atrapado al otro lado del camión), recurrimos al autoestop por primera vez en nuestra vida y conseguimos que nos acercaran al pueblo atravesando la zanja que, mientras tanto, habían cavado automovilistas con un poco de sangre en las venas.

Autobús de Popayán a San Agustín

Pasamos el resto de la tarde en El Monasterio, nuestro hotel en San Agustín, el capricho del viaje junto con la Reserva El Cairo en Salento. Un oasis de hamacas y chimeneas enclavado en un verde y accidentado paisaje de origen volcánico y que, para deleite de Gizmo, cultiva su propio café (la gente aquí considera que puede que el eje cafetero se lleve la fama pero el mejor café es el del Huila).

La zona arqueológica de San Agustín engloba una serie de yacimientos dispersos en el valle alto del río Magdalena, entre San Agustín e Isnos, que constituye el mayor conjunto de monumentos religiosos y esculturas megalíticas de la América precolombina, y que da una idea de la organización social de las comunidades que entre los siglos I y IX dC se asentaron en este difícil entorno.

San Agustín

El Parque Arqueológico, al que dedicamos la mañana siguiente, es el centro neurálgico del lugar. En las taquillas contratamos a uno de los guías del parque, algo que recomendamos absolutamente.

La misma entrada incluye la visita a otros yacimientos, entre los más importantes, el Alto de los Ídolos, a 18 kilómetros en dirección a Isnos, y el Alto de las Piedras, con representaciones explícitas del sexo de las figuras, otros 10 kilómetros más al norte.

San Agustín

Dentro del Parque, a través de caminos procesionales, llegamos en primer lugar las Mesitas A, B y C, donde, sobre la cima de lomas, se construyeron montículos artificiales, algunos de 30 metros de diámetro, y se instalaron estructuras funerarias construidas con enormes lajas, que contenían cada uno los restos de un individuo de la élite. Grandes estatuas, algunas de más de 4 metros de alto y varias toneladas de peso, talladas finamente sobre las duras piedras volcánicas, guardan hieráticamente las tumbas.

Estas estatuas representan a dioses y bestias mitológicas, y algunos antropólogos han visto en ellas alusiones a prácticas chamánicas, por ejemplo en los personajes con coronas de plumas, los cubiertos con piel de felino o los que combinan rasgos animales y antropomorfos.

San Agustín

Las estatuas están ejecutadas con gran maestría e imaginación: son sin duda lo más impresinante de San Agustín y constituyen uno de los principales conjuntos escultóricos prehispánicos en América Latina.

Después de las mesitas, nos acercamos a la Fuente de Lavapatas, un complejo de canales y estanques que probablemente fue utilizado para ceremonias religiosas y baños rituales, con relieves tallados en el lecho de piedra del arroyo. En el Alto de Lavapatas, desde donde se disfruta de una buena vista de la región, fue excavado un montículo funerario acompañado de estatuas, además de otras tumbas pequeñas.

Fuente de Lavapatas

Acabamos la vista en el Bosque de las Estatuas y el museo. El primero es un recorrido circular de unos 800 metros con una exhibición al aire libre de 35 estatuas de piedra, incluyendo algunas de las más imponentes, trasladadas al parque desde casas, calles y plazas para asegurar su conservación.

Bosque de las Estatuas

El Parque se puede visitar holgadamente en una mañana (3-4 horas). A la salida, en la carretera de regreso a San Agustín (10 minutos a pie) comimos en un restaurante muy recomendable, Altos de YerbaBuena, donde nos recogió el taxista que habíamos contratado con el hotel para las visitas de la tarde, más dispersas.

La primera, el salto de Mortiño, una cascada de 170 metros de altura situada en las gargantas del río Magdalena. Hay que pagar una pequeña tarifa y recorrer los 200 metros hasta los dos miradores.

Salto de Mortiño

La segunda, el Alto de los Ídolos, ya en Isnos, el sitio después del parque con mayor densidad de tumbas, montículos y estatuas.

Alto de los Ídolos

La tercera y última, la más prescindible, el estrecho del Magdalena. El paisaje es bonito, y parece mentira que eso que ves sea el gran río colombiano; pero dista de ser espectacular y lo cierto es que podría ser cualquier río pasando por una garganta.

Estrecho del Magdalena

De regresar, ¿cómo visitaríamos San Agustín? Si saliésemos de Popayán, llegaríamos a Isnos con transporte público. Desde allí con un taxi visitaríamos ese día al Alto de los Ídolos, el Alto de las Piedras, el salto de Bordones (una cascada de 400 metros de altura, con un sendero que conduce a la base) y el salto de Mortiño, e iríamos a dormir a San Agustín. De esta manera, evitaríamos repetir unos caminos que se hacen pesados y largos. El segundo día nos centraríamos en el parque arqueológico y por la tarde disfrutaríamos en el alojamiento de este paisaje natural tan especial.

Alto de los Ídolos

Para ir de San Agustín a Tierradentro, contratamos un transfer privado con el hotel. El transporte público obligaba a un sinfín de autobuses y hubiéramos perdido mucho tiempo. A partir de La Plata, la carretera no está pavimentada. Se tardan más de cinco horas en llegar. Nuestro hotel, La Portada, en el centro del corregimiento de San Andrés de Pisimbalá, está a dos kilómetros de la sede administrativa del parque, así que preferimos dejar compradas las entradas antes del check-in.

Tierradentro es una región montañosa, agreste, de forma triangular, encerrada por fríos páramos, serranías, caudalosos ríos y, como vértice, el volcán Nevado del Huila, el más alto de los Andes colombianos. El nombre dado por los españoles es una manera sutil de no llamarlo “el-quinto-infierno” o “donde-el-aire-da-la-vuelta” por su recóndita ubicación.

Descenso a la cámara funeraria en el Alto del Aguacate

El parque se ubica sobre el valle de la quebrada de San Andrés y posee la concentración más grande de tumbas subterráneas, o hipogeos, de la época prehispánica entre los siglos VI a X, con yacimientos a ambos lados de la quebrada.

Al igual que en San Agustín, aquí también hay tumbas monumentales, pero a diferencia de San Agustín, donde las tumbas, más antiguas, se consagraban a un solo y poderoso individuo, en Tierradentro parecen conmemorar familias importantes, lo que señalaría una evolución en las bases del poder de estas sociedades. Los hipogeos de Tierradentro sirvieron como entierro secundario colectivo: los restos humanos eran exhumados de sus tumbas primarias, y preparados y depositados por segunda vez en urnas funerarias dentro de los hipogeos, los cuales aparecen en grupos sobre los filos de las montañas y las cimas de colinas aplanadas artificialmente; lugares eminentes y de difícil acceso, pero cerca de los lugares de vivienda en las laderas de las montañas y los valles de la zona.

Alto de Segovia

Compuestos por una escalera de descenso y una cámara funeraria que parece reproducir la decoración interior de las viviendas de ese período, los hipogeos, que miden hasta 12 metros de ancho y 7 metros de profundidad, se tallaron en piedra volcánica exclusivamente con cinceles y azuelas. Las cámaras más elaboradas cuentan con dos o tres columnas que sostienen el techo, y los muros y columnas están decorados con diseños geométricos, antropomorfos y zoomorfos, algunos en relieve, otros en pintura roja y negra sobre un fondo blanco.

La tarde del día de la llegada visitamos el Alto de San Andrés (23 hipogeos) y el Alto del Aguacate (62), y la mañana del día siguiente, el Alto de Segovia (64), el Alto del Duende (13) y El Tablón, que exhibe estatuas.

Desde el hotel La Portada, donde nos alojamos, sale un camino que conduce al Alto del Aguacate. En apenas 10 minutos llegamos al Alto de San Andrés, con siete hipogeos abiertos, todos decorados con pintura mural con motivos geométricos y columnas centrales, y destacando el SA5, que presenta rostros humanos con pintura facial. En todos los yacimiento encontramos un guarda que abría las tumbas y encendía la iluminación, si la había. A pesar de lo fascinante del lugar, no coincidimos con ningún otro turista mientras los visitábamos.

Subida al Alto del Aguacate

Llegar a El Aguacate, ubicado sobre un filo de difícil acceso que separa los cauces de la quebrada San Andrés, al norte, y del río Ullucos, al sur, lleva unas buenas dos horas desde el Alto de San Andrés, y exige una condición física aceptable, y no ponerse nervioso si se pierde el camino, no muy bien señalizado.

A lo largo del muy estrecho filo se han descubierto 62 tumbas, una al lado de la otra, 42 de las cuales están abiertas. Estas tumbas están muy deterioradas, tanto por la erosión como por el vandalismo y, a causa de las limitaciones de espacio, son relativamente pequeñas. A pesar de ello, la  visita vale mucho la pena, tanto por el paisaje durante la ardua caminata como por la recompensa final de unas vistas en verdad impresionantes de los profundos cañones y los estrechos valles sobre los cuales caen abruptamente las faldas de las colinas que los circundan. En las tumbas, excepto algún pequeño resto de pintura naturalista, poco hay que apreciar.

Alto del Aguacate en Tierradentro

El descenso lo hicimos por el camino que conduce a la sede administrativa del parque, más rápido y escarpado y, de allí volvimos al hotel, previa parada en la tienda de jugos frente a la entrada del museo. ¡Gizmo tenía que refrescarse!

Descanso a Pisimbalá, con vistas del Alto de Segovia

La mañana del día siguiente, y guiados en todo momento por los perros del hotel (patrulla canina comandada por Gizmo), la dedicamos a los yacimientos de Segovia, El Duente y El Tablón. Empezamos por el museo, que exhibe buena parte de las urnas funerarias, cuencos y ollas hallados, además de mostrar aspectos de la cultura popular de la región.

Con la patrulla canina en Tierradentro

Segovia, junto a la sede administrativa, es el sitio de más fácil acceso de los que conforman el parque, y con diferencia el más atractivo, con 25 hipogeos abiertos, algunos de ellos de los más grandes, complejos y mejor preservados, como las tumbas S1, S4 y S9. En éstas y en otras tumbas de Segovia es fácil apreciar el grado de complejidad arquitectónica alcanzado, por ejemplo, en la talla de las escaleras que dan acceso a la cámara, en un patrón de zigzag, espiral o recto, cuyo cuidado sugiere que el descenso para la visita de los allí enterrados era un acto solemne.

Alto de Segovia

También hay en Segovia las cámaras más impresionantes, tanto por su estructura con dos o tres columnas centrales independientes y varias pilastras decoradas a lo largo de las paredes, con nichos entre ellas, como por la elaborada y variada decoración de los murales policromados.

Alto de Segovia

A 10 minutos a pie, sobre la cima de una loma, El Duende tiene cinco hipogeos abiertos, todos con pintura mural, destacando el D4, con representación de un techo de cuatro aguas, con decoración de rombos y líneas negras que descienden desde el techo y se cruzan con líneas horizontales, lo que ha llevado a proponer que los hipogeos representan viviendas.

El Tablón (media hora a pie, gran parte en subida) exhibe nueve estatuas monolíticas, pertenecientes a la misma tradición escultórica que San Agustín. Las más monumentales y mejor talladas son figuras vestidas, mientras que otro grupo está constituido por estatuas pequeñas y de talla relativamente tosca.

Tierradentro

Las tumbas monumentales de San Aguatín y Tierradentro sorprenden por cómo lo que no dejaban de ser sociedades rurales en un entorno difícil fueron capaces de desarrollar, con una tecnología de piedra, un arte que alcanzó una grandeza impensable en su vida cotidiana. La cantidad de trabajo y la maestría que se requirió para construir los montículos y las enormes estatuas de San Agustín, o para excavar cámaras, tallar columnas y escaleras y pintar las tumbas de Tierradentro, suponen un testimonio conmovedor y perdurable sobre la complejidad social y la riqueza cultural de dos sociedades prehispánicas de la región andina, y la especial forma de estas culturas de entender la vida y la muerte.

Aparte del impresionante conjunto arqueológico de los hipogeos y del espectacular entorno, el otro atractivo de la región son las iglesias de la época colonial, que representan el triunfo de la conquista y la evangelización españolas en un área que resistió durante más de dos siglos, y que fue de las últimas en caer bajo el dominio de la Corona.

Capillas doctrineras de Tierradentro

Construidas durante el siglo XVIII, se conservan un total de siete capillas doctrineras, de las que la tarde de ese día pudimos visitar dos, además de San Andrés de Pisimbalá, junto al hotel. Para la visita necesariamente hay que contratar un transporte privado: las capillas están muy dispersas y los caminos ascienden por altas peñas y no están pavimentados.

Las capillas se caracterizan por su homogeneidad y por ser el producto de un proceso de sincretismo cultural entre los españoles, que aportaron los estilos de construcción, y una determinada distribución espacial y funcional, y los indígenas, que contribuyeron con materiales locales y la mano de obra.

Que nadie espere encontrar exuberantes catedrales barrocas en mitad de la montaña. Los templos de Tierradentro están construidos con adobe, madera y piedra, y sus dimesiones son modestas (planta rectangular, 6 a 12 metros de ancho, y 20 a 30 de largo). En algunos de ellos hay pinturas murales como elemento decorativo en el interior y en las puertas.

Más allá de su importancia histórica y su valor cultural, la existencia de los templos llevó al establecimiento de corregimientos que permanecen a día de hoy, y son una referencia importante para la vida diaria y religiosa de las comunidades. Tanto que las rivalidades entre comunidades se ceban en ellos, como pasó en 2013 en el incendio provocado de la capilla de San Andrés de Pisimbalá. Afortunadamente, damos fe que se está trabajando a fondo en su restauración, siguiendo además prácticas tradicionales de construcción y mantenimiento, con lo que en un futuro cercano esperamos que vuelva a lucir esplendorosa.

Capillas doctrineras de Tierradentro

Con una mañana más en Tierradentro, habríamos podido visitar los templos en su totalidad, pero la falta de información hizo que no pudiéramos planificar la visita adecuadamente, lo que es una lástima porque la adopción de iniciativas de turismo sostenible sin duda aumentaría la conciencia local y nacional de la importancia histórica de las capillas y brindaría nuevas oportunidades a las comunidades locales.

Como ya hemos mencionado, desde Tierradentro regresamos a Popayán, escala necesaria en nuestro regreso a casa, y punto final de un viaje por este país impresionante que animamos a todos a visitar.

GIZMO TE CUENTA

Atravieso profundos cañones y subo cimas escarpadas, me pierdo y tengo que volver sobre mis pasos, pero finalmente alcanzo la cúspide de la montaña. A lo largo del muy estrecho filo se alinean las entradas de las tumbas perdidas. Simples agujeros que a pirmera vista no hacen sospechar los tesoros que ocultan.

Estamos en el Alto del Aguacate, pero no veo ni uno con el que poder merendar, en la región que llaman Tierradentro a causa de las grandes dificultades de acceso, ¡aunque ninguna región es lo bastante difícil para un Gizmo Viajero!

A saltitos desciendo por la precaria escalera ceremonial hasta la cámara funeraria. El sitio es estrecho (no es problema: los Gizmos estamos en forma, digan lo que digan las malas lenguas) y tampoco es muy alto (los Gizmos tampoco lo somos, ¡qué le vamos a hacer!).

Gizmo en San Agustín

La oscuridad es total. Al alumbrar la cámara con la linterna descubro que los muros y columnas están decorados con varios tipos de diseños. Seguro que hay Gizmos pintados, pero no consigo encontrarlos con tanta oscuridad… me veo rodeado de un montón de arañas y otros bichos colgando del techo y moviéndose por las paredes. Gracias mis nervios de acero, me centro en los muros. Los repaso detenidamente con la linterna… hasta que doy con lo que buscaba: la figura de la salamandra.

La pobre empieza a desdibujarse. Estoy a punto de sacar mis pinceles de colores pero me acuerdo de lo que me dicen los papas: ¡hay que admirar y conservar el patrimonio para que todo el mundo pueda aprender y disfrutarlo!; mejor les explico a los del museo lo que deben hacer.

Exhausto, salgo de allí, a mi alrededor, la vista se pierde en las altas montañas y las estrechas gargantas… Espero poder bajar al valle haciendo la croqueta…

Gizmo en San Agustín